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Poder Judicial de la Nación

/// Salvador de Jujuy, 19 de abril de 2.011.-


AUTOS Y VISTOS:
Para resolver la situación procesal del inculpado ANTONIO
ORLANDO VARGAS, M.I. N° 6.718.140, de 70 años de edad, nacido el 30 de
diciembre de 1940 en la ciudad de La Rioja, hijo de Carlos Julio Vargas (f) y
Mercedes Justina Rodríguez (f), domiciliado en calle 9 de Julio N° 4293 –
Sagrada Familia esq. 9 de julio - del Barrio Parque Uritorco de la ciudad de
Córdoba; en esta causa N° 426/08 caratulada “FISCAL FEDERAL N° 1 –
Solicita Acumulación (BAZÁN, Avelino y otros)”.-

DE LOS QUE RESULTA:


Que conforme se desprende de los hechos descriptos en forma clara,
precisa y circunstanciada en la declaración indagatoria receptada al inculpado
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Antonio Orlando Vargas (ver fs.584/590 vta.), a éste se le atribuye


responsabilidad penal como presunto partícipe de la privación ilegítima de la
libertad perpetrada en contra de Avelino Bazán, Juan Bejarano, Venancio
Cárdenas, Rubén Andrés Cari, Anastasio Colmenares, Bruno René Díaz, Efrén
Guzmán, Cirilo Carlos Paredes, Santiago Quispe, Alberto Hugo Rodríguez,
Mariano Rodríguez, Angel Ricardo Rozo, Mario Fernando Sosa, Alejandro
Subelza, Roberto Valerio, Eleuterio Zapana, Luis Ramón Romitti, Alberto
Aramayo, Carlos Antonio Jiménez, Venancio Cardozo, Faustino Farfán,
Bernardo Vazquez, Fausto Calapeña, Reinaldo Aguilar, Martiniano Espinoza,
Manuel Bautista González, Demetrio Erdulfo Mendoza, Roberto Quiroga,
Roberto Troncoso y Juan Carlos Ovalle, mientras permanecieron ilegalmente
detenidos en forma clandestina en el Penal de Villa Gorriti de la ciudad de San
Salvador de Jujuy, por disposición de las Fuerzas Armadas en la lucha contra la
subversión durante la última dictadura militar.
Que a fs. 590 y vta., en oportunidad de prestar declaración
indagatoria el causante Antonio Orlando VARGAS, negó todos los hechos que
se le imputaban, aclarando que asumió funciones como Director Interventor del
Servicio Penitenciario de la Provincia de Jujuy desde el día 24 de marzo del año
1.976 hasta el 22 de diciembre del mismo año, limitándose sus tareas al trato con
los delincuentes comunes, mientras que los detenidos a disposición del Poder

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Ejecutivo Nacional dependían directamente del Jefe del Area 323 y con
supervisión del personal de Gendarmería Nacional.
Asimismo, explicó que por orden verbal del Jefe de la Guarnición
Militar – Coronel Carlos Néstor Bulacios - se había prohibido que el personal del
Servicio Penitenciario Provincial tomase contacto con las personas detenidas a
disposición del Poder Ejecutivo Nacional, razón por la cual no tenía ninguna
injerencia en el manejo de tales internos.-

Y CONSIDERANDO:
I) Consideraciones previas.
Que antes de analizar la existencia histórica de los hechos ilícitos
atribuidos al inculpado y su supuesta participación responsable en los mismos,
estimo necesario realizar algunas consideraciones previas que resultan de
importancia para la resolución que aquí se dicta:

a) Inconstitucionalidad de las leyes 23.492 y 23.521.


Sabido es que en los años 1986 y 1987 se sancionaron las leyes N°
23.492 y 23.521 conocidas respectivamente como “Punto Final” y “Obediencia
Debida”.
La primera de ellas establecía, en lo sustancial, que “... se extinguirá
la acción penal respecto de toda persona por su presunta participación en
cualquier grado, en los delitos del artículo 10 de la ley N° 23049, que no
estuviere prófugo, o declarado en rebeldía, o que no haya sido ordenada su
citación a prestar declaración indagatoria, por tribunal competente antes de los
sesenta días corridos a partir de la fecha de su promulgación. En las mismas
condiciones se extinguirá la acción penal contra toda persona que hubiere
cometido delitos vinculados a la instauración de formas violentas de acción
política hasta el 10 de diciembre de 1983.”
Por su parte, la segunda imponía que “... se presume sin admitir
prueba en contrario que quienes a la fecha de comisión del hecho revistaban
como oficiales jefes, oficiales subalternos, suboficiales y personal de tropa de las
Fuerzas Armadas, de seguridad, policiales y penitenciarias, no son punibles por
los delitos a que se refiere el artículo 10 punto 1 de la ley 23.049 por haber

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obrado en virtud de obediencia debida. La misma presunción será aplicada a los


oficiales superiores que no hubieran revistado como comandante en jefe, jefe de
zona, jefe de subzona o jefe de fuerza de seguridad, policial o penitenciaria si no
se resuelve judicialmente, antes de los treinta días de promulgación de esta ley,
que tuvieron capacidad decisoria o participaron en la elaboración de las órdenes.
En tales casos, se considerará de pleno derecho que las personas mencionadas
obraron en estado de coerción bajo subordinación a la autoridad superior y en
cumplimiento de órdenes, sin facultad o posibilidad de inspección, oposición o
resistencia a ellas en cuanto a su oportunidad y legitimidad”.
Cabe resaltar que el dictado de la ley de “obediencia debida” fue
consecuencia de la ineficacia que tuvo la ley de “punto final” para cumplir con
los fines para los que había sido dictada, ya que dentro del plazo de 60 días que
ésta preveía para la extinción de las acciones penales, los órganos
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jurisdiccionales libraron gran cantidad de citaciones para prestar declaración


indagatoria a los supuestos responsables de tales delitos, impidiendo de esta
manera la extinción de los procesos.
De tal manera, con la sanción de la segunda norma se persiguió
garantizar impunidad a todos aquellos que hubiesen participado en la comisión
de esos delitos sin tener un poder real de mando y/o decisión sobre su conducta.
Ello obligó a los jueces, en consecuencia, a analizar el rango de cada uno de los
sujetos que se encontraban sometidos a proceso, a fin de determinar si se
encontraban o no comprendidos por dicha circunstancia.
Finalmente, y aún cuando las dos normas citadas ya limitaban
notoriamente el poder jurisdiccional sobre los actos ilícitos cometidos durante el
régimen del gobierno de facto, algunos de los procesados que no habían sido
alcanzados por las previsiones de las mismas fueron beneficiados posteriormente
mediante los indultos dispuestos por el Poder Ejecutivo Nacional por Decretos
1002/89 y 2746/90.
Sin embargo, todo este cuadro normativo al que hacemos referencia,
se ha visto notoriamente modificado en la actualidad.
En primer lugar, las leyes N° 23.492 y 23.521 han sido declaradas
inconstitucionales por la Corte Suprema de Justicia de la Nación. En autos
“Simón Julio Héctor y otros” (Fallos 328:2056, 14/06/05) nuestro máximo

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Tribunal declaró de ningún efecto la validez de esas leyes y cualquier acto
fundado en ellas que pudiera oponerse al avance de los procesos que se
instruyan, o al juzgamiento y eventual condena de los responsables, u
obstaculizar en forma alguna las investigaciones llevadas a cabo por los canales
procedentes y en el ámbito de sus respectivas competencias, por crímenes de lesa
humanidad cometidos en el territorio de la Nación Argentina, toda vez que el
Tribunal entendió que ambas resultan violatorias del principio de igualdad ante
la ley y aparejan un tratamiento procesal de excepción para los sujetos
amparados privando, de manera simultánea, a las víctimas de los hechos, o a sus
deudos, la posibilidad de acudir a la justicia para reclamar el enjuiciamiento y
punición de los actos ilícitos que los damnifican.
La Corte añadió que estas leyes, en cuanto intentaron dejar atrás los
enfrentamientos entre "civiles y militares" orientadas, como toda amnistía, al
"olvido" de graves violaciones a los derechos humanos, se oponen a las
disposiciones de la Convención Americana sobre Derechos Humanos y el Pacto
Internacional de Derechos Civiles y Políticos, y resultan, por lo tanto,
constitucionalmente intolerables porque no sólo desconocen las obligaciones
internacionales asumidas en el ámbito regional americano sino las de carácter
mundial, por lo cual se impone restarles todo valor en cuanto a cualquier
obstáculo que de éstas pudiera surgir para la investigación y alcance regular de
los procesos por crímenes de lesa humanidad cometidos en el territorio de la
Nación Argentina.
Agregó que la progresiva evolución del derecho internacional de los
derechos humanos con el rango establecido por el art. 75, inc. 22 de la
Constitución Nacional, ya no autoriza al Estado a tomar decisiones cuya
consecuencia sea la renuncia a la persecución penal de delitos de lesa
humanidad, en pos de una convivencia social pacífica apoyada en el olvido de
hechos de esa naturaleza.
Específicamente destacó que la presunción exculpatoria "iure et de
iure" consagrada en la norma de “obediencia debida” importa la invasión por
parte del Poder Legislativo de funciones propias del Poder Judicial, en clara
violación al art. 116 de la Constitución Nacional, dejando en claro que el
Congreso Nacional no se encontraba habilitado para dictar esas leyes, y al

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hacerlo ha vulnerado no sólo principios constitucionales sino también los


tratados internacionales de derechos humanos, generando un sistema de
impunidad con relación a delitos considerados como crímenes de lesa
humanidad, del que se deriva la posibilidad cierta y concreta de generar
responsabilidad internacional para el Estado argentino.
Además, el Tribunal advirtió que la declaración de
inconstitucionalidad de las leyes no constituye violación del principio "nulla
poena sine lege", en la medida en que los crímenes de lesa humanidad siempre
estuvieron en el ordenamiento y fueron reconocibles para una persona que obrara
honestamente conforme a los principios del estado de derecho. Asimismo,
recalcó que los objetivos del Preámbulo de la Constitución Nacional serían
negados en la medida en que se interpretase cualquiera de sus normas obligando
a los jueces a admitir o legitimar una pretendida incapacidad de la Nación
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Argentina para el ejercicio de su soberanía, con la consecuencia de que cualquier


otro país pueda ejercerla ante su omisión, en razón de violar el mandato
internacional de juzgar los crímenes de lesa humanidad cometidos en su
territorio por sus habitantes y ciudadanos.
En segundo lugar, e independientemente de esta categórica
resolución del máximo Tribunal, con posterioridad a ello, el Congreso de la
Nación sancionó la ley 25.779 que dispuso “declarar insanablemente nulas las
leyes N° 23.492 y 23.521”.
Como toda declaración de nulidad, la misma tuvo efecto directo
sobre todos los actos anteriores y/o contemporáneos en conexión con dicha
norma, invalidando cualquier eficacia de los mismos.
Esta decisión del Poder Legislativo, mas allá de las criticas que
suscitó por parte de un sector de la doctrina, también fue posteriormente
convalidada por el más alto Tribunal de la Nación (Adla LXIII-E, 3843) que
declaró su validez afirmando que su contenido coincide con lo que los jueces
deben declarar con relación a las leyes referidas y, en la medida en que las leyes
deben ser efectivamente anuladas, declarar la inconstitucionalidad de dicha
norma para luego resolver en el caso tal como ella lo establece constituiría un
formalismo vacío.
Entendió, además, que este era el medio para intentar dar

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cumplimiento a los tratados constitucionales en materia de derechos humanos
por medio de la eliminación de todo aquello que pudiera aparecer como un
obstáculo para que la justicia argentina investigue debidamente los hechos
alcanzados por dichas leyes y, de este modo, subsanar la infracción al derecho
internacional que ellas continúan representando.
Resaltó que si bien el Poder Judicial es el órgano facultado para
declarar la eventual inconstitucionalidad de las leyes impugnadas, ello no obsta a
que el Poder Legislativo pueda dar cuenta del grado de adecuación constitucional
de su accionar, ya que el art. 75 inc. 22 de la Constitución Nacional obliga a
todos los poderes del Estado en su ámbito de competencias a hacer posible la
plena vigencia de los derechos y garantías constitucionales.
En ese entendimiento –agregó la Corte- el Congreso de la Nación no
ha excedido el marco de sus atribuciones legislativas al establecer la
inexequibilidad de las leyes 23.492 y 23.521, pues se ha limitado a sancionar una
ley cuyos efectos se imponen por mandato internacional, la cual pone en juego la
esencia misma de la Constitución Nacional y la dignidad de la Nación Argentina,
permitiendo además la unidad de criterio en todo el territorio y en todas las
competencias, resolviendo dificultades que podría generar las diferencias de
opiniones en el sistema de control difuso de constitucionalidad que nos rige y
brindando al Poder Judicial la seguridad de que un acto de tanta trascendencia
resulte del funcionamiento armónico de los tres poderes del Estado y no dependa
únicamente de la decisión judicial.
En tercer lugar, y en fecha reciente, la Corte Suprema de Justicia de
la Nación también resolvió declarar inconstitucional el decreto del Poder
Ejecutivo Nacional 1002/89 y anular el indulto a favor del ex Comandante de
Institutos Militares, General Santiago Riveros -quien fuera oportunamente
beneficiado por esta vía junto a otros miembros de las fuerzas armadas-. El
máximo Tribunal afirmó que “corresponde declarar la imposibilidad
constitucional de indultar a autores y partícipes de delitos de lesa humanidad,
pues dicho acto de gobierno conlleva de modo inescindible la renuncia a la
verdad, a la investigación, a la comprobación de los hechos, a la identificación
de sus autores y a la desarticulación de los medios y recursos eficaces para evitar
la impunidad” agregando que “con esa decisión se pretendía cumplir con el

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deber que tiene el Estado de organizar las estructuras del aparato gubernamental
a través de las cuales se manifiesta el ejercicio del poder público, de manera tal
que sean capaces de asegurar jurídicamente el libre y pleno ejercicio de los
derechos humanos” (CSJN in re Mazzeo Julio Lilo y otros s/ rec. de casación e
inconstitucionalidad, 13/07/07).
Como vemos, tal como se adelantara líneas arriba, todo el esquema
normativo que impedía en su momento el análisis y juzgamiento de los hechos
cometidos durante la vigencia del gobierno de facto, ha sufrido una categórica
modificación en la actualidad, tanto legislativa como jurisprudencial, obligando
así al Poder Judicial a la persecución de los mismos y, en su caso, a la punición
de los responsables.
Mas aún, en este contexto actual, ya no es necesario entonces que el
suscripto se expida en esta causa en concreto acerca de la validez o invalidez
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constitucional de aquellas leyes de “punto final” y “obediencia debida” -tal como


lo exigiría nuestro sistema vigente de control difuso de constitucionalidad- ya
que la normativa legal referenciada, que considero formal y sustancialmente
válida, declara expresamente la insanable nulidad de las mismas y tiene, como
tal, pleno valor erga omnes, tornando así innecesario e ineficaz un
pronunciamiento judicial al respecto.
Así lo ha sostenido también la Corte Suprema de Justicia de la
Nación al afirmar que si ese Tribunal declaró la validez constitucional de la ley
25.779 (Adla, LXIII-E, 3843) por medio de la cual el Congreso de la Nación
había declarado insanablemente nulas las leyes de obediencia debida y punto
final, cualquier pretensión que se funde en estas leyes, carece de todo sustento
legal (CSJN in re Vargas Aignasse, Guillermo, 03/05/07).

b) Imprescriptibilidad de los delitos de lesa humanidad.


Sabido es que la prescripción constituye una de las causales
extintivas de la acción penal establecidas en nuestra legislación de fondo. Se
presenta así como un límite al poder punitivo del Estado de iniciar o proseguir
una persecución penal en contra de una determinada persona (Código Penal, arts.
59, 62 y cc).
El principal fundamento del instituto radica en que “el paso del

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tiempo acalla la alarma social provocada por el delito y conlleva naturalmente al
olvido y al desinterés por su castigo” (Cfr. CSJN, Fallos 292:103; “Corradino”,
06/11/87 ED, 127-500; entre muchos otros).
Sin embargo, en las últimas décadas, el derecho internacional ha ido
consolidando la idea de vigencia de la acción penal a pesar del transcurso del
tiempo y así se ha evidenciado un notorio incremento en las adhesiones a los
tratados en la materia, en la voluntad de los Estados de hacerlos cumplir, en las
adaptaciones internas legislativas o jurisprudenciales o en la incumbencia de los
órganos supranacionales.
Es decir que en la actualidad podemos afirmar que la regla es la
prescriptibilidad de la acción penal, pero excepcionalmente, por el interés que
involucran, determinado tipo de delitos no están sujetos al régimen establecido
en el Código Penal.
Las más importantes fuentes al respecto la constituyen los tratados
internacionales adoptados por ley (principalmente la Convención sobre la
Imprescriptibilidad de los Crímenes de Guerra y de Lesa Humanidad), que, como
tales, son jerárquicamente superiores al Código Penal y por ende su aplicación
cede ante aquellos.
La citada convención sobre imprescriptibilidad establece los delitos
con tal carácter, cualquiera que fuere la fecha en que se hayan cometido,
enumerando los crímenes de lesa humanidad cometidos tanto en tiempo de
guerra como de paz, según la definición del Estatuto del Tribunal Militar
Internacional de Nüremberg (8/8/45), y confirmada por las resoluciones de la
Asamblea General de las Naciones Unidas (13/2/46 y 11/12/46): la expulsión por
ataque armado u ocupación; los actos inhumanos debido a la política de
'apartheid'; el delito de genocidio definido en la Convención de 1948 para la
Prevención y la Sanción del delito de Genocidio, aún cuando esos actos no
constituyan una violación del derecho interno del país donde fueron cometidos.
Asimismo, el Estatuto de Nüremberg citado, define como crimen de lesa
humanidad a los asesinatos, exterminios, sometimiento a esclavitud, deportación,
y otros actos inhumanos cometidos contra cualquier población civil antes o
durante la guerra, o persecuciones por motivos políticos, raciales o religiosos, en
ejecución o conexión con cualquier crimen de jurisdicción del Tribunal, sean o

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no una violación de la legislación interna del país donde hubieran sido


perpetrados.
Por su parte, el Estatuto de Roma establece que constituye un
"crimen de lesa humanidad" cualquiera de los actos cometidos como parte de un
ataque generalizado o sistemático contra una población civil, en sus modalidades
de asesinato; exterminio; esclavitud; deportación o traslado forzoso de
población; encarcelación u otra privación grave de la libertad física en violación
de normas fundamentales de derecho internacional; tortura; violación, esclavitud
sexual, prostitución, esterilización o embarazos forzados, u otros abusos sexuales
de gravedad comparable; persecución de un grupo o colectividad con identidad
propia fundada en motivos políticos, raciales, nacionales, étnicos, culturales,
religiosos, de género, u otros motivos universalmente reconocidos como
inaceptables con arreglo al derecho internacional, en conexión con cualquier acto
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mencionado o con cualquier crimen de la competencia de la Corte; desaparición


forzada de personas; apartheid; y otros actos inhumanos de carácter similar que
causen intencionalmente grandes sufrimientos o atenten gravemente contra la
integridad física o la salud mental o física.
Entre nosotros, la Corte Suprema de Justicia de la Nación sostuvo
en “Arancibia Clavel” (Fallos 327:3312) que “el agravio relativo a la
imprescriptibilidad... corresponde que sea tratado por la Corte toda vez que la
prescripción de la acción penal constituye una cuestión de orden público y la
omisión de su consideración puede comprometer la responsabilidad del Estado
argentino frente al orden jurídico interamericano” y agregó que “en materia de
crímenes contra la humanidad, la aplicación de las disposiciones de derecho
interno sobre prescripción de la acción penal constituye una violación del deber a
cargo del Estado argentino de asegurar la vigencia de los derechos humanos en
todas las estructuras del aparato gubernamental, lo que incluye prevenir,
investigar y sancionar toda violación de los derechos reconocidos en la
Convención Americana sobre Derechos Humanos. Además, el principio de
imprescriptibilidad no puede verse supeditado ni, por ende, enervado, por el
principio de legalidad -art. 18, Constitución Nacional-, pues los tratados
internacionales sobre Derechos Humanos deben interpretarse conforme al
derecho internacional, en tanto éste es su ordenamiento jurídico, debiendo

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tenerse en cuenta que de nada serviría la referencia a los tratados hecha en la
Constitución si su aplicación se viera frustrada o modificada por interpretaciones
basadas en uno u otro derecho nacional”.
Para avalar su posición, el máximo Tribunal agregó que “si el
fundamento de la prescripción es la inutilidad de la pena en el caso concreto, en
los que el transcurso del tiempo hace que la persona imputada no sea la misma,
como así también que el hecho sometido a la jurisdicción pierda vigencia
vivencial conflictiva, para pasar a ser un mero hecho histórico anecdótico”
escapando de “la vivencia de sus protagonistas y afectados”, la excepción a esta
regla, está configurada para aquellos actos que “no han dejado de ser vivenciados
por la sociedad entera dada la magnitud y la significación que los atañe”.
Posteriormente, en el precedente “Simón” (Fallos 328:2056,
14/06/2005), la Corte sostuvo que “la progresiva evolución del derecho
internacional de los derechos humanos con el rango establecido por el art. 75 inc.
22 de la Constitución Nacional ya no autoriza al Estado a tomar decisiones...cuya
consecuencia sea la renuncia a la persecución penal de delitos de lesa
humanidad, en pos de una convivencia social pacífica apoyada en el olvido de
hechos de esa naturaleza”, aclarando que ”la inaplicabilidad de las normas de
derecho interno de prescripción de los delitos de lesa humanidad tiene base en el
derecho internacional ante el cual el derecho interno es sólo un hecho” y ”los
principios que en el ámbito nacional se utilizan para justificar el instituto de la
prescripción, no resultan aplicables a los delitos de lesa humanidad, pues la
imprescriptibilidad de estos delitos aberrantes opera como una cláusula de
seguridad tendiente a evitar que los restantes mecanismos adoptados por el
derecho internacional se vean burlados mediante el mero transcurso del tiempo”.
En este contexto, cabe agregar que la aplicación de la Convención
sobre Imprescriptibilidad, exceptuando a ciertos delitos del instituto de la
prescripción, evidentemente perjudica a los imputados de hechos que encuadren
en esa tipología, por cuanto impide que el tiempo extinga la acción penal. De
esta manera, se plantea el problema de la aplicación de esta normativa
excepcional a hechos ocurridos con anterioridad a su adopción expresa por el
derecho interno.
Sin embargo, la Corte Suprema de Justicia de la Nación también ya

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ha sentado su posición al respecto, considerando igualmente aplicable los efectos


de la Convención a hechos ocurridos con anterioridad, argumentando que ello
“no lesiona el principio "nulla poena sine lege", pues tales delitos usualmente
son practicados por agencias estatales operando fuera del control del derecho
penal, por lo que no es razonable la pretensión de legitimar el poder genocida en
virtud del paso del tiempo, máxime si se considera que aún antes de que
comenzara a regir dicho tratado existía una costumbre internacional respecto de
su imprescriptibilidad”. Así, entre el principio de no retroactividad que
favorecería al autor de un delito contra el "ius gentium" y el principio de
retroactividad aparente de los tratados internacionales sobre imprescriptibilidad
de los crímenes contra la humanidad, debe prevalecer este último, que tutela
normas imperativas del "ius cogens", siendo el conflicto entre ambos preceptos
sólo aparente, pues las normas de "ius cogens" que castigan los citados delitos
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han estado vigentes desde tiempo inmemorial”.


El Tribunal agregó que “de esta manera no se fuerza la prohibición
de irrectroactividad de la ley penal, sino que se reafirma un principio instalado
por la costumbre internacional, que ya tenía vigencia al tiempo de comisión de
los hechos”, porque “la Convención ha representado únicamente la cristalización
de principios ya vigentes para nuestro Estado Nacional como parte de la
Comunidad Internacional”.
En base a ello, señaló que cabe apartarse del principio según el cual
la ley penal "ex post facto" no rige cuando empeora las condiciones de los
acusados -en el caso, normas de rango constitucional sobre imprescriptibilidad
de ciertos delitos-, si se está ante crímenes contra la humanidad, ya que se trata
de supuestos que no han dejados de ser vivenciados por la sociedad entera, dada
la magnitud y la significación que los atañe, por lo que no sólo permanecen
vigentes para ésta, sino también para la comunidad internacional” (Cfr.
Arancibia Clavel, Fallos 327:3312).
De esta manera, queda claro que para la última instancia judicial
nacional las reglas del derecho interno sobre prescripción quedan desplazadas
por el derecho internacional consuetudinario y por la convención aludida.
Así, para la Corte, esta aplicación retroactiva perjudicial al imputado
“ha sumado al deber de punición que corresponde a los tribunales, la presencia

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de una norma positiva de derecho internacional que consagra la imposibilidad de
considerar extinguida la acción penal por prescripción respecto de los delitos de
lesa humanidad”. Acorde a esta afirmación es el efecto que el mismo tribunal le
otorga sobre la reglamentación procesal que establece el régimen de las
excepciones relacionadas a la acción penal, al decir que en los procesos por esta
clase de delitos ”los imputados no pueden oponerse a la investigación de la
verdad y al juzgamiento de los responsables a través de excepciones
perentorias...pues los instrumentos internacionales que establecen esta categoría
de delitos no admiten que la obligación de los Estados de enjuiciar a los
imputados cese por el transcurso del tiempo, amnistía, o cualquier otro tipo de
medidas que disuelvan la posibilidad de reproche”.
El criterio del tribunal también analiza el cambio de régimen de la
prescripción en el principio de culpabilidad, al que considera no vulnerado
porque “no implica cambio alguno en el marco de ilicitud que el autor pudo tener
en cuenta al momento de realizar las conductas que se investigan” ya que
“aquellas personas a las cuales se les atribuye la comisión de un delito no poseen
un derecho a liberarse de la persecución penal por el transcurso del tiempo,
porque la prescripción de la acción penal no es una expectativa con la que pueda
contar, al momento del hecho, el autor de un delito” toda vez que “en el caso de
crímenes contra la humanidad, el Estado argentino ha declinado la exclusividad
del interés en la persecución penal para constituirse en el representante del
interés de la comunidad mundial, el cual ésta misma ha declarado inextinguible”
(Cfr. Arancibia Clavel, Fallos 327:3312) .
De este modo, si consideramos que de las numerosas constancias
probatorias agregadas a la causa -que se analizarán detalladamente a
continuación- se puede inferir razonablemente que los hechos delictivos
investigados en autos, se enmarcaron en una clara persecución por parte del
Estado en contra de personas que en ese entonces eran consideradas opositoras a
la política estatal, es posible concluir que el móvil que guió el accionar de las
fuerzas contra ellas no era otro que político y las distintas acciones desplegadas
en su contra fueron realizadas por agentes del Estado, por lo que la tipificación
de tales hechos como delitos de lesa humanidad resulta ineludible y, por
consiguiente, todas las disposiciones legales citadas de orden interno en relación

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Poder Judicial de la Nación

al instituto de la prescripción como el propio fundamento del mismo, resultan


desplazados por el derecho internacional consuetudinario y la Convención sobre
la Imprescriptibilidad de los Crímenes de Guerra y de los Crímenes de Lesa
Humanidad.

c) Contexto histórico en el que se desarrollaron los hechos


investigados.
Previo a la valoración de la prueba reunida durante la instrucción de
la causa, considero necesario efectuar una breve reseña acerca del contexto
histórico en el que se desarrollaron los hechos objeto de investigación, toda vez
que entiendo que ello permitirá comprender lo sucedido en su verdadera
dimensión.
Tal como lo ha destacado importante jurisprudencia de nuestro país
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(Cam. Nac. de Apelaciones en lo Criminal y Correccional de Capital Federal,


Causa 13/84, 09/12/1985; Cam. Criminal y Correccional de Capital Federal,
Causa 44, 02/12/1986), la gravedad de la situación en 1975, debido a la
frecuencia y extensión geográfica de los atentados contra la vida institucional del
país, constituyó una amenaza para la Nación, estimando el gobierno nacional que
los organismos policiales y de seguridad resultaban incapaces para prevenir tales
hechos. Ello motivó que se dictara una legislación especial para prevención y
represión del fenómeno, debidamente complementada a través de
reglamentaciones militares.
Así, el gobierno constitucional, en ese entonces, dictó los decretos
261/75 de febrero de 1975, por el cual encomendó al Comando General del
Ejército ejecutar las operaciones militares necesarias para neutralizar y/o
aniquilar el accionar de los elementos subversivos en la Provincia de Tucumán;
el decreto 2770 del 6 de octubre de 1975 por el que se creó el Consejo de
Seguridad Interna, integrado por el Presidente de la Nación, los Ministros del
Poder Ejecutivo y los Comandantes Generales de las Fuerzas Armadas, a fin de
asesorar y proponer al Presidente de la Nación las medidas necesarias para la
lucha contra la subversión y la planificación, conducción y coordinación con las
diferentes autoridades nacionales para la ejecución de esa lucha; el decreto 2771
de la misma fecha que facultó al Consejo a suscribir convenios con las

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provincias, a fin de colocar bajo su control operacional al personal policial y
penitenciario y el decreto 2772, también de la misma fecha, que extendió "la
acción de las Fuerzas Armadas a los efectos de la lucha antisubversiva a todo el
territorio del país".
La primera norma citada se complementó con la directiva del
Comandante General del Ejército N° 333, de enero del mismo año, que fijó la
estrategia a seguir contra los asentamientos terroristas en Tucumán, dividiendo la
operación en dos partes, caracterizándose la primera por el aislamiento de esos
grupos a través de la ocupación de puntos críticos y control progresivo de la
población y de las rutas, y la segunda por el hostigamiento progresivo a fin de
debilitar al oponente y, eventualmente, atacarlo para aniquilarlo y restablecer el
pleno control de la zona. En su anexo N° 1 (normas de procedimiento legal) esta
directiva cuenta con reglas básicas de procedimiento sobre detención de
personas, que indican su derivación preferente a la autoridad policial en el plazo
más breve; sobre procesamiento de detenidos, que disponen su sometimiento a la
justicia federal, o su puesta a disposición del Poder Ejecutivo Nacional; sobre
allanamientos, autorizándolos en casos graves, con prescindencia de toda
autorización judicial escrita, habida cuenta del estado de sitio.
La directiva 333 fue complementada con la orden de personal
número 591/75, del 28 de febrero de 1975, a través de la cual se disponía
reforzar la Quinta Brigada de Infantería con asiento en Tucumán, con personal
superior y subalterno del Tercer Cuerpo del Ejército.
Por su parte, lo dispuesto en los decretos 2770, 2771 y 2772, fue
reglamentado a través de la directiva 1/75 del Consejo de Defensa, del 15 de
octubre del mismo año, que instrumentó el empleo de las fuerzas armadas, de
seguridad y policiales, y demás organismos puestos a su disposición para la
lucha antisubversiva, con la idea rectora de utilizar simultáneamente todos los
medios disponibles. Esta directiva dispuso que la acción de todas las fuerzas
debía ser conjunta para lo cual debían firmarse los respectivos convenios y
adjudicó al Ejército la responsabilidad primaria en la dirección de las
operaciones contra la subversión en todo el territorio de la Nación, la conducción
de la comunidad informativa y el control operacional sobre la Policía Federal,
Servicio Penitenciario Federal y policías provinciales.

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Poder Judicial de la Nación

El Ejército dictó la directiva del Comandante General del Ejército n°


404/75, del 28 de octubre de ese año, que fijó las zonas prioritarias de lucha,
dividió la maniobra estratégica en fases y mantuvo la organización territorial -
conformada por cuatro zonas de defensa - Nros. 1, 2, 3 y 5 -, subzonas, áreas y
subáreas. En esta directiva se estableció que los detenidos debían ser puestos a
disposición de autoridad judicial o del Poder Ejecutivo.
El gobierno constitucional de ese entonces sancionó, además, leyes
de fondo y de procedimiento que estaban dirigidas a prevenir o reprimir la
actividad terrorista. Las principales fueron la ley 20.642, de enero de 1974, que
introdujo distintas reformas al Código Penal, creándose nuevas figuras y
agravando las escalas penales de otras ya existentes, en relación a delitos de
connotación subversiva. En septiembre del mismo año se promulgó la ley 20.840
que estableció un régimen de penalidades para distintas actividades terroristas, y
USO OFICIAL

los decretos 807 (de abril de 1975), 642 (febrero de 1976) y 1078 (marzo de
1976), a través de los cuales se reglamentó el trámite de la opción para salir del
país durante el estado de sitio.
El golpe de estado del 24 de marzo de 1976 no significó un cambio
sustancial de las disposiciones legales vigentes a esa fecha en cuanto a la lucha
contra la subversión.
Tras el hecho de fuerza, los entonces Comandantes Generales de las
Fuerzas Armadas que asumieron el gobierno de la República constituyeron la
Junta Militar que declaró caducos los mandatos del Presidente de la Nación
Argentina y de los gobernadores y vicegobernadores de provincia; disolvió el
Congreso de la Nación y removió a los miembros de la Corte Suprema de
Justicia de la Nación (Acta para el Proceso de Reorganización Nacional, 24 de
marzo de 1976, Boletín Oficial del 29 del mismo mes y año).
El propósito básico fijado por la Junta Militar fue el siguiente:
"Restituir los valores esenciales que sirven de fundamento a la conducción
integral del Estado, enfatizando el sentido de moralidad, idoneidad y eficiencia
imprescindible para reconstituir el contenido y la imagen de la Nación, erradicar
la subversión y promover el desarrollo económico de la vida nacional basado en
el equilibrio y participación responsable de los distintos sectores a fin de
asegurar la posterior instauración de una democracia republicana, representativa

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y federal, adecuada a la realidad y exigencias de solución y progreso del pueblo
argentino", (Acta Fijando el Propósito y los objetivos básicos para el Proceso de
Reorganización Nacional" - Boletín Oficial 29/03/1976).
Para el cumplimiento de los instrumentos legales existentes de lucha
contra la subversión, el Estado contó con su imperium, emergente de la
posibilidad de emplear las fuerzas policiales y de seguridad. A ello se sumó, a
partir de octubre de 1975, la intervención de las Fuerzas Armadas, lo que
equivale a decir que todas las armas de la Nación fueron aplicadas al
fortalecimiento de la voluntad estatal de hacer cumplir la ley, sustrato básico de
su política criminal.
De manera tal que en el transcurso del proceso, es innegable la
mutua colaboración que se prestaron las distintas fuerzas durante el desarrollo de
las operaciones; basta mencionar, a modo de ejemplo, los numerosos traslados de
personas secuestradas, entre lugares de cautiverio dependientes de distintas
fuerzas.
Es decir que pese a contar con todos los instrumentos legales y los
medios para llevar a cabo la represión de modo lícito, sin desmedro de la
eficacia, las Fuerzas Armadas optaron por la puesta en marcha de
procedimientos clandestinos e ilegales sobre la base de órdenes que se impartían
de acuerdo a las cadenas de mando.
Como vemos, pese a que los comandantes militares que asumieron
el gobierno, decidieron mantener el marco normativo en vigor, con las
jurisdicciones y competencias territoriales que éste acordaba a cada fuerza, lo
acontecido fue radicalmente distinto, ya que si bien la estructura operativa siguió
funcionando igual, su personal subordinado detuvo a gran cantidad de personas,
las alojó clandestinamente en unidades militares o en lugares bajo dependencia
de las fuerzas armadas, las interrogó con torturas, las mantuvo en cautiverio
sufriendo condiciones inhumanas de vida y alojamiento y, finalmente, se las
legalizó poniéndolas a disposición de la justicia o del Poder Ejecutivo Nacional,
se las puso en libertad, o bien se las eliminó físicamente.
Tal manera de proceder, que suponía la secreta derogación de las
normas en vigor, respondió a planes aprobados y ordenados a sus respectivas
fuerzas por los comandantes militares.

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Para determinar las razones que motivaron esta gravísima decisión,


debe partirse de la completa prioridad que se asignó al objetivo consistente en
obtener la mayor información posible en una lucha contra organizaciones
terroristas que poseían estructura celular y que estaban preparadas para esconder
la identidad de sus miembros, los que se hallaban mimetizados dentro de la
población.
Tal necesidad de lograr información, valorada por quienes, incluso
para alcanzar el poder, menospreciaron la ley como medio para regular la
conducta humana, fue condición suficiente para que el uso del tormento, el trato
inhumano, la imposición de trabajos y el convencimiento creado a los
secuestrados de que nadie podría auxiliarlos, aparecieran como los medios más
eficaces y simples para lograr aquel propósito.
A su vez, aquel menosprecio por los medios civilizados para
USO OFICIAL

prevenir la repetición de los hechos terroristas, o castigar a sus autores, la certeza


de que la opinión pública nacional e internacional no toleraría una aplicación
masiva de la pena de muerte, y el deseo de no asumir públicamente la
responsabilidad que ello significaba, determinaron como pasos naturales del
sistema, primero el secuestro, y luego la eliminación física clandestina de
quienes fueron señalados discrecionalmente por los ejecutores de las órdenes,
como delincuentes subversivos.
La ilegitimidad de este sistema, su apartamiento de las normas
legales aún de excepción, surge no del apresamiento violento en sí mismo, sino
del ocultamiento de la detención, del destino de las personas apresadas, y de su
sometimiento a condiciones de cautiverio inadmisibles cualquiera fuera la razón
que pudiera alegarse para ello.
En suma, puede afirmarse que los comandantes establecieron
secretamente un modo criminal de lucha contra el terrorismo. Se otorgó a los
cuadros inferiores de las fuerzas armadas una gran discrecionalidad para privar
de libertad a quienes aparecieran, según la información de inteligencia, como
vinculados a la subversión; se dispuso que se los interrogara bajo tormentos y
que se los sometiera a regímenes inhumanos de vida, mientras se los mantenía
clandestinamente en cautiverio; se concedió, por fin, una gran libertad para
apreciar el destino final de cada víctima, ya sea el ingreso al sistema legal, la

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libertad o, simplemente, la eliminación física.
Esta discrecionalidad en la selección del objetivo dio como
resultado que muchas veces la privación de libertad recayera sobre personas que
no tuvieran vinculación con la lucha contra la subversión o que la tuvieran sólo
tangencialmente.
En este sentido, en el citado fallo de la Causa 13/84, se tuvo por
acreditado que hubo casos en los que las privaciones ilegítimas de la libertad
obedecieron a móviles que no estaban vinculados directamente con los que
guiaban a las organizaciones terroristas. Así, por ejemplo, se detuvo ilegalmente
a familiares o amigos de desaparecidos que sólo hacían gestiones para ubicar los
paraderos de éstos últimos; o a miembros de la sociedad que sólo realizaban
manifestaciones de algún tipo en demanda de noticias sobre la suerte de los
secuestrados; como así también a personas que se las mantenía en cautiverio y,
mediante la aplicación de tormentos, se les exigía que aportaran datos que se
suponía, sin prueba concreta alguna, que pudieran tener con respecto a algún
miembro de los grupos terroristas (C. Nac. de Apelaciones en lo Criminal y
Correccional de Capital Federal, 09/12/1985, cit. capítulo XVII)
Asimismo, la posibilidad de que el personal a quien se mandaba a
domicilios particulares a cometer delitos de la apuntada gravedad, se apoderara
sistemáticamente de bienes en su propio beneficio, fue también necesariamente
prevista y asentida por quienes dispusieron tal modo de proceder. La enorme
proporción de casos en que ello tuvo lugar, y el hecho de que se les otorgara
igual tratamiento en cuanto a la impunidad de sus autores, que a los delitos antes
descriptos, confirma la inferencia.
Como vemos, “durante todo el período transcurrido entre los años
1975 y 1983, se suspendieron en forma absoluta las garantías de los ciudadanos
y se limitó substancialmente el ejercicio de derechos individuales,
implementándose un sistema de violencia desde el Estado hacia la ciudadanía,
caracterizado por la ilegitimidad, la desmesura, la impunidad y el absoluto
desprecio por la dignidad humana y los derechos fundamentales de la persona,
inscribiéndose dicho accionar dentro de una práctica que la doctrina ha definido
como “terrorismo de estado” (Cámara Federal de Apelaciones de Tucumán,
“Vargas Aignasse Guillermo s/ secuestro y desaparición”, 15/12/2004). “El

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sistema puesto en práctica –secuestro, interrogatorio bajo tormentos,


clandestinidad e ilegitimidad de la privación de libertad y, en muchos casos,
eliminación de las víctimas- fue sustancialmente idéntico en todo el territorio de
la Nación y prolongado en el tiempo”.
“Estos hechos tenían a su vez una serie de características comunes.
Los secuestradores eran integrantes de las fuerzas armadas, policiales o de
seguridad, y si bien en la mayoría de los casos, se proclamaban genéricamente
como pertenecientes a alguna de dichas fuerzas, normalmente adoptaban
precauciones para no ser identificados, apareciendo en algunos casos disfrazados
con burdas indumentarias o pelucas” (Cfr. Cam. Nac. de Apelaciones en lo
Criminal y Correccional de Capital Federal, Causa 13/84, 09/12/1985).
En ese contexto, cabe remarcar además, que las víctimas de este
accionar por parte del Estado no fueron sólo aquellas personas detenidas,
USO OFICIAL

torturadas o asesinadas, sino también todo el resto de la población que ha vivido


las consecuencias de este “mal radical” en la sensación de miedo constante, de
ausencia de derechos, de pérdida del autorespeto, de la autoestima y de la
conciencia de la propia dignidad. (Cámara Federal de Apelaciones de Tucumán,
“Vargas Aignasse Guillermo s/ secuestro y desaparición”, 15/12/2004).
Esto último fue inclusive remarcado por la Organización de los
Estados Americanos, que debido a la cantidad de reclamos recibidos, envió el 6
de septiembre de 1979 a una representación de la Comisión Interamericana de
Derechos Humanos con el objeto de constatar a través de la observación directa
la veracidad de tales denuncias.
Dicha Comisión se expidió a través del "informe sobre la situación
de los derechos humanos en la Argentina", publicado oficialmente el 11 de abril
de 1980. En el mismo se llegó a la conclusión de que, por acción u omisión de
las autoridades públicas, se cometieron en el país en el periodo 1975 a 1979
numerosas y graves violaciones de derechos humanos reconocidos en la
Declaración Americana de Derechos y Deberes del Hombre.
La Comisión entendió que, en particular, esas violaciones habían
afectado el derecho a la vida, el derecho a la libertad personal, el derecho a la
seguridad e integridad personal, el derecho a la justicia y al proceso regular y a la
libertad de expresión y de opinión.

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Es decir que, conforme lo reseñado, suponer que el gobierno de
facto, que concentró en sus manos las más amplias potestades legisferantes y
que, incluso, se arrogó el poder constituyente, no tenía otro modo de combatir el
terrorismo que a través de la clandestinidad y la imposición de un terror
equivalente, fuera de toda referencia normativa, resulta inadmisible.
Lamentablemente, a los delitos cometidos por los terroristas -
ciertamente de gravedad- “las Fuerzas Armadas respondieron con un terrorismo
infinitamente peor que el combatido, porque, tal como se señaló, es innegable
que desde el 24 de marzo de 1976 contaron con el poderío y la impunidad del
Estado absoluto, secuestrando, torturando y asesinando a miles de seres
humanos” (Cfr. Informe final de la CONADEP, “Nunca mas” Eudeba 1985).

d) Dificultad probatoria.
Tal como se adelantó en algunas de las consideraciones previas, los
hechos que se investigan en autos deben ser considerados a la luz del derecho de
gentes, como crímenes de lesa humanidad. Esto implica reconocer que la
magnitud y la extrema gravedad de los acontecimientos que ocurrieron en
nuestro país en el período señalado, son lesivos de normas jurídicas que reflejan
los valores más fundamentales que la humanidad reconoce como inherentes a
todos sus integrantes en tanto personas humanas.
Asimismo, tal circunstancia determina que la interpretación judicial
a fin de formar la convicción sobre los hechos y la participación de los
imputados, debe incorporar todas aquellas reglas que la comunidad internacional
ha elaborado a su respecto.
En este sentido, se ha dicho que “la naturaleza de lesa humanidad
produce un efecto sustancial en el proceso de conocimiento de los hechos, por lo
que no puede comprenderse el delito que se trate de manera aislada o
fragmentada -individualmente-, sin tener presente su consideración como
fenómeno colectivo inserto en un plan o sistema”.
“En este esquema, la verdad de los hechos individuales no debe
buscarse de manera fragmentada, sino que debe alcanzarse en función de la
totalidad del sistema, en lo que sea pertinente.” (Cfr. Juzgado Federal Nro. 3 de
La Plata, “Etchecolatz, Miguel O”, 03/05/06, LLBA 2006 , 938)

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Poder Judicial de la Nación

Por todo ello es que tiene vital importancia todo lo expuesto en


relación a las distintas circunstancias que rigieron el sistema de desapariciones y
exterminio implementado en nuestro país y que tuvieron, como consecuencia
directa y necesaria, su incidencia en materia probatoria en el desarrollo de cada
uno de los procesos judiciales llevados adelante.
En este sentido, corresponde advertir que estos tipos de procesos se
caracterizan principalmente por la escasez de prueba directa. Está claro que ello
no es obra de la casualidad sino que se relaciona directamente con la lógica del
plan sistemático de desapariciones ideado en ese entonces.
La jurisprudencia tiene dicho al respecto que “es un hecho notorio el
que las personas que perpetraron los crímenes investigados diseñaron y
ejecutaron un sistema de ocultamiento de pruebas, de encubrimiento de los
hechos. En primer lugar, todos los delitos fueron realizados en la clandestinidad:
USO OFICIAL

los secuestradores y torturadores ocultaban su identidad, ya sea realizando


operativos en horas de la noche, ya sea incomunicando totalmente a las víctimas,
dejándolos con los ojos vendados y negando su existencia a cualquiera que
reclamase la existencia del secuestrado, negando la existencia de los lugares de
alojamiento. El secreto y la clandestinidad fueron elementos claves para
oscurecer la verdad de los hechos”.
“A este eslabón se suma el proceso de desaparición de cadáveres: en
algunos casos se trasladaba a los detenidos lejos del centro clandestino, se los
fusilaba, atados y amordazados, luego se procedía a su entierro en cementerios
como NN o directamente se realizaba la cremación de los cadáveres; en otros
casos se inyectaba a los detenidos un somnífero, luego se los cargaba en
camiones para transportarlos a un avión, desde donde se arrojaban los cuerpos
vivos al mar o al Río de la Plata” (Cfr. Juzgado Federal Nro. 3 de La Plata,
“Etchecolatz, Miguel O”, 03/05/06, cit.).
También se ha dicho que “es un hecho notorio -tanto como la
existencia del terrorismo- que en el período que comprenden los hechos
imputados desaparecían personas; existían lugares clandestinos de detención
dependientes de las Fuerzas Armadas; personal uniformado efectuaba
permanentes "procedimientos" de detención, allanamientos, y requisas, sin que
luego se tuviera noticia acerca de la suerte corrida por los afectados” (Cam. Nac.

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de Apelaciones en lo Criminal y Correccional de Capital Federal, Causa 13/84,
09/12/1985).
También cabe agregar que constituye otra verdad inquebrantable
que el paso del tiempo atenta claramente contra cualquier investigación de todo
hecho delictivo, y ello, se patentiza aún más en procesos como el de autos.
Es por ello que en todo el contexto expuesto, surge de manera
evidente que las investigaciones judiciales sobre estos hechos delictivos
encuentran límites y dificultades innegables. Así, las declaraciones testimoniales
y los indicios reunidos adquieren todavía mucho mayor valor probatorio que en
un proceso penal con características usuales.
La Corte Interamericana de Derechos Humanos en el caso
"Velásquez Rodríguez", sentó un criterio de gran importancia para la valoración
de los hechos en procesos de contextos similares al que aquí se investiga,
afirmando que "...la práctica de los tribunales internacionales e internos
demuestra que la prueba directa, ya sea testimonial o documental, no es la única
que puede legítimamente considerarse para fundar la sentencia. La prueba
circunstancial, los indicios y las presunciones, pueden utilizarse, siempre que de
ellos puedan inferirse conclusiones consistentes sobre los hechos... la prueba
indiciaria o presuntiva resulta de especial importancia cuando se trata de
denuncias sobre la desaparición, ya que esta forma de represión se caracteriza
por procurar la supresión de todo elemento que permita comprobar el secuestro,
el paradero y la suerte de las víctimas" (Cfr. CIDH, Caso Velásquez Rodríguez,
sentencia del 29 de julio de 1988, párrs. 130 y 131).
Para así resolver, tuvo en consideración la posición de la Comisión,
basada en el argumento de que una política de desapariciones, auspiciada o
tolerada por el Gobierno, tiene como verdadero propósito el encubrimiento y la
destrucción de la prueba relativa a las desapariciones de los individuos objeto de
la misma. Cuando la existencia de tal práctica o política haya sido probada, es
posible, ya sea mediante prueba circunstancial o indirecta, o ambas, o por
inferencias lógicas pertinentes, demostrar la desaparición de un individuo
concreto, que de otro modo sería imposible, por la vinculación que esta última
tenga con la práctica general (Cfr. CIDH, "Velásquez Rodríguez", cit., párrafo
124).

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Poder Judicial de la Nación

Es por ello que las presunciones debidamente probadas dentro del


esquema del debido proceso que manda nuestra Constitución Nacional (art. 18),
tienen un rol fundamental en la valoración de estos hechos. Esto sin perjuicio de
que, en el caso concreto de autos, cabe resaltar muy especialmente que todas las
dificultades señaladas con referencia a las complicaciones para poder acreditar la
materialidad ilícita, no han significado una imposibilidad absoluta ya que, tal
como se analizará a continuación, además de los indicios que pueden inferirse
razonablemente, también se ha logrado reunir prueba documental de importancia
y, sobre todo, declaraciones testimoniales que han transmitido con absoluta
claridad la verdadera situación de las personas que permanecieron detenidas por
disposición de las Fuerzas Armadas.

II) Acreditación histórica de los hechos ilícitos investigados.


USO OFICIAL

Habiendo arribado a este punto del presente análisis, cabe concluir


con respecto a la existencia histórica de los hechos ilícitos atribuidos al
imputado, que a criterio del suscripto los diversos elementos de prueba reunidos
en autos acreditan, al menos con el grado de probabilidad exigido para esta etapa
preliminar del proceso, la privación ilegítima de la libertad a la que fueron
sometidas las víctimas en las condiciones y circunstancias descriptas en
oportunidad de receptársele declaración indagatoria.
En efecto, a través del análisis de dichas pruebas, se advierte en
primer lugar que la privación ilegítima de la libertad de Avelino Bazán, Juan
Bejarano, Venancio Cárdenas, Rubén Andrés Cari, Anastasio Colmenares,
Bruno René Díaz, Efrén Guzmán, Cirilo Carlos Paredes, Santiago Quispe,
Alberto Hugo Rodríguez, Mariano Rodríguez, Angel Ricardo Rozo, Mario
Fernando Sosa, Alejandro Subelza, Roberto Valerio, cuyo verdadero nombre
sería Roberto Valeriano tal como figura en las diversas constancias obrantes en
autos donde se lo identifica con similar número de matrícula individual,
Eleuterio Zapana, Luis Ramón Romitti, Alberto Aramayo, Carlos Antonio
Jiménez, Venancio Cardozo, Faustino Farfán, Bernardo Vazquez, Fausto
Calapeña, Reinaldo Aguilar, Martiniano Espinoza, Manuel Bautista González,
Demetrio Erdulfo Mendoza, Roberto Quiroga, Roberto Troncoso y Juan Carlos
Ovalle, se encuentran debidamente corroboradas en algunos casos por las

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denuncias formuladas por los propios damnificados – ya sea en forma individual
o en grupos - ante la Comisión Extraordinaria de Derechos Humanos de la
Legislatura de la Provincia de Jujuy o ante la Comisión Nacional Sobre la
Desaparición de Personas, y en otros, por sus familiares ante distintas
autoridades competentes – como sucede concretamente en los casos de Bazán y
Romitti -, declaraciones todas ellas que obran agregadas a los diversos
expedientes labrados con relación a cada una de las víctimas de autos,
coincidiendo muchas de ellas en las fechas y circunstancias en que esos hechos
ocurrieron.
Por otra parte, resultan también contundentes las constancias
obrantes en el Expte. N° 60/86 caratulado “Subsecretaría de Derechos Humanos
s/denuncia”, agregado como Anexo de Prueba al Expte N° 498/03 “Fiscal
Federal N°1 s/ declaración de inconstitucionalidad e invalidez de las leyes
23.492 y 23.521”, entre las cuales deben ponderarse especialmente las actas de
fs.58, 59, 60, 64, 91, 92, 93, 94, 95, 96, 97, 98, 99, 100, 101, 102, 103 y 104,
labradas bajo el título de “Actuaciones Decreto N° 1860/71”, y las notas
agregadas a fs.87 y 105, a través de las cuales se encuentran documentados los
procedimientos de detención de Avelino Bazán, Rubén Andrés Cari, Anastasio
Colmenares, Bruno René Díaz, Efrén Guzmán, Cirilo Carlos Paredes, Santiago
Quispe, Alberto Hugo Rodríguez, Mariano Rodríguez, Roberto Valeriano,
Faustino Farfán, Fausto Calapeña, Reinaldo Aguilar, Martiniano Espinoza,
Manuel Bautista González, Demetrio Erdulfo Mendoza, Roberto Quiroga y
Roberto Troncoso, dirigidos por el entonces Jefe del Area 323 del Ejército,
Coronel Carlos Néstor Bulacios, como así también el posterior alojamiento de
los detenidos en dependencias del Servicio Penitenciario de Jujuy.
A su vez, entre dichas constancias reviste especial importancia la
nota remitida por el imputado en autos, en ese entonces, Teniente Primero
Antonio Orlando Vargas, quien se desempeñó en esa época como Interventor del
Servicio Penitenciario de Jujuy, con fecha 31 de mayo de 1.976 al Juez Federal
Subrogante de la Provincia de Jujuy, Hugo Mezzena, mediante la cual, en
respuesta a la notificación que le fuera cursada de la resolución dictada el 27 de
mayo del mismo año por ese Tribunal declarando la falta de mérito para ordenar
la instrucción de causa criminal en contra de esos detenidos y ordenando su

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Poder Judicial de la Nación

libertad, informaba a dicho Magistrado que si bien se había tomado nota de lo


dispuesto, ellos “continuarían alojados en ese establecimiento penitenciario a
ulterior resolución de la Jefatura del Area 323, por cuya orden se encontraban
detenidos” (ver fs.120 del Anexo de Prueba correspondiente al expediente
N°60/86).
Dicha misiva, por lo demás, pone en evidencia la irregularidad de la
situación en que se encontraban las víctimas, quienes fueron privadas de su
libertad entre los meses de marzo y abril del año 1.976, luego ocho de ellas
trasladadas en octubre de ese mismo año a la Unidad N°9 de La Plata y recién
fueron liberadas en el transcurso del año 1.977, sin sustento legal alguno, puesto
que existía desde el 27 de mayo de 1.976 una orden de juez competente que, con
motivo de haber puesto la autoridad militar a su disposición a esos detenidos y
luego de evaluar su situación personal disponiendo el diligenciamiento de las
USO OFICIAL

medidas de instrucción pertinentes, había ordenado finalmente la falta de mérito


a su favor y, consecuentemente, su libertad (conforme fs.114/116 vta. y fs.117 y
vta. de dichas actuaciones).
Ahora bien, ingresando particularmente en el análisis de los hechos
vinculados a Avelino Bazán, y en lo que respecta a su detención ilegal, debe
señalarse que su esposa Olga Graciela Ovalle de Bazán al presentar un recurso
de Habeas Corpus ante el Juzgado Federal de esta provincia con fecha 31 de
octubre de 1.978 (conforme fs. 02 y vta. del legajo N° 396/05), además de
señalar que su esposo había desaparecido el día miércoles 25 de ese mismo mes
y año en oportunidad en que había salido de su domicilio con el fin de dar un
paseo, mencionó que éste ya había estado detenido anteriormente “a raíz de la
situación que atravesó nuestro país”, y que había sido dejado en libertad por falta
de mérito, momento a partir del cual se había reintegrado a su hogar dedicándose
a atender los problemas comunes familiares.
Posteriormente, presentó un nuevo recurso de Hábeas Corpus ante el
mismo Juzgado el 18 de agosto de 1.981, aclarando en su presentación que su
esposo había sido detenido y puesto a disposición del Poder Ejecutivo Nacional
en esta provincia el día 29 de marzo de 1.976, ocasión en que había sido alojado
en la Unidad Penal de Villa Gorriti y luego trasladado a la Unidad N°9 de La
Plata, desde donde fue dejado en libertad el 23 de julio de 1.978. A su vez, al ser

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luego citada a los fines de ratificar o rectificar su denuncia y al ser preguntada
sobre las circunstancias de la supuesta detención de su marido, respondió que lo
único que podía decir era que éste había salido de su domicilio el día 25 de
octubre de 1.978 alrededor de las dieciocho y treinta horas con el propósito de
dar un paseo y volver para ir más tarde al cine con ella, agregando que como no
regresó a la hora de comer pensó que se habría encontrado con un amigo y se
durmió pensando en que llegaría tarde. Continuó relatando, que a la mañana
siguiente no lo encontró en la casa y que como ese día – 26 de octubre – tenían
que ir al Banco a hacer trámites importantes creyó que lo encontraría allí, cosa
que no ocurrió, motivo por el cual se dirigió a la Policía de la Provincia, a la
Policía Federal y a otros organismos de seguridad para buscar información sobre
su esposo, obteniendo en todos ellos resultados negativos.
Idéntica denuncia, fue formulada por la nombrada el 3 de enero de
1.984 ante la Policía de la Provincia de Jujuy (ver fs. 52/53 del mencionado
legajo), aportando además en esa oportunidad que su esposo Avelino Bazán era
afiliado al Partido Peronista, que hasta el año 1.971 había sido gremialista en la
Mina El Aguilar, luego había cumplido funciones como Director de Trabajo
hasta el año 1.976, pasándose a desempeñar a partir de ese momento como
Director de Tierras Fiscales, hasta que el 29 de marzo de ese mismo año fue
detenido en su lugar de trabajo por personal militar perteneciente al RIM 20 y
posteriormente alojado en el Servicio Penitenciario Provincial.
Asimismo, no deben dejar de mencionarse las declaraciones
efectuadas por la Sra. Ovalle de Bazán ante la Policía Federal Argentina (fs.66 y
vta. del legajo referido), ante la Comisión Nacional sobre la Desaparición de
Personas (fs.104/106) y ante el Juzgado de Instrucción Militar N°78 (192/194),
en las cuales relató lo sucedido con su esposo en similares términos a los
expuestos en sus anteriores denuncias, añadiendo en ésta última que al momento
de ser detenido por primera vez se encontraba trabajando en el Ministerio de
Bienestar Social, y que por una compañera de trabajo de él se enteró que había
sido detenido por personal militar.
A su vez, a los fines de acreditar la privación ilegítima de la libertad
de Bazán, además de la mencionada acta agregada a fs.92 del expediente N°
60/86, la cual como ya se destacara anteriormente, da cuenta de que aquél habría

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sido detenido el 12 de abril de 1.976 en la localidad de Mina El Aguilar mientras


se encontraba en su domicilio, mediante un procedimiento dirigido por el propio
Jefe del Area 323, Coronel Carlos Néstor Bulacios, y de la nota obrante a fs.105
de aquél legajo, por la cual éste último ponía en conocimiento del Juez Federal
de Jujuy dicha circunstancia, haciéndole saber que el detenido se encontraba
alojado en dependencias del Servicio Penitenciario de Jujuy - documentación
que se encuentra firmada por el propio Bulacios -, reviste especial importancia
el informe de fecha 21 de junio de 1.984 expedido por el Servicio Penitenciario
de la Provincia de Jujuy, donde se indicaba que según constancias de los Libros
de Novedades del penal, Bazán había ingresado a ese establecimiento a
disposición de las autoridades militares el 30 de marzo de 1.976 a horas trece
(13:00) y egresado el día 7 de octubre de 1.976 a horas ocho y treinta minutos
(08:30), oportunidad en que había sido entregado a la Comisión Militar de la
USO OFICIAL

Jefatura del Area 323 a cargo del Teniente Primero Horacio Marengo (conf.
fs.134 vta. del referido expediente N°396/05). Dicha información, se encuentra
además corroborada a través del acta labrada por el Juzgado de Instrucción
Militar N°77, en la cual, luego de confrontar los Libros de Guardia de Celaduría
de Penados del Servicio Penitenciario Provincial, se dejó constancia de la
veracidad de los datos contenidos en aquél informe (ver fs.150)
Ahora, con respecto a las circunstancias de tiempo y lugar en que se
habría producido la detención de Bazán, teniendo en cuenta la discordancia entre
la información suministrada por la propia esposa de la víctima que asevera que
ello habría ocurrido el día 29 de marzo de 1.976 en momentos en que se
encontraba en su lugar de trabajo, y la que surge del acta labrada por los propios
autores del hecho, según la cual Bazán habría sido detenido el día 12 de abril de
1.976 en la localidad de Mina El Aguilar mientras éste se encontraba en su
domicilio particular, sin perjuicio del valor probatorio de éste último documento
en cuanto al hecho de la detención en sí, se estima apropiado otorgar
preeminencia a la denunciada por su esposa Olga Graciela Ovalle de Bazán,
teniendo en cuenta principalmente que, tal como quedara demostrado en otras
investigaciones, según la práctica utilizada en aquél entonces por el aparato
represor, los arrestos en la mayoría de los casos eran formalizados mediante la
confección de la documentación correspondiente con posterioridad al momento

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en que se efectivizaban, consignándose fechas ulteriores y falseándose u
ocultándose de esa forma las reales circunstancias en que ellos se producían.
Tal versión de los hechos, por lo demás, guardaría coherencia con el
informe suministrado por el Servicio Penitenciario de la Provincia al que se hizo
referencia líneas arriba, según el cual Bazán habría ingresado a ese
establecimiento penal el día 30 de marzo de 1.976, por lo que cabría suponer que
haya sido detenido el día 29 y, siguiendo la práctica utilizada en ese momento en
situaciones similares, haya sido trasladado a dependencias de alguna fuerza de
seguridad o del Ejército y, al día siguiente, alojado en el Penal de Villa Gorriti,
donde se encontraban detenidos la gran mayoría de los presos políticos.
Continuando con el análisis de las pruebas recolectadas en autos
referidas a la privación ilegítima de la libertad de Avelino Bazán, deben
mencionarse también los informes emitidos por el Jefe del RIM 20 “Cazadores
de los Andes”, Coronel José María Bernal Soto, el 2 de noviembre de 1.978,
indicando que el nombrado había recuperado su libertad el día 12 de julio de
1.978, luego de encontrarse detenido en la Unidad N°9 de Olmos – La Plata, y
que a partir de esa fecha no se había dispuesto su nueva detención; por la Policía
de la Provincia de Buenos Aires, Dirección de Antecedentes Personales, con
fecha 4 de diciembre de 1.985, dando cuenta de que Bazán había permanecido
detenido en la Unidad N°9 a disposición del Poder Ejecutivo hasta el 21 de julio
de 1.978 en que había recuperado su libertad, no circulando pedidos de captura
ni paradero a su nombre; y finalmente, por el Servicio Penitenciario de la
Provincia de Buenos Aires, Unidad N°9, el 15 de enero de 1.986, comunicando
que Bazán había ingresado a ese establecimiento el 7 de octubre de 1.976
procedente del Servicio Penitenciario de la Provincia de Jujuy a disposición del
P.E.N., y recuperado su libertad desde allí el 24 de julio de 1.978 por haber
cesado el arresto a disposición del P.E.N. (fs.7, fs.222 y fs.244,
respectivamente), información ésta última que a su vez coincide con el contenido
de la “Nómina de Detenidos Especiales alojados en la Unidad Carcelaria N°9 del
Servicio Penitenciario de la Provincia de Buenos Aires, a disposición del Poder
Ejecutivo Nacional, al 31 de diciembre de 1.976” obrante en fotocopia
certificada a fs.169/201 de estas actuaciones, donde a fs.170 figura el nombre de
la víctima.

28
Poder Judicial de la Nación

Por otro lado, en cuanto a su presencia en el Penal de Villa Gorriti a


la época mencionada, dicha circunstancia se encuentra corroborada
principalmente a través de los registros contenidos en los Libros de Novedades
de esa unidad carcelaria, siendo menester destacar las constancias de la foja 199
del Libro de Novedades de la Guardia Interna, Celaduría de Penados,
correspondiente al período 24/02/76 a 30/03/76, donde en el penúltimo asiento se
dejó consignado que a horas doce y veinticinco minutos del día 30/03/76 por
orden de la Intervención Militar se alojó en ese establecimiento al ciudadano
Avelino Bazán en el Pabellón N°1, celda 42, como así también las de la foja 299
del Libro de Novedades de la Guardia Interna, Celaduría de Penados y
Procesados, período 23/08/76 a 23/10/76, donde se dejó constancia el día 7 de
octubre de 1.976 de haberse trasladado de esa unidad penitenciaria por orden del
P.E.N. y del Area 323, entre otros detenidos a disposición del Poder Ejecutivo
USO OFICIAL

Nacional, a Avelino Bazán (ver también fs.251 de las presentes actuaciones).


Asimismo, revisten singular relevancia a los fines de establecer
dicha presencia diversos testimonios que en forma conteste dan cuenta de ello,
entre los que cabe mencionar a los brindados por Roberto Troncoso ante la
Policía Federal Argentina (ver fs. 68 del expediente N°396/05), por Hugo José
Condorí en la causa N°363/01 caratulada “Investigación sobre el destino de los
detenidos desaparecidos en Jujuy – Acción de Habeas Data” tramitada por ante
el Juzgado Federal N°1 de Jujuy (ver fs.33/42 del Anexo de Prueba del expte.
Principal N°498/03 correspondiente a dicha causa), y por Rubén Eduardo
Altamirano, quien se desempeñó a la época de los hechos investigados como
médico del Servicio Penitenciario de la Provincia de Jujuy, ante la Comisión
Extraordinaria de Derechos Humanos de la Legislatura Provincial (conf. fs.6/7
del legajo de prueba N°272/09).
Ahora bien, pasando al examen de los hechos vinculados a Juan
Bejarano, Bruno René Díaz, Efrén Guzmán, Alberto Hugo Rodríguez, Mario
Fernando Sosa, Roberto Valeriano (quien como se dijo líneas arriba,
inicialmente habría sido identificado en forma errónea como Roberto Valerio por
el Agente Fiscal), Eleuterio Zapana y Venancio Cardozo, y en lo que se refiere a
sus detenciones ilegales, además de las referidas constancias del Anexo de
Prueba correspondiente al expediente N°60/86, donde como se dijera

29
anteriormente constan a fs.94, 64, 101, 104, los procedimientos efectuados a tal
fin con respecto a Bruno René Díaz, Efrén Guzmán, Alberto Hugo Rodríguez y
Roberto Valeriano, obra en autos la denuncia formulada por ellos mismos en un
solo escrito dirigido a la Comisión Extraordinaria de Derechos Humanos de la
Legislatura de la Provincia de Jujuy y que fuera presentado ante al Juzgado
Federal el 27 de diciembre de 1.985, mediante el cual los nombrados dieron
cuenta detalladamente de los hechos delictivos de los que fueron víctimas,
denunciando en general haber sido detenidos en la localidad de Mina El Aguilar,
sin mediar orden de juez alguno, siendo sacados de sus casas y lugares de trabajo
por personal de Gendarmería Nacional y de la Policía de la Provincia y
trasladados a la ciudad de La Quiaca donde fueron alojados en dependencias de
Gendarmería Nacional, para luego ser transportados a la cárcel de Villa Gorriti
en la ciudad de San Salvador de Jujuy, donde quedaron alojados. Posteriormente,
de acuerdo a los términos de sus denuncias, algunos de ellos fueron trasladados
desde el establecimiento penal donde estaban detenidos hacia la Unidad N°9 de
La Plata, lugar desde donde fueron recuperando su libertad en distintas fechas
durante los primeros meses del año 1.977 (ver fs.01/05 del legajo de prueba
N°265/09).
Además, su presencia en el referido establecimiento penal se
constata a través de la lectura de los asientos contenidos en los Libros de
Novedades de esa institución, donde a fs.129 del Libro de Novedades de Guardia
Externa, correspondiente al período 1°/03/76 al 5/04/76, se dejó constancia el día
24/03/76 del ingreso procedente del RIM 20 a disposición del Gobierno Militar,
entre otros detenidos, de Efrén Guzmán; a fs.190 del Libro de Novedades de
Guardia Interna, Celaduría de Penados, período 28/05/76 a 25/06/76, se registró
con fecha 24/06/76 el traslado a “celda con llave” incomunicado del “interno
bajo Justicia Militar Efrein Guzmán hasta nueva orden”; a fs.135 del libro
indicado en primer lugar, se dejó asentado el día 25/03/76 el ingreso, también
procedentes del RIM 20 y a disposición de la misma autoridad, de Juan
Bejarano, Alberto Hugo Rodríguez, Mario Fernando Sosa, Roberto Valeriano y
Eleuterio Zapana (quien aparece como “Eventerio” Zapana); a fs.149 de ese
mismo libro se consignó con fecha 28/03/76 el alojamiento en el penal de Bruno
René Díaz, a fs.107 del Libro de Novedades de Guardia Externa, período 5/04/76

30
Poder Judicial de la Nación

a 29/04/76, se dejó apuntado el 19/04/76 que recuperaba su libertad junto a otros


detenidos Mario Fernando Sosa; a fs.162 del Libro de Novedades de Seguridad
Externa, período 3/08/76 a 13/09/76, con fecha 19/08/76 figuran las liberaciones
de Juan Bejarano y Eleuterio Zapana; y por último, a fs.299 del Libro de
Novedades de Guardia Interna, Celaduría de Penados y Procesados, período
23/08/76 a 23/10/76, se anotó el 7/10/76 que por orden del P.E.N. y del Area 323
fueron trasladados de esa unidad penitenciaria entre otros Bruno René Díaz,
Efrén Guzmán y Roberto Valeriano.
Por lo demás, no puede dejar de mencionarse en el presente análisis
la ya aludida “Nómina de Detenidos Especiales alojados en la Unidad Carcelaria
N°9 del Servicio Penitenciario de la Provincia de Buenos Aires, a disposición del
Poder Ejecutivo Nacional, al 31 de diciembre de 1.976” obrante en fotocopia
certificada a fs.169/201 de estas actuaciones, donde a fs. 172, 174 y 180
USO OFICIAL

aparecen los nombres de Bruno René Díaz, Efrén Guzmán y Roberto Valeriano.
En cuanto a los hechos delictivos cometidos en perjuicio de
Venancio Cárdenas, Rubén Andrés Cari, Anastasio Colmenares, Cirilo Carlos
Paredes, Santiago Quispe, Mariano Rodríguez, Angel Ricardo Rozo, Alejandro
Subelza, Luis Ramón Romitti, Alberto Aramayo, Carlos Antonio Jiménez y
Martiniano Espinoza, sus detenciones ilegales se encuentras acreditadas en
principio por sus propias denuncias efectuadas en forma individual ante la
Comisión Extraordinaria de Derechos Humanos de la Legislatura Provincial, las
cuales se encuentran agregadas a sus respectivos legajos de prueba (ver fs.25/27
del legajo N°264/09, fs.66/67 del legajo N°263/09, fs.4/6 del legajo N°262/09,
fs.4/6 del legajo N°267/09, fs.4/5 del legajo N°272/09, fs.25/27 del legajo
N°271/09, fs.26/27 del legajo N°270/09, fs.23/25 del legajo N°268/09, fs.35/37
del legajo N°103/06, fs.4/5 del legajo N°266/09 y fs.23/26 del legajo N°222/07),
salvo el caso de Carlos Antonio Jiménez, quien denunció sus padecimientos -
también individualmente - ante la Comisión Nacional Sobre la Desaparición de
Personas, mencionando en su denuncia haber visto en dependencias policiales a
Alberto Aramayo (fs.4/5 del legajo N°269/09). Además, con relación a Luis
Ramón Romitti debe destacarse el Recurso de Hábeas Corpus presentado por su
esposa, Severina Torres de Romitti, ante el Juzgado Federal de la Provincia de
Jujuy con fecha 27/07/76.

31
Todos ellos, al denunciar los hechos delictivos de los que fueron
víctimas, fueron contestes al afirmar haber sido detenidos en las localidades de
Mina El Aguilar, Tres Cruces o Humahuaca por personal de la Policía de la
Provincia de Jujuy y de Gendarmería Nacional, haber sido trasladados en un
primer momento algunos a dependencias policiales de la localidad de El Molino
y otros a las delegaciones de Gendarmería o de la Policía de la Provincia de la
ciudad de La Quiaca, y posteriormente todos ellos a la ciudad de San Salvador de
Jujuy, donde luego de pasar por el RIM 20, la Central de Policía de la Provincia
o Policía Federal y ser interrogados, fueron alojados en el Penal de Villa Gorriti
del Servicio Penitenciario Provincial. Desde allí, según sus dichos, fueron
trasladados algunos de ellos hacia la Unidad N°9 de la ciudad de La Plata, desde
donde fueron liberados en los primeros meses del año 1.977.
Ello, sin perjuicio de la documentación obrante en el Anexo de
Prueba correspondiente al expediente N°60/86, la cual, como ya se dijo, y no
obstante la posible inexactitud en cuanto a las circunstancias de tiempo y lugar
allí consignadas, resulta decisiva a los fines de acreditar la existencia histórica de
los hechos relacionados a Rubén Andrés Cari, Anastasio Colmenares, Cirilo
Carlos Paredes, Santiago Quispe, Mariano Rodríguez y Martiniano Espinoza, en
virtud de tratarse, en el caso de las actas, de documentos emanados de la máxima
autoridad militar local y Jefe del Area 323 – organización constituida con el
objeto de implementar en esta provincia el plan sistemático de represión ilegal
ideado por las Fuerzas Armadas -, labrados justamente con la finalidad de dejar
constancia formal de los hechos a los que hacen referencia, y en el caso de las
notas de fs.87 y 105, de comunicaciones oficiales dirigidas por dicha autoridad al
Juez Federal de Jujuy con el objeto de poner en su conocimiento la detención de
los sujetos a los que hace alusión y su alojamiento en el Servicio Penitenciario
Provincial, y, por otra parte, de tratarse de instrumentos emitidos y firmados por
el propio responsable de tales hechos delictivos.
A su vez, el alojamiento de los nombrados en el Penal de Villa
Gorriti luego de sus respectivas detenciones ilegales, se encuentra también
suficientemente probada, por un lado, a través de diversa documentación
incorporada a sus respectivos legajos de prueba, y por el otro, mediante las
anotaciones registradas en los ya aludidos Libros de Novedades del penal.

32
Poder Judicial de la Nación

Así, cuadra referir en primer lugar que la presencia de Venancio


Cárdenas en dicha institución deriva de los informes agregados en fotocopia a
fs.28 y 29 del legajo N°264/09, referidos a la existencia general de internos
penados, procesados, a disposición del P.E.N. y a disposición de la Justicia
Militar al 25 de marzo y 19 de abril de 1.976, la de Angel Ricardo Rozo surge de
similar informe correspondiente al 19 de abril de 1.976 obrante en fotocopia a
fs.29 del legajo de prueba N°270/09 y la de Luis Ramón Romitti se desprende de
iguales informes a los anteriores pero de fechas 20 de abril y 19 de agosto de
1.976 cuyas fotocopias se encuentran agregadas a fs.29 y 30 del legajo
N°103/06.
En cuanto a los referidos Libros de Novedades, resultan
concluyentes las constancias de fs.107 y 113 del Libro de Novedades de Guardia
Externa, período 5/04/76 a 29/04/76, donde se registró el 19/04/76 la liberación
USO OFICIAL

de Angel Ricardo Rozo y Venancio Cárdenas, y el 20/04/76 el ingreso de Luis


Ramón Romitti; las de fs.128/129, 135 y fs.152, del Libro de Novedades de
Guardia Externa, período 1/03/76 a 5/04/76, donde quedaron asentados con
fecha 24/03/76 los ingresos de Rubén Andrés Cari, Angel Ricardo Rozo y
Mariano Rodríguez, con fecha 25/03/76 los de Venancio Cárdenas, Cirilo Carlos
Paredes y Santiago Quispe, y con fecha 29/03/76 el de Anastasio Colmenares;
las de fs.162 del Libro de Novedades de Seguridad Externa, período 3/08/76 a
13/09/76, en las que figuran el 19/08/76 las liberaciones de Luis Ramón Romitti
(asentado como Juan R. Romitti) y Alejandro Subelza; como así también, las de
fs.299 del Libro de Novedades de la Guardia Interna, Celaduría de Penados y
Procesados, período 23/08/76 a 23/10/76, donde se dejó constancia el 7/10/76 de
haberse trasladado de esa unidad penitenciaria por orden del P.E.N. y del Area
323, entre otros detenidos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, a Rubén
Andrés Cari, Mariano Rodríguez y Martiniano Espinoza.
Finalmente y concluyendo el análisis de las pruebas relativas a la
privación ilegal de la libertad de las víctimas aludidas, no puede dejar de
ponderarse además de la documentación incorporada a los legajos personales de
Mariano Rodríguez (ver fs.28 del legajo N°271/09) y Rubén Andrés Cari (fs.68
del legajo N°263/09), consistente en certificados de libertad expedidos por la
Unidad N°9 del Servicio Penitenciario de la Provincia de Buenos Aires con

33
fecha 12 de enero de 1.977, la inclusión en la “Nómina de Detenidos Especiales
alojados en la Unidad Carcelaria N°9 del Servicio Penitenciario de la Provincia
de Buenos Aires, a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, al 31 de diciembre
de 1.976” obrante en fotocopia certificada a fs.169/201 de estas actuaciones, de
los nombres de Rubén Andrés Cari, Martiniano Espinoza y Mariano Rodríguez
(ver fs.171, 172 y 178, de las presentes actuaciones), quienes según ya quedó
suficientemente demostrado en otras causas de la Secretaría de Derechos
Humanos de este Tribunal donde se investigan hechos de similar naturaleza,
habrían integrado junto a otros sujetos el contingente de presos políticos que
fueran trasladados al referido penal el día 7 de octubre de 1.976.
En lo que se refiere a la existencia histórica de los injustos de que
fueran víctimas, Faustino Farfán, Bernardo Vazquez, Fausto Calapeña, Reinaldo
Aguilar, Manuel Bautista González, Demetrio Erdulfo Mendoza, Roberto
Quiroga, Roberto Troncoso y Juan Carlos Ovalle, si bien no obra en autos
denuncia alguna ante autoridades competentes efectuada por las propias
víctimas, ya sea en forma individual o grupal, o por sus familiares, tal
circunstancia no constituye un obstáculo para la acreditación en autos de la
materialidad ilícita con relación a tales sucesos delictivos, ello en virtud de los
diversos elementos de convicción recabados a lo largo de la presente instrucción,
que serán objeto de análisis a continuación.
Así, debe mencionarse en primer lugar las ya referidas constancias
del Anexo de Prueba correspondiente al Expte. N° 60/86 caratulado
“Subsecretaría de Derechos Humanos s/denuncia”, donde a fs.60, 59, 91, 96, 97,
99 y 103 se encuentran agregadas las actuaciones labradas con motivo de las
detenciones de Faustino Farfán, Fausto Calapeña, Reinaldo Aguilar, Manuel
Bautista González, Demetrio Erdulfo Mendoza, Roberto Quiroga y Roberto
Troncoso, que fueran efectuadas durante el desarrollo de operaciones militares y
de seguridad en cumplimiento de lo prescripto por el decreto N°2770/75, y a
fs.87 y 105 de dichas actuaciones, obran sendas notas enviadas por el Coronel
Carlos Néstor Bulacios, quien fuera en ese momento Jefe del Area 323, al Juez
Federal de esta provincia informándole el alojamiento de los detenidos en el
Servicio Penitenciario Provincial.
Por otra parte, cabe hacer mención una vez más, a los fines de

34
Poder Judicial de la Nación

acreditar la presencia de las víctimas en el Penal de Villa Gorriti, a los Libros de


Novedades del Penal, debiendo apuntarse que a fs.299 del Libro de Novedades
de Guardia Interna, Celaduría de Penados y Procesados, período 23/08/76 a
23/10/76, se encuentra asentado con fecha 7/10/76 el traslado junto a otros
internos de Roberto Troncoso a la Unidad Penal N°9 de La Plata; a fs.135 del
Libro de Novedades de Guardia Externa, período 1/03/76 a 5/04/76, se registró
el 25 de marzo de 1.976 el ingreso procedente del RIM 20 a disposición del
Gobierno Militar de Demetrio Erdulfo Mendoza, entre otros detenidos; a fs.149
del Libro de Novedades de Guardia Externa, período 1/03/76 a 5/04/76, se dejó
constancia de que el día 28/03/76 ingresaron, también procedentes del RIM 20 y
a disposición del Gobierno Militar, Roberto Troncoso, Juan Carlos Ovalle,
Reinaldo Aguilar, Roberto Quiroga y Manuel Bautista González; a fs.152 del
Libro de Novedades de Guardia Externa, período 1/03/76 a 5/04/76, se apuntó el
USO OFICIAL

29/03/76 el ingreso procedentes de Gendarmería de La Quiaca y a disposición de


la Intervención Militar de Fausto Calapeña y Faustino Farfán; y por último, a
fs.107 del Libro de Novedades de Guardia Externa, período 5/04/76 a 29/04/76,
se dejó asentado el día 19/04/76 el otorgamiento de la libertad a Juan Carlos
Ovalle.
Finalmente, y para concluir con el análisis de las pruebas vinculadas
a la privación ilegítima de la libertad que padecieran Faustino Farfán, Bernardo
Vazquez, Fausto Calapeña, Reinaldo Aguilar, Manuel Bautista González,
Demetrio Erdulfo Mendoza, Roberto Quiroga, Roberto Troncoso y Juan Carlos
Ovalle, cabe hacer alusión nuevamente a la “Nómina de Detenidos Especiales
alojados en la Unidad Carcelaria N°9 del Servicio Penitenciario de la Provincia
de Buenos Aires, a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, al 31 de diciembre
de 1.976” obrante en fotocopia certificada a fs.169/201 de estas actuaciones, en
la cual figura el nombre de Roberto Troncoso como uno de los detenidos
políticos que fuera alojado en ese establecimiento penal a la época indicada (ver
fs.180 de las presentes actuaciones).
En definitiva, de acuerdo a lo expuesto y tal como fuera ya
adelantado al inicio del presente acápite, los diversos elementos de prueba
analizados precedentemente y valorados a la luz de la sana crítica, permiten
concluir, al menos con el grado de probabilidad exigido para esta etapa procesal,

35
que Avelino Bazán, Juan Bejarano, Venancio Cárdenas, Rubén Andrés Cari,
Anastasio Colmenares, Bruno René Díaz, Efrén Guzmán, Cirilo Carlos Paredes,
Santiago Quispe, Alberto Hugo Rodríguez, Mariano Rodríguez, Angel Ricardo
Rozo, Mario Fernando Sosa, Alejandro Subelza, Roberto Valeriano, Eleuterio
Zapana, Luis Ramón Romitti, Alberto Aramayo, Carlos Antonio Jiménez,
Venancio Cardozo, Faustino Farfán, Bernardo Vazquez, Fausto Calapeña,
Reinaldo Aguilar, Martiniano Espinoza, Manuel Bautista González, Demetrio
Erdulfo Mendoza, Roberto Quiroga, Roberto Troncoso y Juan Carlos Ovalle,
fueron privados ilegítimamente de su libertad por miembros de las fuerzas
armadas y de seguridad en las circunstancias de tiempo y lugar descriptas en
oportunidad de receptársele declaración indagatoria al inculpado y, luego de ser
llevados por distintas dependencias del Ejército, policiales o de otras fuerzas,
fueron alojados finalmente en la Unidad Penal N°1 de Villa Gorriti donde
permanecieron detenidos ilegalmente, en algunos casos, hasta los meses de abril,
agosto y septiembre de 1.976, en que fueron liberados, y en otros, hasta el 7 de
octubre de 1.976 en que fueron retirados de ese establecimiento carcelario para
ser trasladados vía aérea a la Unidad Penal N°9 de La Plata, lugar desde el cual
en el transcurso del año 1.977 fueron recuperando en distintas fechas la libertad.-

III) Estructura de la organización represiva en esta jurisdicción.


Responsabilidad atribuida al imputado.
Lo expuesto hasta aquí, y la descripción del contexto histórico
vivido en el país entre los años 1976 y 1983, permiten constatar que los hechos
investigados en autos se desarrollaron dentro de ese plan sistemático de represión
ilegal implementado por las fuerzas armadas, al que se hiciera referencia
anteriormente.
Se puede tener por demostrada así la cuidadosa planificación del
golpe militar ejecutado el 24 de marzo de 1976 y la existencia a partir de esa
fecha y hasta 1983, de una organización represiva que utilizó el aparato estatal a
efectos de ejecutar un plan criminal cuyo principal objetivo fue la aniquilación
de ciudadanos calificados como opositores, agitadores o subversivos mediante
un procedimiento que asegurara la identificación del individuo opositor, su
captura clandestina, la incertidumbre sobre su destino y la impunidad de sus

36
Poder Judicial de la Nación

captores y responsables. (Ver en este sentido Cam. Nac. de Apelaciones en lo


Criminal y Correccional de Capital Federal, Causa 13/84, 09/12/1985; Cám.
Criminal y Correccional de la Capital Federal, Causa 44/86, 02/12/86).
En la ejecución de tales objetivos, las Fuerzas Armadas dispusieron
el alojamiento de los detenidos en unidades penitenciarias, policiales y centros
clandestinos de detención a disposición de autoridades materiales; anulación de
sus derechos y garantías constitucionales; violación de todos principios
humanitarios -vigentes incluso para casos de guerra- en tanto se sometía a los
detenidos a toda suerte de vejámenes, torturas y otras violaciones a sus derechos;
centralización de la conducción de todo el proceso represivo a cargo de la Junta
Militar; instalación en la población civil de una política basada en el terror con
fines intimidatorios, a fin de conseguir la neutralización de eventuales
opositores, desarticulando así los resortes democráticos de convivencia.
USO OFICIAL

Dentro del territorio de esta provincia, los principales centros


clandestinos de detención fueron el conocido como “Guerrero”, la Unidad
Penitenciaria de Villa Gorriti y la Jefatura de Policía de la Provincia (Ver en este
sentido, Informe final de la CONADEP “Nunca mas” Ed. Eudeba p. 217).
En relación al segundo y al tercero de dichos centros clandestinos,
cabe señalar que constituye un hecho incontrastable que, en la época de los
hechos que aquí se investigan, tanto el Servicio Penitenciario como la Policía de
la Provincia se encontraban bajo el control operacional del Ejército Argentino.
No solamente por la circunstancia, ya referida, de que sus máximas autoridades,
el Teniente Primero Antonio Orlando Vargas y el Mayor Luis Donato Arenas,
respectivamente, eran oficiales de esta fuerza sino también porque “la propia
directiva N° 1/75 del Consejo de Defensa establecía como misión particular del
Ejército el control operacional sobre los elementos de policías provinciales (art.
7), a la vez que consideraba entre las zonas prioritarias a las provincias de Salta y
Jujuy en orden a evitar la conformación de nuevos frentes rurales (art. 6 inc. 5)”
(Cfr. Cámara Federal de Apelaciones de Salta in re “Investigación sobre la
desaparición del Dr. Miguel Ragone, del homicidio del Sr. Santiago Catalino
Arredes y las lesiones sufridas de la Sra. Margarita Martínez de Leal s/
homicidio”, 03/05/06).
Por ello se ha dicho que “en esa época, las jefaturas de las policías

37
provinciales se constituyeron en un destino militar, existiendo una directa
influencia en la conducción de dichas instituciones, al punto tal que los mandos
militares eran responsables en la elección de la plana mayor y grados inferiores,
existiendo una clara subordinación formal y funcional” (Cfr. Juzgado Federal N°
2 de Salta, “Investigación sobre la desaparición del Dr. Miguel Ragone, del
homicidio del Sr. Santiago Catalino Arredes y las lesiones sufridas de la Sra.
Margarita Martínez de Leal s/ homicidio”)
Ahora bien, tal como ya se señaló, a los fines de implementar el plan
descripto, el Ejército dividió al país en zonas, subzonas y áreas. La zona 3
conformaba el llamado III Cuerpo de Ejército que abarcaba todo el noroeste del
país, cuya máxima autoridad era el General Luciano Benjamín Menéndez -
procesado en estos autos- y comprendía, por ende, el área 323 correspondiente a
la provincia de Jujuy que, al momento de los hechos que aquí se investigan, se
encontraba bajo el mando del Coronel Carlos Néstor Bulacios (Ver en este
sentido, Maisel Delia, “Memorias del Apagón – La represión en Jujuy: 1974-
1983”, Ediciones MEDH 2006 p. 123).
Dentro de esa estructura, y conforme surge debidamente
documentado de su legajo personal del Ejército Argentino, el inculpado Vargas
desde el 17 de diciembre de 1.975 se encontraba destinado en la provincia de
Jujuy en el Regimiento de Infantería de Montaña 20 “Cazadores de los Andes”
con el grado de Teniente Primero, siendo comisionado a su vez por las máximas
autoridades de la fuerza a partir del 24 de marzo de 1.976 a desempeñarse dentro
del Gobierno Provincial como Interventor del Servicio Penitenciario, cumpliendo
funciones en ese organismo hasta el 22 de diciembre de 1.976 (ver fs. 6 de la
Foja de Servicios y fs.1 del Informe de Calificación correspondiente al año
1.975/76 del legajo).
Tales circunstancias, se corroboran también a través de la lectura de
los listados de oficiales del RI 20 correspondientes a los años 1.976, 1.977, 1.978
y 1.979 obrantes a fs.387/390 del Expte. N°498/03 “Fiscal Federal N°1
s/Declaración de inconstitucionalidad e invalidez de las leyes 23.492 y 23.521”
donde figura el imputado, y del informe elaborado por el Servicio Penitenciario
de la Provincia de Jujuy agregado a fs.156/157, donde se menciona que entre los
meses de mayo y junio de 1.976 la más alta autoridad de la institución era el

38
Poder Judicial de la Nación

Teniente Primero Antonio Orlando Vargas, a cargo de la Dirección General y en


carácter de interventor.

A mayor abundamiento, no deben soslayarse en el presente análisis


tendiente a acreditar la actuación del imputado como interventor del mencionado
organismo a la época aludida, tanto las resoluciones N°483-DG/76 del 28 de
septiembre de 1.976 y N°110-DG/76 del 3 de mayo de 1.976, incorporadas a la
causa a fs.162/171 y fs.172, respectivamente, como también el informe relativo a
la existencia general de internos en el penal de fecha 11 de junio de 1.976, actos
administrativos que fueran emitidos por Vargas en ejercicio de la función a la
que se hizo referencia.
Por otro lado, cabe apuntar que las circunstancias reseñadas fueron
además ratificadas por diversos testigos cuyas declaraciones si bien fueron
USO OFICIAL

prestadas en el marco de otras causas, oportunamente fueron incorporadas a las


presentes actuaciones.
Así, en primer lugar Julio César Bravo, refirió que estuvo detenido
en el Penal de Villa Gorriti desde el 24 de marzo de 1.976 y que el 7 de octubre
de ese mismo año fue trasladado a la ciudad de La Plata junto con otros internos,
mencionando entre el personal militar que prestaba servicios dentro del penal al
Teniente Primero Vargas, quien, según aclaró, era el interventor del organismo
(fs.71/72 vta. de autos y fs.100/106 del Anexo de Prueba correspondiente al
Juicio de Habeas Data tramitado ante el Juzgado Federal N°1 de Jujuy).
Por su parte, los testigos Rubén Eduardo Altamirano (fs.78/79 vta.),
Oscar Bracamonte (fs.80/81 vta.), Angelina Gordillo de González (fs.86/88) y
Tomasa Lizondo (fs.95/97), quienes manifestaron haber prestado servicios
dentro del Servicio Penitenciario Provincial durante la época en que las víctimas
de autos permanecieron detenidas en el Penal de Villa Gorriti, los dos primeros
como médicos y las dos últimas como celadoras dentro del Pabellón N°4, fueron
contestes al señalar como Director Interventor del Servicio Penitenciario y, por
lo tanto, como la más alta autoridad y máximo responsable de dicho organismo
luego del golpe militar del 24 de marzo de 1.976, al Teniente Primero Antonio
Orlando Vargas.

En el mismo sentido, reviste importancia lo manifestado por el

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imputado Carlos Alberto Ortiz en su declaración indagatoria prestada en la
presente causa a fs.222/227, quien en diversos pasajes de su exposición hizo
referencia a Vargas como Director del Penal de Villa Gorriti, de quien recibía
órdenes directas, destacando entre otras cosas que sólo la Jefatura del Area 323 a
través del Director Interventor de ese establecimiento podía ordenar el ingreso o
entrega de los internos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional o de la
Justicia Militar.
También resultan contundentes los testimonios brindados por
Domingo Chorolque, René Eduviges Ibañez, Oscar Marcelo Aibar y Rubén
Anibal Canessa, todos ex miembros del Servicio Penitenciario de la Provincia de
Jujuy, quienes prestaron servicios en la Unidad Penal de Villa Gorriti a la época
de los hechos investigados y coincidieron en nombrar al Teniente Primero
Vargas como director y máximo responsable del establecimiento penal (ver
fs.43/55, fs.351/361 y fs.361 vta./384 vta. del referido Anexo de Prueba
correspondiente al Juicio de Habeas Data, y fs.882 y vta. del legajo de prueba
N°394/05).
A su vez, a los efectos de tener por demostrado que el causante no
sólo actuó como interventor del mencionado organismo a la época aludida, sino
concretamente que era el responsable del manejo de los detenidos políticos
alojados en el establecimiento a su cargo, y entre ellos, de Avelino Bazán, Juan
Bejarano, Venancio Cárdenas, Rubén Andrés Cari, Anastasio Colmenares,
Bruno René Díaz, Efrén Guzmán, Cirilo Carlos Paredes, Santiago Quispe,
Alberto Hugo Rodríguez, Mariano Rodríguez, Angel Ricardo Rozo, Mario
Fernando Sosa, Alejandro Subelza, Roberto Valeriano, Eleuterio Zapana, Luis
Ramón Romitti, Alberto Aramayo, Carlos Antonio Jiménez, Venancio Cardozo,
Faustino Farfán, Bernardo Vazquez, Fausto Calapeña, Reinaldo Aguilar,
Martiniano Espinoza, Manuel Bautista González, Demetrio Erdulfo Mendoza,
Roberto Quiroga, Roberto Troncoso y Juan Carlos Ovalle, víctimas de los
sucesos aquí investigados, cabe hacer alusión una vez más a la nota remitida por
éste en su carácter de Interventor del Servicio Penitenciario de Jujuy, al Juez
Federal Subrogante de la Provincia de Jujuy Hugo Mezzena, el 31 de mayo de
1.976, mediante la cual, en respuesta a la notificación que le fuera cursada de la
resolución dictada por ese Tribunal declarando la falta de mérito con relación a

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Poder Judicial de la Nación

algunos de los nombrados y ordenando su libertad, informaba a dicho


Magistrado que si bien se había tomado nota de ello, los mencionados presos
“continuarían alojados en ese establecimiento penitenciario a ulterior resolución
de la Jefatura del Area 323, por cuya orden se encontraban detenidos” (ver fs.120
del Anexo de Prueba correspondiente al expediente N°60/86).
Reiterando lo dicho en el considerando anterior, tal comunicación
pone en evidencia la irregularidad de la situación en que se encontraban las
víctimas, quienes fueron privadas de su libertad entre los meses de marzo y abril
del año 1.976 y recién liberadas en el transcurso del año 1.977, en forma
manifiestamente arbitraria y sin fundamento legal alguno, puesto que existía
desde el 27 de mayo de 1.976 una orden de juez competente que, luego de
evaluar su situación personal, había ordenado la falta de mérito a su favor y,
consecuentemente, su libertad, la cual fue debidamente notificada al imputado y,
USO OFICIAL

no obstante ello, incumplida sin sustento legítimo alguno (conforme fs.114/116


vta. y fs.117 y vta. de dichas actuaciones).

Ergo, no resulta atendible el argumento esgrimido en su defensa por


el imputado Vargas al prestar declaración indagatoria, en cuanto a que le estaba
vedado el manejo o la injerencia en las cuestiones vinculadas a los presos
políticos por órdenes expresas del Jefe del Area 323, Coronel Bulacios,
agregando que tal responsabilidad pesaba sobre Gendarmería, puesto que la nota
aludida descalifica en forma contundente tal afirmación.

Así las cosas, en base a las pruebas documental y testimonial


reunidas durante el curso de la instrucción reseñadas precedentemente, resulta
acreditado entonces, con el grado de probabilidad exigido en esta etapa
preliminar del proceso, no sólo que el inculpado Vargas se desempeñó como
Director Interventor de la Unidad Penal de Villa Gorriti, y como tal, fue el
máximo responsable dentro de la estructura orgánica de dicha institución al
momento de los hechos investigados en autos, sino que, además, tuvo una
efectiva intervención en el citado plan de represión ilegal ideado y llevado a cabo
por las Fuerzas Armadas en esta provincia, en el cual participó entre otras
conductas permitiendo los acontecimientos relacionados con la detención ilegal
de Avelino Bazán, Juan Bejarano, Venancio Cárdenas, Rubén Andrés Cari,

41
Anastasio Colmenares, Bruno René Díaz, Efrén Guzmán, Cirilo Carlos Paredes,
Santiago Quispe, Alberto Hugo Rodríguez, Mariano Rodríguez, Angel Ricardo
Rozo, Mario Fernando Sosa, Alejandro Subelza, Roberto Valeriano, Eleuterio
Zapana, Luis Ramón Romitti, Alberto Aramayo, Carlos Antonio Jiménez,
Venancio Cardozo, Faustino Farfán, Bernardo Vazquez, Fausto Calapeña,
Reinaldo Aguilar, Martiniano Espinoza, Manuel Bautista González, Demetrio
Erdulfo Mendoza, Roberto Quiroga, Roberto Troncoso y Juan Carlos Ovalle.
Es decir que, de acuerdo a lo expuesto el imputado Vargas en virtud
de su designación interina al frente del Servicio Penitenciario de la Provincia a la
fecha de los hechos que aquí se investigan, tuvo a su cargo la custodia y el
manejo de los detenidos políticos que se encontraban alojados en la Unidad N°1
de dicho organismo entre los que se encontraban, claro está, las víctimas
nombradas, y en su carácter de máxima autoridad dentro de dicho
establecimiento carcelario, tuvo una efectiva participación en la aplicación del
régimen ilegal de detención al que eran sometidos esa clase de internos, entre
otras cosas coordinando su traslado hacia otros centros de detención o, en ciertas
oportunidades, hacia el aeropuerto “El Cadillal” desde donde eran enviados a
otras unidades penitenciarias del país.
Ahora, en lo que se refiere al grado de participación que debe
atribuirse al causante en los hechos que aquí se le imputan, debe hacerse una
distinción al analizar su responsabilidad en los treinta casos.
En ese sentido, cabe destacar que si bien no se ignora la opinión
sentada al respecto en la causa N°105/06, caratulada “ALVAREZ DE SCURTA,
Dominga s/su desaparición” - donde también se encuentra imputado Vargas -,
por la Cámara Federal de Apelaciones de Salta en su resolución de fecha 14 de
junio de 2.010, al confirmar el auto de procesamiento dictado por éste Juzgado
en su contra y modificar el grado de responsabilidad que le fuera asignado –
coautoría - por el de participación secundaria, en el presente caso dicho criterio,
a juicio del proveyente y por las razones que se expondrán a continuación, sólo
resulta aplicable con relación a los hechos perpetrados en contra de Juan
Bejarano, Venancio Cárdenas, Angel Ricardo Rozo, Mario Fernando Sosa,
Alejandro Subelza, Eleuterio Zapana, Luis Ramón Romitti, Alberto Aramayo,
Carlos Antonio Jiménez, Venancio Cardozo, Bernardo Vazquez y Juan Carlos

42
Poder Judicial de la Nación

Ovalle, y no en cuanto a los ilícitos de que fueran víctimas Avelino Bazán,


Rubén Andrés Cari, Anastasio Colmenares, Bruno René Díaz, Efrén Guzmán,
Cirilo Carlos Paredes, Santiago Quispe, Alberto Hugo Rodríguez, Mariano
Rodríguez, Roberto Valeriano, Faustino Farfán, Fausto Calapeña, Reinaldo
Aguilar, Martiniano Espinoza, Manuel Bautista González, Demetrio Erdulfo
Mendoza, Roberto Quiroga y Roberto Troncoso.
En efecto, más allá de que los hechos padecidos por las treinta
víctimas de autos, y los que se le imputaran a Vargas en aquélla causa N°105/06,
se tratara de delitos de similar naturaleza y cometidos en las mismas condiciones,
mientras el imputado se desempeñó como Director Interventor del Servicio
Penitenciario de la Provincia de Jujuy durante el año 1.976 en el marco de la
última dictadura militar que gobernó al país, existen circunstancias particulares
en el caso de las privaciones ilegítimas de la libertad de las dieciocho (18)
USO OFICIAL

víctimas mencionadas en segundo término que impiden asimilar su participación


en tales hechos a la que tuvo, tanto con relación a los investigados en aquella
otra causa (N°105/06), como con respecto a las otras doce (12) víctimas
mencionadas en primer lugar.
Así, entre los argumentos expuestos en aquélla decisión se ajusta al
caso especial de las dieciocho (18) víctimas en cuestión, el razonamiento allí
efectuado al sostenerse que “el elemento central para valorar la responsabilidad
de Vargas lo constituye la circunstancia de que al momento de ocurrir la
privación, traslados y desaparición de la víctima de autos, el causante formaba
parte de la estructura de poder que ejercía la conducción y dirección del Penal de
Villa Gorriti (en su carácter de interventor militar)”, y que por ello, “resulta
entonces descalificable su declaración defensiva, en cuanto a que ignoraba los
hechos y circunstancias sucedidos con los detenidos a disposición de la Justicia
Militar, en tanto como responsable del establecimiento de detención nunca podía
ignorar la existencia de los detenidos, el trato al que eran sometidos y las
acciones ilegales que se desplegaban sobre los mismos. Máxime cuando no
estaban a disposición de la justicia ni se reportaba a la misma sobre las
novedades de su estancia en el Penal.” Como también, la apreciación efectuada
por la Alzada en cuanto a que “quien conduce un establecimiento de detención
vela por el respeto de los derechos de los privados de libertad y el plexo punitivo

43
penal es sumamente estricto al respecto. Ni se pueden recibir detenidos sin orden
judicial, ni se los puede trasladar ni liberar sin igual condición. Mal puede
sostener Vargas que en ese establecimiento a su cargo se sucedían estos hechos
sin su conocimiento ni aquiescencia. Su responsabilidad por omisión impropia,
surge al menos palmaria de las constancias de la causa y si bien no pudo
interferir en el curso causal de los acontecimientos ilícitos tampoco dio cuenta de
ello a las autoridades del caso. No puede sostener así, que fuera ajeno a los
pormenores de la detención, traslados hacia la Central de Policía y el traslado en
“comisión” de la interna el día 10 de junio de 1.976, en su cargo de Interventor
del Servicio Penitenciario de Jujuy.”
Por otra parte, en el caso de esas dieciocho (18) personas al igual
que en el supuesto allí analizado, los elementos mencionados resultan suficientes
para aseverar, con el grado de probabilidad afirmativa que requiere esta etapa del
proceso, que si bien no se halla acreditado que el imputado formó parte de la
cadena de mando que necesariamente tuvo que ser seguida en el proceso de
decisión del episodio criminal, como mínimo contribuyó a facilitar la ocurrencia
de los hechos - sus privaciones ilegítimas de la libertad -.
Pero a diferencia de lo allí establecido, en los casos de Avelino
Bazán, Rubén Andrés Cari, Anastasio Colmenares, Bruno René Díaz, Efrén
Guzmán, Cirilo Carlos Paredes, Santiago Quispe, Alberto Hugo Rodríguez,
Mariano Rodríguez, Roberto Valeriano, Faustino Farfán, Fausto Calapeña,
Reinaldo Aguilar, Martiniano Espinoza, Manuel Bautista González, Demetrio
Erdulfo Mendoza, Roberto Quiroga y Roberto Troncoso, que aquí se examinan y
cuyo trato diferencial se propugna, su cooperación no consistió sólo en haber
omitido comunicar o denunciar a las autoridades correspondientes la existencia
de tales sucesos, sino que tuvo además una participación activa y decisiva en la
privación ilegítima de la libertad de las víctimas que excede en gravedad a la
figura de la complicidad no necesaria o participación secundaria del art. 46 del
Código Penal.
En efecto, del análisis de la nota remitida por Vargas al Juez Federal
Subrogante de la Provincia de Jujuy, Hugo Mezzena, el 31 de mayo de 1.976, en
su carácter de Interventor del Servicio Penitenciario de Jujuy, a la cual ya se hizo
referencia líneas arriba, en respuesta a la notificación que le fuera cursada de la

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Poder Judicial de la Nación

resolución dictada por ese Tribunal declarando la falta de mérito con relación a
los nombrados y ordenando su libertad, mediante la cual informaba a dicho
Magistrado que si bien se había tomado nota de lo dispuesto, los mencionados
presos “continuarían alojados en ese establecimiento penitenciario a ulterior
resolución de la Jefatura del Area 323, por cuya orden se encontraban detenidos”
(ver fs.120 del Anexo de Prueba correspondiente al expediente N°60/86), se
advierte que la conducta desplegada por Vargas en el caso de las víctimas
nombradas no se limitó a omitir denunciar los hechos irregulares cometidos en
su perjuicio, de los cuales como se dijo tenía perfecto conocimiento, sino que fue
más allá, y ante una orden expresa emitida por Juez Federal competente - luego
de evaluar sus situaciones procesales y declarar la falta de mérito a su favor – en
cuanto a que debía proceder a liberarlos, adoptó un comportamiento positivo
desobedeciendo injustificadamente el mandato judicial, decisión que fue asumida
USO OFICIAL

en uso de su absoluta libertad y discreción como máxima autoridad del


establecimiento penal, y que tornó su participación en los sucesos delictivos en
una cooperación sin la cual no habrían podido cometerse.
En definitiva, de acuerdo a lo expuesto precedentemente, debe
concluirse que tanto la prueba de cargo directa reunida hasta este momento en la
presente instrucción como los diversos indicios a los que se hiciera referencia,
analizados en su conjunto y objetivamente, permiten tener por acreditado, al
menos con el grado de probabilidad exigido por la ley de rito para esta etapa
procesal, la participación culpable del imputado Antonio Orlando Vargas como
partícipe necesario o cómplice primario (art. 45 del Código Penal) en la
privación ilegítima de la libertad a la que fueran sometidos Avelino Bazán,
Rubén Andrés Cari, Anastasio Colmenares, Bruno René Díaz, Efrén Guzmán,
Cirilo Carlos Paredes, Santiago Quispe, Alberto Hugo Rodríguez, Mariano
Rodríguez, Roberto Valeriano, Faustino Farfán, Fausto Calapeña, Reinaldo
Aguilar, Martiniano Espinoza, Manuel Bautista González, Demetrio Erdulfo
Mendoza, Roberto Quiroga y Roberto Troncoso, y como partícipe no necesario o
cómplice secundario (art. 46 del Código Penal), en cambio, en la privación
ilegítima de la libertad perpetrada en perjuicio de Juan Bejarano, Venancio
Cárdenas, Angel Ricardo Rozo, Mario Fernando Sosa, Alejandro Subelza,
Eleuterio Zapana, Luis Ramón Romitti, Alberto Aramayo, Carlos Antonio

45
Jiménez, Venancio Cardozo, Bernardo Vazquez y Juan Carlos Ovalle, hechos
todos ellos que se le imputan en las presentes actuaciones y por los cuales fuera
debidamente indagado en su oportunidad.
Recuérdese que, tal como se adelantara líneas arriba, La Corte
Interamericana de Derechos Humanos -cuya jurisprudencia, según criterio de
nuestra Corte Suprema de Justicia, constituye una imprescindible pauta de
interpretación (Fallos 326:2805)- tiene dicho que “…la prueba indiciaria o
presuntiva resulta de especial importancia cuando se trata de denuncias sobre la
desaparición, ya que esta forma de represión se caracteriza por procurar la
supresión de todo elemento que permita comprobar el secuestro, el paradero y la
suerte de las víctimas" (Cfr. caso Velásquez Rodríguez, sentencia del 29/07/88).-

IV) Calificación legal.


De acuerdo a lo señalado, la conducta delictiva atribuida al
inculpado Antonio Orlando Vargas debe enmarcarse, al menos provisoriamente
y en esta etapa del proceso, en las figuras de privación ilegítima de la libertad
calificada - dieciocho (18) hechos -, en calidad de partícipe necesario, y
privación ilegítima de la libertad calificada – doce (12) hechos -, en calidad de
partícipe secundario, en concurso real, conforme lo establecido por los artículos
144 bis inc.1°, agravado en función del art.142, in c.1°, 55, 45 y 46 del Código
Penal.
Ello así toda vez que, tal como se analizara detalladamente ut supra,
la privación de la libertad de Avelino Bazán, Juan Bejarano, Venancio Cárdenas,
Rubén Andrés Cari, Anastasio Colmenares, Bruno René Díaz, Efrén Guzmán,
Cirilo Carlos Paredes, Santiago Quispe, Alberto Hugo Rodríguez, Mariano
Rodríguez, Angel Ricardo Rozo, Mario Fernando Sosa, Alejandro Subelza,
Roberto Valeriano, Eleuterio Zapana, Luis Ramón Romitti, Alberto Aramayo,
Carlos Antonio Jiménez, Venancio Cardozo, Faustino Farfán, Bernardo
Vazquez, Fausto Calapeña, Reinaldo Aguilar, Martiniano Espinoza, Manuel
Bautista González, Demetrio Erdulfo Mendoza, Roberto Quiroga, Roberto
Troncoso y Juan Carlos Ovalle, se llevó a cabo por parte de funcionarios
públicos que procedieron en forma ilegal y contrariando abiertamente el
ordenamiento jurídico que no autorizaba a practicar dicha medida en esas

46
Poder Judicial de la Nación

circunstancias.
En referencia a ello se ha dicho que esta prohibición se relaciona
directamente con la garantía del artículo 18 de la C.N., de que nadie puede ser
arrestado sino en virtud de orden escrita de autoridad competente (Buompadre,
Jorge, “Derecho Penal Parte Especial”, Tomo I, Made Editor, p. 540).
Así las cosas, cabe concluir entonces que existen en autos sobrados
elementos de juicio que, valorados conforme a las reglas de la sana crítica
racional, justifican el sometimiento a proceso de Antonio Orlando Vargas, en
orden al delito calificado precedentemente.
Por otra parte, cabe destacar que los máximos de las escalas penales
previstas en abstracto para los delitos endilgados, al concursar realmente entre
ellos, exceden con amplitud el máximo de ocho años establecido por el
ordenamiento procesal para la procedencia del beneficio de la excarcelación y
USO OFICIAL

los mínimos de las sanciones previstas impedirían la ejecución condicional en


caso de recaer condena (C.P.P.N., arts. 316 y 317). Y si bien es cierto que los
límites de penalidad abstractos de los delitos no configuran una presunción “iruis
et de iure” sino solo un indicio “iuris tantum” que debe evaluarse al momento de
resolver la libertad o no del imputado (Cámara Federal de Apelaciones de Salta,
in re “Lupita Rufina s/infracción a la ley 23.737, resuelta el 5/10/06), ello no
obsta a considerar la gravedad del pronóstico punitivo como un elemento que
permite inferir la posibilidad de que éste pueda sustraerse de la acción de la
justicia. Si a ello se añade la naturaleza de los delitos que aquí se atribuyen y la
probable aplicación de una condena severa de cumplimiento efectivo en caso de
que finalmente se probare su culpabilidad, esa presunción de fuga se acrecienta,
por lo que resulta procedente, en este estado del proceso, dictar la prisión
preventiva respecto del inculpado Antonio Orlando Vargas.
En conclusión, por todo lo expuesto:
RESUELVO:
I) DECRETAR EL PROCESAMIENTO de Antonio Orlando
VARGAS, de las calidades personales obrantes en el exordio, por considerarlo
“prima facie” responsable de los delitos de privación ilegítima de la libertad
calificada – dieciocho (18) hechos – cometido en perjuicio de Avelino Bazán,
Rubén Andrés Cari, Anastasio Colmenares, Bruno René Díaz, Efrén Guzmán,

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Cirilo Carlos Paredes, Santiago Quispe, Alberto Hugo Rodríguez, Mariano
Rodríguez, Roberto Valeriano, Faustino Farfán, Fausto Calapeña, Reinaldo
Aguilar, Martiniano Espinoza, Manuel Bautista González, Demetrio Erdulfo
Mendoza, Roberto Quiroga y Roberto Troncoso, en calidad de partícipe
necesario, y privación ilegítima de la libertad calificada – doce (12) hechos –
perpetrado en contra de Juan Bejarano, Venancio Cárdenas, Angel Ricardo
Rozo, Mario Fernando Sosa, Alejandro Subelza, Eleuterio Zapana, Luis Ramón
Romitti, Alberto Aramayo, Carlos Antonio Jiménez, Venancio Cardozo,
Bernardo Vazquez y Juan Carlos Ovalle, en calidad de partícipe secundario, en
concurso real, de acuerdo a lo establecido por los artículos 144 bis inc.1°,
agravado en función del art.142, inc.1°, 55, 45 y 46 del Código Penal y art.306
del Código Procesal Penal de la Nación, DISPONIENDO SU PRISIÓN
PREVENTIVA conforme lo dispuesto por el art. 312 del texto legal citado en
último término.-
II) DISPONER que la prisión preventiva ordenada, deberá ser
cumplida por el imputado Antonio Orlando Vargas bajo la modalidad de arresto
domiciliario en atención a su estado de salud, medida que fuera dispuesta en el
incidente N°105/06-12/09 caratulado “INCIDENTE de prisión domiciliaria
solicitada a favor de Antonio Orlando VARGAS” en el marco de la causa
N°105/06 caratulada “ALVAREZ DE SCURTA, Dominga s/su desaparición”,
por lo que deberá continuar detenido en su domicilio de calle 9 de Julio N° 4293
del Barrio Parque Uritorco de la ciudad de Córdoba, bajo la guarda y cuidado de
su esposa Sra. María Cristina HERRERA.-
III) TRABAR EMBARGO sobre los bienes del nombrado, hasta
cubrir la suma de cincuenta mil pesos ($50.000) (art. 518 del C.P.P.N.).-
IV) DISPONER que se efectúen las comunicaciones previstas por
la ley 22.117.
V) REGISTRESE y notifíquese.-

Ante mi:

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