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San Pío X

PASCENDI DOMINICI GREGIS

Carta Encíclica sobre los errores del


Modernismo

Versión editada a cargo de Javier Bocci


PRÓLOGO A LA EDICIÓN DE PASCENDI

LA INTENCIÓN PASTORAL DE UN PAPA SANTO


Curioso que pascendi sea el gerundivo –forma exigitiva, imperante, de necesidad con
acento moral: lo que debe ser así– del verbo latino correspondiente al adjetivo “pastoral”:
pascendi Domini gregis = el deber de pastorear el rebaño del Señor. Es decir, el término
definitorio por antonomasia de la actitud eclesial moderna (“pastoral”) es aquí, en su expresión
más fuerte, título programático del “manifiesto” antimodernista, la encíclica antimodernista de un
papa santo: San Pío X. Es decir, que un Papa que fue verdadero “pastor”, con sus sacerdotes, los y
las religiosas, los fieles y de un modo muy especial con los niños, consideró su máximo deber
pastoral “poner freno a los errores modernistas”.
Presentar el texto que San Pío X consideró su máxima obligación en conciencia y su
mayor acto de caridad para la Iglesia, y también para los enemigos de la Iglesia –eliminando todos
los arcaísmos del lenguaje e ilustraciones (que más que ejemplos para aclarar serían trabas a
interpretar), pero ni uno de los argumentos, afirmaciones doctrinales ni conclusiones–, no es por
tanto entrar en discusión, no es intención argumentativa, no es ni siquiera apología. Es un simple
hecho: ésta fue la doctrina de la Iglesia durante veinte siglos, cosa fácilmente comprobable, y será
la doctrina de la lógica para siempre. Como dice nuestro amado Papa Benedicto hablando de san
Juan Crisóstomo: “Anhelo que los Padres, en cuya voz resuena la constante Tradición cristiana,
sean cada vez más punto firme de referencia para todos los teólogos de la Iglesia. Volver a ellos
significa remontarse a las fuentes de la experiencia cristiana, para saborear su frescura y
autenticidad” 1 .
Tonquedec dijo que la Iglesia vence a sus enemigos sobreviviéndolos. Podríamos decir otro
tanto de la verdad, o mejor podríamos decir que la verdad “se venga” de sus contradictores
sobreviviéndolos. Cien mil años después que se hayan acallado los argumentos indignados y las
sornas hirientes, que las discusiones habidas no merezcan siquiera el mote de bizantinas, y que
todos estemos muertos, enterrados e incontables veces reciclados por la naturaleza, y que nada ni
nadie guarde sobre la tierra memoria histórica de nuestra soberbia, seguirá siendo verdad,
tranquilamente, que si Dios dijo cómo quiere ser honrado, debe ser honrado como Él lo
dispuso. Y asimismo que esto no merece el apelativo de tradicionalismo ni de modernismo, ni de
conservador ni de progresista, ni de reaccionario ni de liberal, sino solo de “verdad”. El suave y
refrescante soplo de lo que es, sin tener que soportar la inmiscusión de aquel –el hombre– que se
autodefinió como el necio que pretende “comer del fruto del arbol del bien y del mal”: Decidir
ridículamente la verdad, como un niño castigado que juega encerrado en su pieza y dice: “Y ahora
mis padres ‘venían’ y me ‘pedían’ perdón; y ‘decían’ qué bueno era Juanito, y ‘llamaban’ a todos
mis amigos’ y me ‘hacían’ una fiesta, y me dejaban comer toda la torta y los bombones que yo
‘quería’ y ver televisión y acostarme tarde”. Lástima que en hombres grandes, cristianos y
prelados, la cosa no sea tan inocente. Y que cien mil años después –en realidad un minuto
“después”–, ya será demasiado tarde.

1
Y cita textualmente: «¿Durante cuánto tiempo aún estaremos clavados a la realidad presente? ¿Cuánto tiempo aún
hará falta antes de que podamos librarnos de ella? ¿Durante cuánto tiempo aún descuidaremos nuestra salvación?
Recordemos aquello de lo que Cristo nos ha considerado dignos; démosle gracias, glorifiquémoslo, no sólo con
nuestra fe, sino también con nuestras obras efectivas, de modo que podamos alcanzar los bienes futuros por la gracia y
la amorosa ternura de nuestro Señor Jesucristo, por el cual y con el cual sea gloria al Padre y al Espíritu Santo, ahora y
por los siglos de los siglos. Amén». CARTA EN EL XVI CENTENARIO DE SAN JUAN CRISÓSTOMO; 10/8/2007.

San Pío X Pascendi 2


LA PRESENTE EDICIÓN
El estilo en verdad arcaico de la encíclica nos obligó a un esfuerzo realmente enorme de
“traducción hermenéutica”, es decir, la exigencia de no sólo traducir la expresión, sino el estilo; no
sólo transladarla al castellano y al castellano moderno, sino a la manera de expresarse y de
entenderse apto para una mente actual, y eso sin modificar un ápice el mensaje papal ni sus
afirmaciones.
Ciertamente que todo esto no convierte en fácil su comprensión, sino sólo su lectura. La
labor necesaria para alcanzar la comprensión no exime nunca de utilizar el pensamiento, que en
Pascendi se aplica a razonamientos profundos exigitivos de ese ejercicio de la lógica que
lamentablemente se va perdiendo, pero para suplir lo cual nada podemos hacer puesto que es una
tarea eminentemente personal. Una cosa es entender lo que se dice, y otra el porqué de lo que se
dice; nuestra labor es posibilitar lo primero sin trabas, lo segundo corresponde al lector.
Sin desmedro de ello, es tarea del profesor –y el editor se precia de serlo por encima de
todo excepto su carácter sacerdotal– el explicar, y por eso la presente edición incluye notas
explicativas de los temas y las afirmaciones papales más complejas. Para evitar mayores
dificultades, no se modificó ni la ilación ni la numeración de las notas al pie, cuya procedencia
puede fácilmente captarse por cuanto las notas originales del documento se encuentran tal cual, en
tanto las notas del editor se encuentran entre corchetes sin excepción.
Las otras ayudas pedagógicas las constituyen la división del texto y los subtítulos, que son
nuestros –compartidos en casos con una u otra de las varias ediciones con las que hemos
trabajado– y no del original, y asimismo el resaltado en negrita de las ideas o expresiones
principales. En pocos casos modificamos el orden de la exposición de algún párrafo con la misma
motivación de claridad, y en la última parte –sección práctica, o pastoral, como se diría hoy–
excluímos todo aquello que perdió vigencia por el simple transcurso del tiempo al modificarse las
circunstancias. Por último, son también contadísimos los agregados explicativos en texto; los
pocos que hay se encuentran también sin excepción entre corchetes.
Esperamos que el resultado sea de utilidad para todos los que la lean, favorable para la
tarea de esclarecimiento que se proponía San Pío X en su momento y que no es menos sino más
dramática un siglo después 2 , y que redunde en el bien de las almas que desean amar a Dios, como
fuera también su objetivo. Y sólo pretendemos obtener con ello la intercesión poderosa del Papa
santo para la salvación de la propia.

Javier Bocci

2
Nuestro Papa Benedicto acaba de exhortar a los sacerdotes: «Hay que tener la valentía de resistir a la aparente
cientificidad, de no someterse a todas las hipótesis del momento, sino pensar realmente a partir de la gran fe de la
Iglesia, que está presente en todos los tiempos y nos abre el acceso a la verdad. Sobre todo no pensar que la razón del
positivismo que excluye lo trascendente –lo considera inaccesible– es la razón verdadera. Esta razón débil, que
presenta sólo las cosas experimentables, es realmente una razón insuficiente. Nosotros, los teólogos, debemos usar la
razón grande, que está abierta a la grandeza de Dios. Debemos tener la valentía de ir, más allá del positivismo, a la
cuestión de las raíces del ser» (Respuestas en la vigilia por la clausura del año sacerdotal, el 10 de junio de 2010.
L’Oss. 20/6/10). Si cambiamos el nombre genérico de “positivismo” por el específico de “agnosticismo”, la cita
parecería sacada de Pascendi (Esto por no mencionar la verdadera y piadosa cruzada que lleva a cabo contra el
“indiferentismo” desde las vísperas de su elección papal).
San Pío X Pascendi 3
PASCENDI DOMINICI GREGIS

INTRODUCCIÓN

LOS MOTIVOS DE ESTA ENCÍCLICA


A la obligación de apacentar la grey del Señor que nos ha sido confiado por Dios,
Jesucristo señaló como deber primero el de custodiar con suma vigilancia el depósito de la
santa fe que se nos ha entregado, tanto rechazando las novedades profanas del lenguaje
como las contradicciones de una mal llamada ciencia. Y ciertamente que no ha habido época en
la que no haya sido necesaria esta vigilancia del Pastor Supremo, pues nunca han faltado, por
instigación del enemigo del género humano, hombres que enseñan doctrinas perversas 3 ,
charlatanes de novedades y seductores 4 , entregados al error y que arrastran hacia el error 5 . Pero
hay que reconocer que, en estos últimos tiempos, el número de los que reniegan de la Cruz de
Cristo ha aumentado enormemente, y con tácticas nuevas y llenas de malicia trabajan para
consumir las energías vitales de la Iglesia, y hasta querrían destruir el reinado de Cristo si esto
fuera posible. Es por eso que no podemos permanecer callados por más tiempo, no vaya a ser que
demos la impresión de estar faltando al más sagrado de nuestros deberes, y la paciencia que hasta
ahora hemos tenido con esperanza de ver una enmienda sea interpretada como abandono de
nuestro ministerio.
El motivo principal por el que no podemos dejar pasar más tiempo, es que ya no es
necesario buscar los errores entre los que se declaran a sí mismos como enemigos, sino que
con gran dolor los vemos introducidos en el seno mismo de la Iglesia, y son por ello tanto más
peligrosos cuanto que son más difíciles de distinguir. Hablamos de un gran número de católicos
seglares y, lo que es más deplorable, tantos sacerdotes que escudados en un falso amor a la
Iglesia, esencialmente faltos de sólidos fundamentos en filosofía y en teología, e impregnados
por el contrario de las doctrinas nocivas elaboradas por los adversarios de la Iglesia, con total
falta de humildad se presentan como reformadores y arremeten contra lo más santo que hay en la
obra de Cristo, sin respetar siquiera la misma Persona del Divino Redentor que impíamente
reducen a la categoría de puro y simple hombre.
A todos los que así piensan y enseñan, los incluimos entre los enemigos de Cristo
aunque ellos mismos se asombren, pues dejando de lado sus intenciones, que sólo Dios puede
juzgar, nadie que conozca sus doctrinas y su modo de hablar y de actuar podrá dejar de compartir
lo que decimos. Y aún debemos considerarlos como los peores adversarios de la Iglesia, pues
como hemos dicho llevan a cabo su actividad dentro mismo de la Iglesia con tanto mayor daño
cuanto más a fondo la conocen. Por eso, el peligro se encuentra hoy metido en las venas y en las
entrañas de la Iglesia, atacándola en sus mismas raíces: el ámbito de la fe.
Estos bien llamados "modernistas", tienen el espíritu tan absorbido por sus doctrinas que no
admiten ninguna autoridad ni aceptan ningún freno, y aferrados a su error creen que es celo por la
verdad lo que en realidad sólo es efecto de la soberbia y de la obcecación. Y como sus doctrinas
nunca son expuestas de manera orgánica sino dispersa, lo primero que hay que hacer es
presentar esas doctrinas en su conjunto, señalando los lazos que las unen para poder determinar
las causas de los errores e indicar los remedios adecuados para detener el mal.

3
Hech 20, 30.
4
Tit 1, 10.
5
Tim 3, 10.
San Pío X Pascendi 4
LA DOCTRINA MODERNISTA

Para proceder ordenadamente en materia tan compleja, hay que empezar advirtiendo que el
modernismo hunde las raíces en sus principios filosóficos, y de allí se extiende a los diversos
campos del pensamiento y el obrar humanos, que podemos sintetizar, junto al filosófico ya
mencionado, en el religioso, el teológico, el historiográfico, el crítico, el apologético y el
reformista. Conviene ir distinguiendo uno a uno todos estos ámbitos en que se despliega el
modernismo si se quiere conocer bien su sistema, llegar hasta los principios de sus doctrinas y
ponderar sus consecuencias.

1. EL MODERNISMO FILÓSOFICO O LA FILOSOFÍA MODERNISTA


EL AGNOSTICISMO
El modernismo toma como punto de partida la doctrina filosófica llamada
agnosticismo. Esta filosofía afirma que la razón humana se ciñe rigurosamente al ámbito de
los fenómenos, es decir a la apariencia que presentan las cosas y a las formas de esa apariencia,
afirmando que la razón se mueve exclusivamente en ese campo y no tiene capacidad para elevarse
sobre los límites de esa apariencia externa. Por tanto, no es capaz de alzarse hasta Dios ni llegar a
conocer su existencia a través de las cosas que se ven. De ello resulta que Dios no puede ser
objeto directo de la ciencia, y que no puede tampoco ser sujeto histórico, pues ese hecho sería
absolutamente incognoscible.
Estos presupuestos, acaban de un plumazo con toda la teología natural, los argumentos de
credibilidad, y la misma revelación externa6 . Todo esto queda suprimido por el modernismo que lo
reduce a un intelectualismo que considera irrisorio y anticuado desde hace ya mucho tiempo. Y
para hacer esta afirmación no lo detiene que la Iglesia ya ha condenado con toda claridad estos
enormes errores: El Concilio Vaticano decretó el anatema contra “quien dijere que Dios uno y
verdadero, Creador y Señor nuestro, no puede ser conocido con certeza por la luz natural de la
razón humana, a través de las cosas creadas” 7 ; igualmente contra “quien dijere que no es posible o
conveniente que el hombre, mediante la revelación divina, sea instruido acerca de Dios y del culto
que se le debe” 8 ; y asimismo contra quien dijere que “la revelación divina no puede llevarse a
cabo por medio de signos externos, y por consiguiente los hombres sólo se deben mover hacia la fe
por una experiencia interna individual” 9 .
No es posible saber en virtud de qué razonamiento el modernismo pasa del
agnosticismo, que afirma la ignorancia humana en general, a la certeza propia del ateísmo
científico e histórico 10 , que es una negación pretendidamente indudable; ni tampoco cómo,
afirmando no poder saberse si Dios ha intervenido o no en la historia humana, concluyen
una explicación de esa historia al margen de Dios como si fuera indudable que no hubiera
intervenido (precisamente lo que el agnosticismo afirma que no puede conocerse). Y es que el
modernismo parte del presupuesto de que la ciencia y la historia deben excluir a Dios; en el
ámbito de una y otra sólo hay lugar para fenómenos: Dios y lo sobrenatural no tienen cabida. (Ya
veremos las consecuencias a que esta doctrina incoherente conduce respecto a la Persona Sagrada
de Cristo, a los misterios de su vida y de su muerte, su resurrección y ascensión a los cielos).

6
[Pues no sería posible llegar por la razón a ningún hecho (creación) ni principio divino (Causa primera), ni reconocer
hechos históricos divinos comprobables (milagros, heroísmo superior a las fuerzas humanas, hechos providenciales
improbables, etc.), ni mucho menos acceder a una comunicación divina sobrenatural (revelación)].
7
Concilio Vaticano I. De Revelatione, canon 1.
8
Ibidem, canon 2.
9
Concilio Vaticano I. De Fide, canon 3.
10
[E.d., cómo pueden convivir en una misma doctrina la afirmación de la ignorancia absoluta y general de todo
hombre sobre lo divino y la propia y particular certeza humana de ellos sobre el ateísmo].
San Pío X Pascendi 5
LA INMANENCIA VITAL
Pero el agnosticismo es sólo el aspecto negativo de la doctrina modernista; el aspecto
positivo lo ofrece la llamada inmanencia vital: Como cualquier otro hecho, la Religión –no
sólo natural sino también sobrenatural– debe tener una explicación. Pero puesto que se
rechaza la teología natural, que no se admiten los motivos de credibilidad como camino hacia la
revelación y tampoco se acepta ninguna revelación externa, por tanto la explicación no puede
encontrarse fuera del hombre. Es en el interior del propio hombre en donde hay que
buscarla, y se hallará por tanto en la misma vida del hombre (en la “inmanencia vital”): El
impulso de todo fenómeno vital comienza al experimentar una cierta indigencia o carencia,
cuya primera expresión es ese movimiento del corazón que llamamos sentimiento (el
sentimiento de carencia o indigencia).
Y ya que el objeto de la religión es Dios, concluyen que la fe, hecho humano verificable
que es principio y fundamento de toda religión, reside en un sentimiento íntimo engendrado
por la necesidad o la indigencia de lo divino 11 . Por otra parte, como esta indigencia no se hace
sentir sino en determinadas circunstancias que la favorecen, no puede provenir del ámbito de la
conciencia 12 : al principio está latente en el fondo de la conciencia que la sicología moderna llama
inconciente, que es donde se encuentra su raíz escondida e incomprendida por la conciencia.

EL ORIGEN DE LA FE Y DE LA RELIGIÓN
¿Cómo es que esta indigencia de lo divino, al ser sentida por el hombre, se convierte en
religión? De acuerdo al modernismo la ciencia y la historia se desarrollan entre dos límites, uno
externo que es el mundo visible, y otro interno, que es la conciencia. Más allá de estos límites
nada pueden afirmar, pues más allá está lo incognoscible. Por tanto al alcanzar estos límites en la
propia vida o inmanencia vital como hemos visto, la indigencia de lo divino sin ningún juicio
previo 13 –lo cual es “fideísmo” 14 –, suscita un peculiar sentimiento en el espíritu, que está
naturalmente inclinado a la religión; este sentimiento contiene en sí la realidad de Dios tanto como
objeto cuanto como causa 15 , y une en cierto modo al hombre con Dios. A este sentimiento los
modernistas lo llaman fe y es para ellos el principio de la religión.
Pero no acaba en esto el despropósito filosófico modernista, pues afirma también que en
esta fe, tal como el modernismo la entiende, tiene lugar la revelación: ¿No es ya revelación ese
sentimiento religioso que brota en la conciencia? ¿No es Dios mismo quien se manifiesta al alma –
aunque sea de un modo confuso– en ese sentimiento religioso? Y aun pretenden sacar
conclusiones de tales preconceptos infundados: Como en el sentimiento religioso Dios es al mismo
tiempo objeto y causa de la fe (revelador y revelado), por tanto toda religión es al mismo tiempo
natural y sobrenatural según se mire. También se sigue la equivalencia entre conciencia y
revelación 16 y, por fin, se afirma el principio que erige a la conciencia religiosa como regla
universal, equivalente a la revelación, a la que todo ha de someterse, incluso la suprema
autoridad de la Iglesia en su triple poder respecto a la doctrina, al culto, y a lo disciplinar.

11
[El hombre se siente débil, indefenso, e.d. indigente, y necesita apoyarse en un principio superior, protector o al
menos decisor, para escapar al menos a la contingencia, la casualidad, para que su vida indigente sea de algún modo
guiada por algo o Alguien superior que le imprima cierta necesidad, la haga menos indiferente. Ciertamente este es el
principio de la religiosidad natural, pero sólo el principio providencial de la Religión Sobrenatural].
12
[No proviene de un acto conciente, sino de un sentimiento espontáneo inconciente, que posteriormente se hace
conciente por reflexión].
13
[Pues no es objeto pasible de ciencia ni historia]
14
[E.d., apoyarse en la fe sin ningún argumento racional, sino sólo por el sentimiento (siento necesidad de que esto sea
así, luego creo y afirmo que es así). Esto ya se aparta incluso de la religiosidad natural, pues el hombre primitivo
deduce la divinidad a partir del orden y racionalidad del cosmos, no de su sentimiento de necesidad de lo divino].
15
[Puesto que la causa de la noción de Dios es imposible que provenga del mundo exterior ni de la conciencia, que se
considera ineptos por el agnosticismo, esa causa debe ser inmanente y localizarse en el inconciente].
16
[La revelación no sería sino el acto reflexivo que hace conciente al sentimiento religioso].
San Pío X Pascendi 6
LA "TRANSFIGURACIÓN" Y LA "DESFIGURACIÓN"
Ahora bien, lo Incognoscible, según el modernismo, lógicamente no se presenta a la fe
como algo aislado 17 , sino presente o a partir de algún fenómeno que aunque pertenece al campo
de la ciencia o la historia, de algún modo sale fuera de esos límites, ya se trate de un hecho natural
que encierre algún misterio, ya de un hombre cuyo modo de ser, sus hechos o palabras no puedan
explicarse por las leyes comunes de la historia18 . Entonces la fe, atraída por lo Incognoscible
que va unido al fenómeno, abraza al fenómeno entero comunicándole su propia vida.
De esto sacan dos consecuencias: Primera, una especie de transfiguración del fenómeno
por encima de sus propias características, de manera que se hace materia apta para revestir la
forma de lo divino que la fe le va a proporcionar 19 . Segundo, se produce así una especie de
desfiguración del fenómeno, ya que la fe le da algo que realmente no tiene, al sustraerlo a las
circunstancias de lugar y de tiempo 20 . Esto ocurre sobre todo en fenómenos que tuvieron lugar
hace tiempo, y tanto más cuanto más antiguos sean. Los modernistas sacan de todo esto dos leyes
que junto al agnosticismo, forman como los pilares de su crítica histórica.
Para exponerlo con mayor claridad, tomemos como ejemplo a Jesucristo: en la persona de
Cristo –dicen–, la ciencia y la historia no ven más que un hombre; luego en virtud de la 1ª ley, el
agnosticismo, hay que eliminar de su historia todo lo que presente carácter divino. Conforme a la
2ª ley, la persona histórica de Cristo ha sido transfigurada por la fe, luego hay que eliminar
también de ella todo lo que la eleva por encima de las circunstancias históricas. Por último, 3ª ley,
la persona de Cristo ha sido desfigurada por la fe: luego hay que expurgarla de los dichos y
hechos, y en fin, de todo lo que no responde a su mentalidad, estado, educación, lugar y tiempo en
que vivió. Es sin dudas una manera extraña de raciocinio, pero éste es el criterio del modernismo.

LA RELIGIÓN CATÓLICA
Así pues, el sentimiento religioso, que surge por la inmanencia vital desde la profundidad
del inconsciente, es el origen de toda religión y la razón de todo lo que en la religión hay o pueda
haber en el futuro. Este sentimiento, rudimentario y casi informe en su comienzo, va tomando
fuerza poco a poco al paso que progresa la vida humana que le dio principio.
Así se explica el origen de cualquier religión, incluso de la sobrenatural, como el mero
desarrollo del sentimiento religioso. La Religión Católica no está excluida, pues es una más entre
tantas: Según el modernismo, nació en la conciencia de Cristo –hombre privilegiado por demás–,
por el proceso de la inmanencia vital y no de otra forma. Causa asombro semejante oposición a la
doctrina católica, en especial porque no son sólo los incrédulos quienes afirman tales necedades:
hombres católicos, muchos de ellos sacerdotes, hablan del mismo modo, y con tales dislates
pretenden reformar la Iglesia. No es ya el antiguo error que atribuía a la naturaleza humana un
cierto derecho al orden sobrenatural 21 : se ha avanzado hasta afirmar que nuestra santa religión,
tanto en Cristo como en nosotros mismos, es un producto espontáneo de la naturaleza. Principio
apto para destruir todo el orden sobrenatural, que afirman sin temer lo que el Concilio Vaticano
decretó: “Si alguien dijere que el hombre no puede ser elevado por Dios a un conocimiento y una
perfección que supere a la naturaleza, sino que puede y debe llegar por sí mismo, mediante un
constante progreso, a la posesión de toda verdad y de todo bien, sea anatema” 22 .

17
[Siendo incognoscible es imposible que se presente como tal, y el sólo pretenderlo sería un absurdo contradictorio.
Además, lo Incognoscible no lo es nunca en absoluto, sino sólo relativo al avance científico de la época].
18
[Causas sólo debidas a un insuficiente avance del conocimiento científico en el momento considerado].
19
[Su carácter extra-ordinario –por encima del “standard”, digamos–, lo hace apto para que el sentimiento religioso –
la fe, para el modernismo–, le atribuya los caracteres divinos que ansía encontrar: lo transforma o transfigura].
20
[Lo que al principio era simplemente la atribución de una cualidad divina, debida a ignorancia de sus verdaderas
causas científicas, se convierte en una explicación arbitraria, que se va adornando de elementos ajenos elaborados por
la fe a lo largo del tiempo: lo desfigura].
21
[El Pelagianismo]
22
Concilio Vaticano I. De Revelatione, canon 3.
San Pío X Pascendi 7
PAPEL DE LA INTELIGENCIA. "PENSAR" LA FE.
Hasta este punto no ha tenido aún intervención la inteligencia, que recién ahora participa en
el acto de fe, según los modernistas: Puesto que el acto original de la religión es sentimiento y no
conocimiento, Dios se hace presente al hombre de una manera tan confusa que apenas puede
distinguirse del sujeto que cree. Por tanto, se necesita que ese sentimiento sea iluminado de modo
tal que la idea de lo divino resalte y se distinga. Esa luz pertenece a la inteligencia, a quien
compete pensar y analizar. Por medio de ella el hombre traduce, primero en representaciones y
después en palabras, los fenómenos vitales que en él se producen. El modernismo expresa esto con
la conocida frase: “El hombre religioso debe pensar su fe”.
La inteligencia se aplica al sentimiento, y poniendo su atención en él lo trabaja hasta
clarificarlo. En esta tarea el trabajo de la inteligencia es doble: En primer lugar, con un acto
espontáneo expresa las cosas en una fórmula simple y común. Después, de manera refleja y
elaborada, vierte las cosas pensadas en expresiones derivadas de aquella primera fórmula
sencilla, pero más trabajadas y más precisas. Estas fórmulas secundarias, una vez
sancionadas por el magisterio de la Iglesia, constituyen el dogma.

ORIGEN Y NATURALEZA DEL DOGMA. SU EVOLUCIÓN INTRÍNSECA


Así hemos llegado a uno de los puntos capitales de la doctrina modernista: el origen del
dogma y su naturaleza. El origen lo sitúan en aquellas fórmulas simples que, en cierto modo, son
necesarias para la fe, pues para que la revelación sea verdaderamente tal, exige que en la
conciencia haya alguna noticia manifiesta de Dios. Pero consideran que donde propiamente se
contiene el dogma es en las fórmulas secundarias. La naturaleza del dogma deriva de la relación
existente entre las fórmulas religiosas y el sentimiento religioso del ánimo, que es tan sólo
proporcionar al creyente un medio para que tome conciencia de su fe (o sea de ese sentimiento
religioso). Por eso, las fórmulas son como un intermediario entre el creyente y su fe 23 : En lo que
respecta a la fe misma, no son más que signos inadecuados del objeto 24 , vulgarmente
llamados símbolos; con relación al creyente, son meros instrumentos.
Por eso no se puede decir de ningún modo que encierren una verdad absoluta, pues, en
cuanto que son símbolos, son imágenes de la verdad y han de ser adaptadas al sentimiento
religioso del hombre; en cuanto que son instrumentos, son vehículos de la verdad, y tendrán
también que adaptarse al hombre que es el sujeto del sentimiento religioso. Pero el objeto del
sentimiento religioso consiste en lo absoluto, por tanto tiene infinitos aspectos de los que
pueden ir surgiendo uno u otro sucesivamente. A su vez, el hombre que cree está inmerso en la
historia, puede encontrarse en muy diversas circunstancias. En consecuencia, las fórmulas que
llamamos dogmas están sometidas a esas mismas vicisitudes y, por tanto, sujetas a mutación.
Así queda abierto el camino a una evolución intrínseca del dogma, cúmulo infinito de
sofismas, que hace imposible y destruye toda religión. 25 Por lo demás, el modernismo sostiene
no sólo que el dogma puede, sino que debe evolucionar y estar sometido a mutación:
La más importante de sus doctrinas, deducida del principio de la inmanencia vital, afirma
que, para que sean realmente religiosas y no sólo elucubraciones intelectuales, las fórmulas
religiosas deben ser vitales y han de vivir la misma vida del sentimiento religioso.

23
[O sea, entre el sujeto del sentimiento religioso y el sentimiento mismo, lo que equivale a decir: entre el sujeto y
el objeto de la religión o de la fe].
24
[Toda explicación de un sentimiento o experiencia es siempre inadecuada y pobre comparada con la realidad u
objeto que da origen a la misma, y aún con el sentimiento mismo. El problema es (1) si existe una realidad objetiva
que corresponde al sentimiento, o sólo el sentimiento mismo; y (2) si la fórmula que expresa esa realidad es verdadera
o no, aunque sea pobre o inadecuada (decir que Dios es inmensamente sabio es inadecuado respecto a la sabiduría de
Dios, no expresa “adecuadamente” su sabiduría, pero sigue siendo verdadero)].
25
[La razón de esto, como acotamos más arriba (22), es la realidad del objeto de la fe; pero ésta supera la naturaleza
del conocimiento sensible humano –es sobre-natural–, y como tal es considerada por el agnosticismo o simplemente
inexistente o, en el mejor de los casos, como absolutamente incognoscible].
San Pío X Pascendi 8
Ni su origen ni su número ni, hasta cierto punto, su cualidad misma importan nada: lo que
importa es que el sentimiento religioso, después de haberlas modificado lo que fuera necesario, las
asimile vitalmente. Es decir, es necesario que el corazón emita aquella expresión simple primitiva
y la apruebe, y que bajo la dirección del corazón se lleve a cabo la elaboración de las fórmulas
secundarias. Por lo tanto, para ser vitales estas fórmulas han de adaptarse simultáneamente al
creyente y a la fe y conservar esa adaptación. De ahí que, si esa adaptación desapareciera por
cualquier causa, perderían su primitivo contenido y habría que cambiarlas.
Como, según todo lo dicho, la situación de las fórmulas dogmáticas es tan precaria, se
comprende que los modernistas se burlen de ellas y las desprecien, y que, por el contrario, sólo
hablen de “sentimiento religioso” y de “vivencia religiosa”. Por eso acusan con insolencia a la
Iglesia de perder el camino de la historia aferrándose a fórmulas vacías y arruinando la religión.
Ciertamente son “ciegos que guían a ciegos”, inflados con el soberbio nombre de “ciencia” han
llegado a la locura de pervertir el eterno concepto de la verdad y, simultáneamente, la
auténtica naturaleza del sentimiento religioso. 26

2. EL MODERNISMO RELIGIOSO O LA RELIGIOSIDAD MODERNISTA

La filosofía modernista admite la realidad de lo divino como objeto de la fe, pero esta
realidad no existe fuera del alma de quien cree, en cuanto que es objeto de su sentimiento y de
su afirmación, y en cuanto tal solo tiene realidad subjetiva o en el sujeto. Para el filósofo
modernista pues, carece de importancia que esta realidad exista o no en sí, fuera del
sentimiento y de la afirmación que el sentimiento hace.
Para el modernista creyente o religioso en cambio, es absolutamente cierto que lo divino
existe por sí mismo y no depende en absoluto de quien cree, pero el fundamento en que basa
esta certeza es la experiencia singular de cada hombre 27 . Consideran que el sentimiento
religioso incluye una cierta intuición del corazón, por la cual el hombre llega hasta la
realidad de Dios, con un convencimiento tal de que Dios existe y actúa dentro y fuera del ser
humano, que es muy superior a cualquier persuasión científica. Esto constituye una verdadera
experiencia, superior a cualquier otra experiencia racional, que es la que verdaderamente hace
creyente a la persona que la ha tenido.
¡Qué lejos está todo esto de la doctrina católica! Ya hemos visto que el Concilio Vaticano
condenó estas fantasías, admitidas las cuales queda abierto el camino al ateísmo.
Por de pronto, según esta doctrina de la experiencia, unida a la consecuente del simbolismo
como hemos visto, toda religión ha de considerarse verdadera, sin exceptuar el paganismo. En
todas las religiones se dan experiencias de esta clase, luego ¿cómo puede el modernismo negar que
en los otros las haya y afirmar que sólo en el catolicismo las puede haber? En verdad no lo hace,
de hecho unos de manera velada y otros abiertamente aseguran que todas las religiones son
verdaderas. No es posible adoptar otra postura, pues según los principios que ellos mismo
han asentado, no existen argumentos para decir que hay religiones falsas. Esto sólo podrían
decirlo basados en la falsedad del sentimiento religioso o en la falsedad de la fórmula elaborada
por el entendimiento, pero el sentimiento es siempre el mismo aunque pueda ser imperfecto, y la
fórmula, para ser verdadera, lo único que precisa es estar de acuerdo con el sentimiento y con el
hombre que cree, cualquiera que sea su agudeza mental. Lo más que podrían alegar en favor de la

26
Han inventado un nuevo sistema en el que, empujados por una desenfrenada avidez de novedades, no buscan la
verdad allá donde verdaderamente está, y despreciando las santas y apostólicas tradiciones, se abrazan a doctrinas
vanas, fútiles, inciertas y no aprobadas por la Iglesia sobre las cuales hombres llenos de vanidad pretenden
fundamentar y asentar la verdad misma. GREGORIO XVI, Encíclica Singulari Nos.
27
Es verdad que en este punto se apartan de los racionalistas, pero en cambio se adhieren al pensamiento de los
protestantes. [Por lo demás, mantienen intacto el principio de inmanencia vital: En definitiva, Dios existe porque yo
siento que existe, ajeno a cualquier razón objetiva, cuya posibilidad sigue negándose].
San Pío X Pascendi 9
religión católica es que por tener más vida tiene también más verdad, y que es más digna del
nombre cristiano porque responde con más plenitud al cristianismo primitivo.
No es extraño que se llegue a estas conclusiones partiendo de los datos propuestos. Lo que
sorprende es que hombres católicos e incluso sacerdotes, a quienes espantan estas
aberraciones cuando son expuestas, actúan como si estuvieran plenamente de acuerdo con
ellas, tales son los elogios que dedican a quienes enseñan esos errores, tantos son los honores que
públicamente les tributan a quienes ponen todo su empeño en difundirlos entre el pueblo.

LA "EXPERIENCIA" Y LA TRADICIÓN.
El concepto de experiencia se aplica también a la tradición, en oposición a la doctrina
católica al respecto que destruye por completo. Para el modernismo la tradición no es el tesoro de
verdades recibidas por la Iglesia y que permanece en el tiempo, sino la comunicación de una
experiencia original por medio de la predicación y por virtud de las fórmulas intelectivas. A
estas fórmulas, aparte de la fuerza representativa, les atribuyen un poder sugestivo, tanto
sobre el que cree, para despertar en él el sentimiento religioso adormecido y renovar la
experiencia ya habida, como sobre los no creyentes, para engendrar en ellos el sentimiento y
producir la experiencia. Así es como la experiencia religiosa se propaga: por la predicación a los
pueblos que hoy existen, por escrito o por transmisión oral a los que existirán mañana.
Unas veces esta comunicación de experiencias echa raíces y vive, otras veces envejece y
muere. El hecho de estar viva es para el modernismo señal de ser verdad, pues para ellos verdad y
vida se confunden. De lo cual se concluye nuevamente que todas las religiones existentes son
verdaderas, pues de lo contrario no existirían.

RELACIÓN ENTRE FE Y CIENCIA.


Con lo expuesto podemos saber con certeza la relación que el modernismo establece entre
la fe y la ciencia, en la cual se incluye la historia.
En primer lugar está claro que para el modernismo las materias respectivas de la fe y de
la ciencia son independientes entre sí: la ciencia versa sobre fenómenos, en los que no hay
sitio para la fe; por el contrario, la fe versa sobre lo divino, que para la ciencia no existe. Por
eso nunca puede haber conflicto entre la fe y la ciencia, pues si cada una permanece en el
ámbito que le es propio, nunca podrán encontrarse ni entrar en colisión.
Las mismas cosas visibles como la vida humana de Cristo, que pertenecen también a la fe,
aunque pertenecen al mundo de los fenómenos, son arrebatadas de ese mundo sensible y
transformadas en materia de orden divino cuando son transfiguradas y desfiguradas por la fe. Así,
a quien plantease si Cristo realizó verdaderos milagros y profetizó lo futuro, si de verdad resucitó
y subió a los cielos, la ciencia agnóstica le dirá que no, la fe dirá que sí. Pero estas posturas no son
contrarias, pues uno niega como filósofo que se dirige a filósofos, contemplando la figura de
Cristo como realidad histórica; el otro afirma como creyente que habla a creyentes, contemplando
la vida de Cristo como revivida por la fe y en la fe [es decir, recordemos, el sentimiento religioso].
Sin embargo, no es verdad que en el modernismo la fe y la ciencia no están subordinadas
bajo ningún concepto. Es cierto que la ciencia no está sometida a la fe, pero la fe sí está sometida
a la ciencia, y no por uno sino por tres motivos.
Primero: en cualquier hecho religioso, dejando aparte la realidad divina “incognoscible” y
su experiencia “inmanente”, todo lo demás incluidas las fórmulas religiosas pertenecen al ámbito
de los fenómenos y, por consiguiente, cae bajo el dominio de la ciencia. Es cierto que el creyente
puede, si es su deseo, salir del mundo; pero mientras permanezca en él estará sometido, aunque no
lo quiera, a las leyes, a la investigación y a los juicios de la ciencia y de la historia.
Segundo: sea lo que fuere la realidad divina, en lo cual la ciencia no se mete, no ocurre lo
mismo respecto de la idea de Dios: ésta también está sometida a la ciencia ya que, cuando la
ciencia filosofa en el orden lógico, alcanza a todo lo que es absoluto e ideal. Por lo cual, está en su

San Pío X Pascendi 10


derecho de investigar acerca de la idea de Dios, de guiar su desarrollo y de librarla de todo lo
extraño a ella; de allí el axioma modernista: “la evolución religiosa debe ajustarse a la evolución
cultural e intelectual”, es decir: ha de estar subordinada a ellas 28 .
Tercero: El hombre resiente en sí la dualidad, por tanto el creyente siente la necesidad
íntima de armonizar la fe con la ciencia, de manera que la fe no esté en discordancia con la idea
general que la ciencia presenta de este mundo. Así resulta que la ciencia es independiente de la fe,
mientras que la fe, aun siendo cosa diferente de la ciencia, ha de estar subordinada a ésta.
Todo esto está en oposición con lo que Nuestro predecesor, Pío IX, enseñaba: “Es propio
de la Filosofía en lo que atañe a la Religión, no dominar, sino servir; no prescribir lo que se ha de
creer, sino abrazarlo con sumisión racional; ni escudriñar la profundidad de los misterios de Dios,
sino reverenciarla con piedad y humildad” 29 . Los modernistas invierten simplemente los términos.

3. EL MODERNISMO TEOLÓGICO O LA TEOLOGÍA MODERNISTA

Llegados a este punto, se trata pues de armonizar la fe modernista con la ciencia, y eso de
tal manera que la una se subordine a la otra como base de su teología. En este ámbito teológico el
modernismo utiliza los mismos principios que hemos visto en su filosofía: la inmanencia y el
simbolismo. El procedimiento es simple: El modernismo filosófico afirma que el principio de la fe
[el sentimiento de indigencia] es inmanente; el modernismo religioso acepta que este principio es
Dios; el modernismo teológico concluye ahora: por tanto es claro que Dios es inmanente al
hombre. Esta es la inmanencia teológica. Análogamente: para el modernismo filosófico las
representaciones del objeto de la fe son simbólicas; el religioso o "creyente" acepta que ese objeto
de la fe es Dios en sí mismo [aunque otra vez sin más fundamento que su sentimiento]; la teología
modernista deduce la consecuencia: las representaciones de la realidad divina son simbólicas. Este
es el simbolismo teológico. Errores enormes de consecuencias perniciosas.

EL SIMBOLISMO
Comencemos por el simbolismo. Aceptado que los símbolos o fórmulas son al mismo
tiempo símbolos del objeto e instrumentos para el sujeto 30 , éste -el creyente- debe tener sumo
cuidado de no apegarse tanto a la fórmula que pierda de vista que es una mera fórmula; debe
utilizarla sólo para unirse por medio de ella a la verdad, que la fórmula descubre y encubre al
mismo tiempo, sin conseguir expresarla nunca del todo. Además, el creyente ha de utilizar esas
fórmulas en la medida que le sirvan de ayuda, pues se ponen a su disposición para darle facilidades
y no para que le sean un estorbo; con todo el respeto que una buena educación social exige hacia
esas fórmulas, que el magisterio público ha considerado adecuadas para expresar la conciencia
común, y siempre y cuando el magisterio no determine otra cosa.

LA "INMANENCIA" Y LA "PERMANENCIA" DIVINAS


No es tan fácil, en cambio, concretar lo que los modernistas piensan en realidad acerca de
la inmanencia divina, pues no todos enseñan lo mismo respecto a ella. Unos la hacen consistir en
una presencia activa de Dios en el hombre, más íntima que el hombre lo es para sí mismo –lo cual,
en sí, no tiene nada de reprensible–. Otros dicen que la acción de Dios sea una con la acción de la
naturaleza, aunando la causa primera con la causa segunda, lo cual elimina el orden sobrenatural.

28
[Esto es consecuencia clara de lo que vimos acerca de la relatividad de lo “Incognoscible” (notas 15 a 18): el
sentimiento religioso, o sea la fe, debe estar guiada por la ciencia hacia su objeto, lo Incognoscible].
29
Breve al obispo de Bratislava del 15 de Junio de 1857.
30
[Ver Modernismo filosófico: Origen y naturaleza del dogma].
San Pío X Pascendi 11
Y otros la explican de tal suerte que la cargan de significación panteística 31 , que en realidad es lo
que concuerda mejor con el resto de su doctrina.
A este principio de la inmanencia se le añade otro, que podríamos llamar de permanencia
divina; estos principios difieren entre sí como difiere la experiencia privada de la experiencia
transmitida por tradición. Veámoslo con un ejemplo: El modernismo niega que la Iglesia y los
Sacramentos hayan sido instituidos por Cristo, ya que el agnosticismo ve en Él sólo un hombre
cuya conciencia religiosa se ha ido formando como en todos los hombres poco a poco, de acuerdo
a la ley de la evolución que exige un cierto tiempo y un determinado número de circunstancias
para que se desarrolle lo que está en germen. Sin embargo, admite que puedan haber sido
instituidos por Cristo de modo mediato, por permanencia: Toda la conciencia cristiana estaba
incluida virtualmente en la conciencia de Cristo, como la planta en la semilla; y en este sentido se
puede decir que todos los cristianos viven la vida de Cristo. Y puesto que según la fe la vida de
Cristo es divina, luego también lo es la vida de los cristianos. Ahora bien, como esta vida dio
origen en el transcurrir del tiempo a la Iglesia y a los Sacramentos, se puede decir con toda razón
que por permanencia de lo divino su origen está en Cristo y que es un origen divino. En el mismo
sentido se puede decir que la Sagrada Escritura y el dogma son también divinos.
En esto consiste básicamente la teología modernista [e.d. su idea de la causalidad divina].
Es un núcleo pequeño, pero muy fructuoso si se mantiene en el desarrollo de todo lo demás: hasta
aquí hemos tratado del origen y naturaleza de la fe, veamos ahora qué enseñan los modernistas
acerca de las principales fuentes de la fe: la Iglesia, el dogma, el culto y los libros sagrados.

EL DOGMA Y EL PENSAMIENTO
Empecemos por el dogma. Ya hemos indicado cuál es según el modernismo su origen y su
naturaleza: Brota de un impulso o necesidad que lleva al creyente a elaborar su pensamiento para
ilustrar mejor su propia conciencia y las ajenas. Esta labor consiste en profundizar y purificar la
primitiva fórmula de la mente, pero no siguiendo un proceso lógico sino, como dicen ellos, un
proceso “vital” acorde a lo que dicten las circunstancias. Como resultado de este proceso, en torno
a la fórmula primera van surgiendo poco a poco las otras fórmulas secundarias de las que hemos
hablado, con las cuales se forma un cuerpo de doctrina que, una vez que el magisterio público
reconoce que son expresión de la conciencia común, pasan a ser dogmas. Hay que distinguir estos
dogmas de las especulaciones de los teólogos, las cuales aunque no están vivificadas por la vida
de los dogmas, sirven para conciliar la religión con la ciencia y limar sus oposiciones, para ilustrar
y defender la religión, e incluso para ir preparando el camino a algún futuro dogma.

EL CULTO Y LOS SACRAMENTOS.


Como hemos visto, en el sistema modernista todo elemento religioso surge de los
impulsos íntimos o necesidades que traduce el sentimiento. De acuerdo con esto enseñan que el
culto tiene su origen en un doble impulso o necesidad: Uno es dar a la religión algún elemento
sensible, el otro el de manifestarla y extenderla, lo cual no se puede hacer sin una forma sensible y
sin acciones sagradas que son llamadas Sacramentos. Estos son para el modernismo pura y
simplemente símbolos o signos, aunque no carentes de una cierta fuerza [puramente expresiva y
motivante] del mismo modo que determinadas palabras tienen la capacidad de propagar
determinadas nociones y producen como un impacto en el espíritu. Pues como esas palabras se
ordenan a tales nociones, así los Sacramentos se ordenan al sentimiento religioso; y eso es todo.
Podían expresarlo con mayor claridad diciendo que los Sacramentos han sido instituidos sólo para
nutrir la fe [o sea renovar su sentimiento], pero esto fue condenado por el Concilio de Trento 32 .

31
[Básicamente que Dios es la naturaleza, o mejor, que la naturaleza es Dios].
32
Si alguien dijere que los Sacramentos fueron instituidos sólo para alimentar la fe, sea anatema. Concilio de Trento,
De Sacramentis in genere, canon 5 (Dz 848).
San Pío X Pascendi 12
LOS LIBROS SAGRADOS
Algo hemos dicho también sobre la naturaleza y origen de los libros sagrados. Según el
esquema de los modernistas, podrían ser definidos como una colección de experiencias, pero no
de experiencias al alcance de cualquiera, sino sólo aquellas extraordinarias y destacadas como
siempre han habido en toda religión.
Esto es lo que enseñan los modernistas acerca de nuestros libros, tanto del Antiguo como
del Nuevo Testamento. Para apoyar sus teorías advierten que, aunque la experiencia versa sobre el
presente, puede también versar sobre algo pretérito o sobre algo futuro, ya que quien cree puede,
por medio del recuerdo, vivir en presente las cosas pasadas, o puede vivir por anticipación el
futuro. Esto explicaría el que entre los libros sagrados los haya históricos y apocalípticos.
No niegan que en estos libros Dios habla por medio del creyente, pero sólo por inmanencia
o permanencia vital. Por tanto afirman que la inspiración no se distingue de aquel impulso
general que el creyente siente de manifestar su fe de palabra o por escrito, excepto por su
mayor vehemencia. Algo parecido a la inspiración poética.
Los modernistas añaden que no hay nada en estos libros que carezca de esta inspiración,
por lo cual se podría pensar que son más ortodoxos que quienes reducen el alcance de la
inspiración, como aquellos que hablan de citas tácitas. Pero es un mero juego de palabras que
conduce al engaño, pues si consideramos la Biblia de acuerdo al agnosticismo como algo humano
hecho por los hombres para los hombres aunque pueda calificarse de divina por inmanencia 33 ,
no existe motivo para restringir tal inspiración. Por cierto que en ese concepto modernista de
inspiración no queda nada del sentido católico.

LA IGLESIA
Es abundante la materia que la escuela modernista ofrece en lo que se refiere a la Iglesia.
Empiezan por decir que surgió por dos necesidades: una la necesidad que tiene cualquier
creyente, especialmente quien ya ha tenido una primera y singular experiencia, de comunicar su
experiencia a los demás; y cuando ya la fe se ha comunicado entre varios, surge la necesidad que
siente la colectividad de formar un grupo 34 y de defender, incrementar y propagar el
patrimonio común. Por lo tanto, la Iglesia es el fruto de la conciencia colectiva o de la unión
de las conciencias singulares, que en virtud de la permanencia vital están ligadas a un primer
creyente, en el caso de los católicos a Cristo.
Ahora bien, toda sociedad necesita una autoridad que dirija a sus componentes hacia el
fin común [1] y coordine con prudencia todos los elementos que contribuyen a su cohesión,
elementos que en una sociedad religiosa son la doctrina [2] y el culto [3]. De aquí se deriva en la
Iglesia católica una triple autoridad: la disciplinar, la dogmática y la litúrgica.
La naturaleza de esa autoridad depende de su origen, y de la naturaleza se deducen los
derechos y los deberes. Antiguamente fue un error común considerar que la autoridad en la
Iglesia había venido desde fuera: en concreto, directamente de Dios; por eso se la
consideraba como autocrática. Ahora esto ya está superado. Del mismo modo que la Iglesia ha
procedido de las conciencias de la colectividad, la autoridad emana vitalmente de la misma Iglesia.
Por consiguiente, igual que la Iglesia, también la autoridad brota de la conciencia
religiosa y está subordinada a ésta; si tal subordinación desaparece, se convierte en una
autoridad tiránica. Vivimos una época en que el sentido de la libertad ha alcanzado su punto más
alto. En la sociedad civil, la conciencia pública impuso la democracia, y el hombre no tiene más

33
[Recordemos: inmanencia de un sentimiento que, o llamamos divino porque versa sobre una necesidad del hombre a
la que damos ese nombre, o porque como creyentes afirmamos –sin razones– que hay algo divino que lo motiva].
34
[Todo esto podemos entenderlo mejor concretizándolo a la luz de lo que sabemos de las “sectas”, que se forman,
ellas sí, en un todo de acuerdo a estos principios subjetivos: un iluminado, una propagación, un sentimiento colectivo].
San Pío X Pascendi 13
que una conciencia como sólo tiene una vida. Por tanto, si no se quiere provocar un conflicto en la
conciencia del hombre, la autoridad de la Iglesia debe adoptar un régimen democrático, tanto más
cuanto que si no lo hace así, camina hacia su propia destrucción. Sería locura pensar que en el
proceso actual hacia la libertad pueda haber un regreso. Si se le pretende coaccionar o frenar por la
fuerza, este proceso lo arrastrará todo con violencia, incluida la Iglesia y la religión.
Así discurren los modernistas, afanándose por encontrar los medios que concilien la
autoridad de la Iglesia con la libertad de los creyentes.

LA IGLESIA Y EL ESTADO (Autoridad Disciplinar)


No sólo dentro de sí misma tiene la Iglesia gente con quien conviene que se entienda
amistosamente, sino también fuera. No está sola en el mundo; hay otras sociedades con las que es
inevitable estar en contacto. Por ello es preciso determinar también cuáles deben ser sus derechos
y sus deberes con respecto a las sociedades civiles; pero esto se ha de hacer de acuerdo con la
definición que los modernistas nos han dado de la Iglesia.
Para ello emplean las mismas reglas que ya les han servido para vincular la ciencia y la fe.
Allí se hablaba de objetos, aquí de fines. Igual que la fe y la ciencia son distintas entre sí por razón
del objeto, también el Estado y la Iglesia son ajenos el uno al otro por los fines que persiguen: uno
temporal, otro espiritual. En un tiempo era legítimo que lo temporal estuviese subordinado a lo
espiritual y hablar de materias mixtas en las que la Iglesia intervenía como dueña y señora,
ya que se pensaba que la Iglesia había sido fundada directamente por Dios, como autor del
orden sobrenatural. Pero filósofos e historiadores rechazan ahora esta teoría. Luego hay que
separar el Estado de la Iglesia, como hay que separar al católico del ciudadano. Por tanto todo
católico, al ser también ciudadano, tiene el derecho y el deber de hacer lo que considere oportuno
para conseguir el bien de la sociedad al margen de la autoridad de la Iglesia, sin tener en cuenta los
deseos y consejos de ésta, e incluso sin hacer caso de sus amonestaciones. Indicar con cualquier
pretexto cuál tiene que ser la manera de actuar de un ciudadano es un abuso por parte de la
autoridad eclesiástica, que debe ser rechazado con toda energía.
Los principios de donde provienen todas estos errores son los que nuestro Predecesor
Pío VI, condenó ya solemnemente en la Constitución apostólica Auctorem fidei 35 .
Pero no se contenta la escuela modernista con separar así el Estado de la Iglesia: Del
mismo modo que la fe debe someterse a la ciencia de lo fenomenológico, la Iglesia debe
someterse al Estado en los asuntos temporales [aún religiosos]. Aunque no siempre lo afirman
abiertamente, deben admitirlo por un razonamiento lógico: Admitido que sólo el Estado puede
intervenir en las cosas temporales, si un creyente no se satisface solamente con los actos internos
de religión y quiere llevar a cabo algún acto externo, como por ejemplo la administración o la
recepción de los Sacramentos, esto cae necesariamente bajo la potestad del Estado. Y puesto que
la autoridad eclesiástica no se ejerce sino por medio de actos externos, quedará en todo
sometida al dominio del Estado. Muchos protestantes liberales, obligados por la fuerza de esta
conclusión, suprimen todo culto sagrado externo y toda sociedad religiosa externa, tratando de
introducir lo que llaman religión individual.
Y si hasta estos extremos no llegan todavía los modernistas, sí pretenden que por el
momento al menos la Iglesia se adapte a las formas civiles. Y esto es lo que proponen en lo que
hace referencia a la autoridad disciplinar.

35
(2) «La proposición que afirma: La potestad ha sido dada por Dios a la Iglesia para comunicarla a los Pastores,
que son sus ministros, en orden a la salvación de las almas; cuando es entendida de modo que de la comunidad de los
fieles se deriva en los Pastores el poder del ministerio y régimen eclesiástico, es herética» (Dz 1502). (3) «Además, la
que afirma que el Pontífice Romano es cabeza ministerial, explicada de suerte que el Romano Pontífice, no de Cristo
en la persona de San Pedro, sino de la Iglesia recibe la potestad de ministerio, por la que tiene poder en la Iglesia
universal como sucesor de Pedro, vicario de Cristo y cabeza de toda la Iglesia, es herética» (Dz 1503).
San Pío X Pascendi 14
EL MAGISTERIO (Autoridad doctrinal)
En cuanto a la autoridad doctrinal y dogmática son mucho peores y más nocivos sus
puntos de vista. Así, respecto del Magisterio de la Iglesia, afirman que la sociedad religiosa no
puede de ninguna manera tener unidad eclesial, si todos sus miembros no tienen una misma
conciencia y no utilizan una misma fórmula. Pero la unidad de conciencia y de fórmula exigen una
unidad de inteligencia que sea quien fije la fórmula que mejor responda a la conciencia común, y
que también revista la autoridad necesaria para imponer a la comunidad esa fórmula establecida.
En esta convergencia de la inteligencia que define la fórmula y de la autoridad que la impone,
sitúan los modernistas la noción de magisterio eclesiástico. Como en definitiva el magisterio
nace de las conciencias singulares, y como por el bien de esas mismas conciencias detenta el
cargo público, resulta que es en todo dependiente de ellas y debe someterse a las formas
populares. Por lo tanto, será abuso y no uso de la autoridad concedida para el provecho de todos,
el prohibir que los individuos expresen con libertad los impulsos que sienten y el poner obstáculos
a la crítica que impulsa al dogma hacia las necesarias evoluciones.
En el ejercicio de la autoridad pues, se ha de emplear moderación y templanza. Condenar y
prohibir un escrito cualquiera sin conocimiento del autor y sin dar ninguna explicación ni
someterlo a discusión, raya en la tiranía. Habrá que encontrar una fórmula intermedia para respetar
los derechos de la autoridad y los de la libertad. Por su parte, el católico debe actuar de manera que
en público respete a la autoridad, pero sin dejar por ello de seguir su propia inspiración.
La postura general que imponen a la Iglesia es ésta: puesto que la autoridad eclesiástica
sólo ha de referirse al fin espiritual, hay que suprimir cualquier manifestación externa que la
haga aparecer con demasiada magnificencia, negando así que si bien la religión se refiere al
espíritu, no se agota en el espíritu, y que la honra que se tributa a la autoridad de la Iglesia
recae sobre Cristo, que es su Fundador.

LA EVOLUCIÓN RELIGIOSA
Para completar la exposición de esta materia acerca de la fe y de sus fuentes, nos queda ver
la explicación que los modernistas dan al desarrollo de una y otras. Parten de un principio
general: en una religión viva no hay nada invariable y, por tanto, que no deba ser variado.
Arrancando de aquí, llegan a lo que es casi el punto más importante de su doctrina: la
evolución. Por tanto el dogma, la Iglesia, el culto sagrado, los libros santos, incluso la fe misma,
tienen que someterse a las leyes de la evolución si no quieren fenecer. No es de extrañar esta
afirmación, teniendo en cuenta lo que los modernistas enseñan sobre cada una de estas cosas.
Establecida esta ley, los modernistas nos describen la manera en que la evolución se
realiza, comenzando por la fe: La forma primitiva de la fe era rudimentaria y común a todos los
hombres, ya que brota de la misma naturaleza humana y de la vida del hombre. La evolución vital
la hizo progresar, no con añadiduras externas sino porque el sentimiento religioso iba penetrando
cada vez más la conciencia. Este progreso se produce de dos maneras: una negativa rechazando
cualquier elemento extraño, como podría ser el que viniera de la familia o de la nación; otra
positiva con el refinamiento intelectual y moral del hombre, que provoca una más amplia y lúcida
noción de lo divino haciendo más elevado el sentimiento religioso. Las causas de este progreso
en la fe son las mismas de su origen, ya citadas. A estas causas hay que añadir determinados
hombres –a los que llamamos profetas y entre los cuales el más eminente es Cristo–, ya sea
porque en su vida y en sus palabras manifestaban algo que la fe atribuía a la divinidad, o bien
porque tuvieron experiencias inéditas, que respondían a las necesidades religiosas de su tiempo.
El dogma progresa de manera principal porque hay que superar obstáculos puestos a la fe,
hay que vencer a los enemigos y refutar a los contradictores. A esto se debe añadir un continuado
esfuerzo para profundizar en los misterios que la fe contiene. Así sucedió en Cristo: ese algo
divino que la fe reconocía en El, fue tomando cuerpo insensiblemente, poco a poco, hasta
llegar a ser considerado Dios.

San Pío X Pascendi 15


Por lo que se refiere a la evolución del culto, lo más importante que hay que tener en
cuenta es la necesidad de adaptarse a las costumbres tradicionales de los pueblos; y también
hay que aprovechar la eficacia que algunos actos han recibido por el uso.
Por último, la exigencia de que en la Iglesia haya una evolución, surge de la necesidad de
estar en armonía con las circunstancias históricas y con las formas de los regímenes civiles.
Esto es lo que dicen sobre cada uno de estos puntos. Conviene tomar buena nota de esta
doctrina de las necesidades o indigencias, pues es la base y el fundamento de todo lo que
llevamos visto y de su famoso método, que ellos denominan histórico.

PROGRESO Y TRADICIÓN
Es de advertir que, si bien las indigencias o necesidades empujan hacia la evolución,
llevarían más a la ruina que al progreso, si se las dejara actuar libremente, ya que con facilidad
traspasarían los límites de la tradición, cortando así la conexión con su principio vital 36 . Por eso,
según los modernistas, la evolución proviene del conflicto de dos fuerzas contrarias: una que
impulsa hacia el progreso, otra que tiende a conservar la tradición. La fuerza conservadora se
manifiesta en la autoridad religiosa tanto de derecho, ya que es propio de la autoridad mantener la
tradición, como de hecho, pues la autoridad se halla fuera de las contingencias de la vida y no se
siente urgida a promover el progreso. Por el contrario la fuerza progresiva vive y se agita en las
conciencias de los individuos, que responde a las indigencias íntimas, especialmente en aquellos
que están en más íntimo contacto con la vida, como dicen. Y aquí asoma esa doctrina perniciosa
que furtivamente introduce a los laicos como elemento de progreso en la Iglesia.
De la combinación de estas dos fuerzas, la conservadora y la progresiva, es decir de la
conjugación de la autoridad y las conciencias individuales, nace el progreso y los cambios. Las
conciencias de los individuos, o al menos algunas de ellas, actúan sobre la conciencia colectiva, y
ésta sobre quienes detentan la autoridad y les obligan a pactar y a mantener lo pactado.

ACTITUD DE LOS MODERNISTAS


Se comprende ahora por qué los modernistas se extrañan de que se les llame la atención o
se les castigue. Las culpas que se les reprocha para ellos son el cumplimiento de un deber
religioso. Nadie mejor que ellos conoce las necesidades de las conciencias, pues tienen un acceso
más directo a ellas que la misma autoridad eclesiástica. En realidad, ellos reúnen en sí todas esas
necesidades, por eso se sienten en la obligación de hablar y escribir públicamente. Que la
autoridad los castigue si quiere, ellos obran en conciencia, y están íntimamente convencidos de
que merecen alabanzas y no castigo. Consideran que no se puede progresar sin luchas y que no hay
luchas sin víctimas; están dispuestos a ser ellos las víctimas, como lo fueron los profetas y Cristo.
Y tampoco guardan rencor hacia la autoridad que los castiga, pues reconocen que cumple con su
papel. Se lamentan de que no se les escuche y así se retrase el “progreso” de las almas, pero con
toda seguridad llegará el momento de acabar con esta tardanza, ya que las leyes de la evolución se
podrán refrenar pero no se pueden eliminar. Continúan pues en el camino emprendido, insisten
aunque sean amonestados y condenados, disimulando su increíble audacia bajo una máscara de
humildad. Hacen como que bajan la cabeza, pero en sus hechos y en sus intenciones continúan con
mayor osadía la tarea que comenzaron. Obran así deliberada y arteramente, porque están
convencidos de que no hay que destruir la autoridad sino estimularla, y porque quieren
permanecer en la Iglesia, para ir cambiando paulatinamente la conciencia colectiva, sin caer
en cuenta de que al decir esto están reconociendo que la conciencia colectiva no concuerda
con ellos, y por lo tanto no tienen derecho a erigirse en intérpretes de la misma.
Así pues, para la doctrina y las maquinaciones de los modernistas no debe haber nada
estable ni inmutable en la Iglesia. Han tenido unos antecedentes en aquellos de quienes escribía

36
[El cambio se erigiría en un principio en sí mismo, con motivaciones propias que serían ajenas al hecho religioso].
San Pío X Pascendi 16
Nuestro Predecesor Pío IX: «Estos enemigos de la divina revelación, prodigan grandes
alabanzas al progreso humano y querrían, con temeraria y sacrílega osadía, introducirlo en la
Iglesia, como si la religión no fuese obra de Dios, sino de los hombres, o un invento de la
filosofía que admita un perfeccionamiento por medios humanos» 37 .

EL MODERNISMO NO ES NOVEDAD
En cuanto a la revelación y al dogma no hay ninguna novedad en la doctrina modernista;
dicen lo que ya condenó Pío IX en el Syllabus: «La revelación divina es imperfecta y, por tanto,
está sujeta a un continuo e indefinido progreso, correspondiente al de la razón humana» 38 . En el
Concilio Vaticano se condenó esto mismo más solemnemente: «La doctrina de la fe, que Dios
reveló, no está propuesta como un invento de la filosofía, que se pueda perfeccionar por el ingenio
humano, sino como un depósito divino entregado a la esposa de Cristo, y ha de ser fielmente
custodiada e infaliblemente declarada. Por esto, los dogmas sagrados han de ser mantenidos
para siempre en el sentido declarado una vez por la Santa Madre Iglesia, y nunca hay que
apartarse de ese sentido con el pretexto de hacerlos más inteligibles» 39 . Con esto no se ponen
trabas al desarrollo de nuestros conocimientos, incluido el conocimiento de la fe, sino que se les
presta una ayuda y se les estimula; por eso el mismo Concilio Vaticano continúa: «Crezca, pues, y
avance hasta lo indecible la inteligencia, la ciencia, la sabiduría de los individuos y de todos, la
de un solo hombre y la de toda la Iglesia; mas sin salirse de su terreno, es decir, en el mismo
dogma, en el mismo sentido, con la misma formulación» 40 .
Después de haber estudiado al modernismo filosófico, al religioso y al teológico, nos resta
considerar su historiografía, su crítica, su apologética y su afán reformador.

4. LA HISTORIOGRAFÍA Y LA CRÍTICA MODERNISTA

Aquellos modernistas que se dedican a la investigación histórica ponen gran empeño en no


ser tomados por filósofos e incluso confiesan no saber de filosofía. Obran así para evitar que se los
considere imbuidos de prejuicios filosóficos y, por consiguiente, carentes de objetividad 41 . Pero lo
cierto es que la historia y la crítica que hacen rezuman filosofía; todas las conclusiones a que
llegan están deducidas por raciocinio lógico de los principios de su filosofía. Lo cual es
evidente para cualquiera que lo analice con detenimiento.

LA MECÁNICA DE LA "TRANSFIGURACIÓN" Y LA "DESFIGURACIÓN"


Las tres reglas de estos historiadores o críticos modernistas son los mismos principios que
atribuíamos a su filosofía: el agnosticismo, la teoría de la transfiguración de las cosas por medio
de la fe, y el que hemos llamado de la desfiguración. Veamos las conclusiones a que llega cada
uno de estos principios, en el campo de la historia.
Para el agnosticismo la historia versa, como la ciencia, solamente sobre fenómenos. Por
consiguiente, tanto la intervención de Dios como cualquier otra intervención sobrenatural,
pertenecen al campo de la fe, pues sólo a ella se refieren. Así pues, si algo hay que conste de
los dos elementos, el divino y el humano, como Cristo, la Iglesia, los Sacramentos y todo lo
que se deriva de ellos, hay que dividir y distribuir, adjudicando lo humano a la historia y lo
divino a la fe. Es, por tanto, corriente entre los modernistas distinguir entre el Cristo de la

37
Encíclica Qui pluribus, 9 de Noviembre de 1846.
38
Syllabus, proposición 5.
39
Constitución Dei Filius, capítulo 4.
40
Loc. Cit.
41
[E.d., pretenden abstraerse de la filosofía, pero desde el comienzo de su tarea obran de acuerdo con los mismos
principios que esta profesa, como si fueran principios evidentes y no propuestos explícitamente].
San Pío X Pascendi 17
historia y el Cristo de la fe, la Iglesia de la historia y la Iglesia de la fe, los Sacramentos de la
historia y los Sacramentos de la fe, y así sucesivamente.
Pero no se puede perder de vista que el elemento humano mismo, que el historiador
reclama para sí tal como aparece en los documentos, ha sido elevado por la fe por encima de las
condiciones históricas mediante la transfiguración. Por eso importa quitar estas añadiduras puestas
por la fe y recluirlas al ámbito de esa fe. Así por ejemplo en el caso de Cristo, quitar todo lo que
supera su condición humana, tanto en lo natural psicológico como en lo que se refiere al lugar y al
tiempo en que vivió. Además y en virtud del tercer principio, hay que cribar aún lo que no se sale
de la esfera de la historia y eliminar, remitiéndolo a la fe como desfiguración, todo lo que no está
en armonía con la lógica de los hechos, como dicen, o no es adecuado a las personas. Así, afirman
que Cristo no dijo las cosas que estaban por encima de la inteligencia de las masas y eliminan de la
historia real, remitiéndolas a la fe, todas las alegorías que aparecen en sus discursos. ¿En virtud de
qué ley se hace esta discriminación? En virtud de la manera de ser del hombre, de su condición
social, de su educación, de las circunstancias que le rodean; en una palabra, en virtud de una
norma meramente subjetiva. Intentan identificarse con la persona de Cristo, ponerse en su lugar, y
le atribuyen lo que ellos habrían hecho de hallarse en sus circunstancias.

LA HISTORIA "REAL" Y LA HISTORIA "DE LA FE"


En definitiva: de una manera a priori y en virtud de unos principios filosóficos, que niegan
profesar, afirman que en la “historia real” Cristo no es Dios ni hizo nada divino, y como
hombre, sólo llevó a cabo y sólo dijo lo que ellos consideran que llevó a cabo y dijo de
acuerdo con el tiempo en que vivió.
La crítica modernista separa los datos históricos según dos conceptos: Lo que queda
después de la triple manipulación que hemos expuesto pertenece a la historia real, el resto
pertenece a la historia de la fe o historia interna. Estas dos historias son claramente distintas entre
sí; y hay que advertir que la historia de la fe se opone a la historia real en cuanto real. De ahí
que haya dos Cristos, como ya dijimos: uno el Cristo real, otro el Cristo que nunca existió pero
pertenece a la fe; uno que vivió en un determinado tiempo y lugar, otro que sólo se encuentra en
las piadosas especulaciones de la fe, por ejemplo el Cristo que Juan nos presenta en su Evangelio,
que solamente contiene especulaciones de fe.

CÓMO ELABORAN LA HISTORIA


Pero existe aún otra influencia a priori de la filosofía sobre la historia, pues una vez
distribuidos los datos en los dos grupos citados, le cabe a ello el dogma de la inmanencia vital,
según el cual todo lo que hay en la historia de la Iglesia surge de una experiencia o impulso íntimo.
Y como esto tiene su causa en la necesidad o indigencia y el hecho no se puede dar antes que
la necesidad, luego el hecho es históricamente posterior a la necesidad. Se debe analizar los
documentos –tanto los que contienen los libros santos como los obtenidos de cualquier otra
fuente– y confeccionar un catálogo con las necesidades que fueron surgiendo en la Iglesia respecto
al dogma, al culto y a todo lo demás. Con este catálogo el crítico va distribuyendo por épocas los
datos concernientes a la historia de la fe, de manera que cada uno se corresponda con su época sin
perder de vista que la necesidad es anterior al hecho y que el hecho es anterior a la narración del
mismo. En todo caso, la regla fija es que la datación de cada documento debe determinarse
sólo según la fecha en que surgió la necesidad correspondiente en la Iglesia 42 .

42
[No hay Principio Divino que la haya podido prever y actuado en la historia con anterioridad; o posibilidad de que
se hubiera tomado conciencia del problema con posterioridad y se descubriese su solución ya contenida en el hecho
Divino (v.gr. la divinidad del Hijo y el Espíritu Santo y así la Santísima Trinidad definida en Nicea, no lo descubrió la
reflexión sobre la fe como algo preexistente y recibido, sino que lo creó la necesidad; cualquier referencia en
documentos anteriores, en realidad habrá sido añadida con posterioridad)].
San Pío X Pascendi 18
Finalmente habría que distinguir entre el comienzo de un hecho y su desarrollo, ya que lo
que puede nacer en un día no se desarrolla sino a lo largo del tiempo. Por esta razón, el crítico
deberá tomar los documentos ya ordenados por épocas y distinguir en ellos lo que corresponde al
origen de los hechos y lo que corresponde a su desarrollo. Y esto lo hará nuevamente conforme a
un principio filosófico: la ley de la evolución verificada a través de las fuerzas contrapuestas 43 .
Para ello investiga detenidamente las circunstancias por las que la Iglesia ha atravesado en cada
momento, por un lado su capacidad conservadora y por otro las necesidades internas y externas
que la han impulsado al progreso, así como los obstáculos que se fueron presentando; en una
palabra, ha de analizar de qué manera se observaron las leyes de la evolución.
Ahora bien ¿la historia resultante es obra de historiador o de crítico? En verdad de ninguno
de ellos, sino obra de filósofo, pues todo se ha hecho en base a aprioris filosóficos. Y por cierto,
aprioris llenos de errores. Causan verdadera lástima estos hombres, que el Apóstol incluiría entre
aquellos de los cuales afirma: «Se extraviaron con sus propios pensamientos y su insensato
corazón se entenebreció; jactándose de sabios se convirtieron en necios». Y es indignante verles
acusar a la Iglesia de manipular los documentos y acomodarlos para hacerlos hablar en su favor,
pues atribuyen a la Iglesia aquello de lo que claramente les acusa su propia conciencia.

LA "EVOLUCIÓN VITAL" DE LOS LIBROS SAGRADOS


De lo dicho, el modernismo concluye que es preciso admitir la evolución vital de los
libros sagrados, por fuerza del desarrollo de la fe y en armonía con este desarrollo, de
acuerdo a sus leyes interpretadas a la manera modernista. Y pretenden que las huellas de esta
evolución son tan claras que se puede escribir su historia, y de hecho la escriben, con tanta
seguridad que no parece sino que están viendo con sus propios ojos a cada uno de los escritores
que en cada momento pusieron sus manos en los libros sagrados para ampliarlos. Para confirmarlo
se valen de la crítica textual, y se esfuerzan por persuadir que tal o cual hecho no está en el lugar
que le corresponde, y cosas semejantes.
Quien los oiga hablar de sus investigaciones sobre los libros sagrados, en los que les es
dado descubrir tantas incongruencias, podría creer que nadie antes que ellos ha ojeado siquiera
esos libros que en verdad una multitud de doctores muy superiores por ingenio, erudición y
santidad ha escudriñado en profundidad. Y por cierto que esos sabios doctores estaban tan lejos de
censurar las Sagradas Escrituras que, mientras más las estudiaban, más motivos encontraban para
dar gracias a Dios porque así se ha dignado hablar con los hombres.
Nos parece haber dejado en claro cuál es el método histórico-crítico de los modernistas,
siempre partiendo de su filosofía, continuando con la historia, y luego con la crítica interna
primero y la crítica textual después. Y como es propio de la primera causa comunicar su cualidad a
las siguientes, es evidente que no es esa una crítica cualquiera, sino que se la debe llamar
agnóstica, inmanentista y evolucionista, y quien la profesa y usa, profesa los errores que lleva
implícitos y contradice la doctrina católica. Por eso sorprende que pueda haber entre los
católicos quien sea partidario de esta clase de crítica, pero ello se debe a la íntima connivencia
entre estos historiadores y críticos, unidos fuertemente por encima de las diferencias de nación y
religión, por lo cual todos a una se hacen eco de lo que cualquiera de ellos dice, dándole
carácter de progreso científico y descalificando a quien pretenda analizar por sí mismo sus
afirmaciones, acusándole de ignorante si la niega pero alabándolo si la abraza y defiende.
Debido a este despótico dominio de los que yerran y a esta pusilanimidad de los que debieran
defender la fe, se ha creado un ambiente malsano que va penetrándolo todo y lo impregna de
su virus infeccioso.

43
[O sea un revisionismo histórico completamente apriorístico, e.d., distribuyendo los hechos de acuerdo a leyes
definidas previamente a la investigación de los mismos].
San Pío X Pascendi 19
5. LA APOLOGÉTICA MODERNISTA

También la apologética modernista depende de su filosofía. De modo indirecto porque la


materia sobre la que trabaja es la historia escrita según los principios agnósticos, de modo directo
porque recibe de esa filosofía los propios dogmas y criterios. Por ello la escuela modernista afirma
que la nueva apologética debe dirimir las controversias sobre la religión por medio de
investigaciones históricas. En consecuencia, el modernista hace apologética advirtiendo a los
racionalistas que él defiende la religión no con los libros sagrados ni con los textos de historia que
la Iglesia utiliza corrientemente, escritos con métodos anticuados, sino con la “historia real”
construida con sus teorías y métodos modernos. Y no afirman esto como argumentos ad hominem,
sino porque están convencidos de que sólo en esa historia se halla la verdad. Hacen gala de
sinceridad en sus escritos, y son conocidos y elogiados entre los racionalistas como militantes de
su misma causa; y de esos elogios, que cualquier católico rechazaría, ellos se congratulan y los
ponen en contraste con las reprensiones que reciben por parte de la Iglesia.

SU MÉTODO APOLOGÉTICO. ARGUMENTO “OBJETIVO”


Examinemos cómo construye su apología el modernismo: El fin que se propone es llevar al
hombre que todavía no tiene fe, a que alcance aquella experiencia de la religión que es, de acuerdo
a sus principios, el único fundamento de la fe. Dos caminos conducen a ello: el objetivo y el
subjetivo. El primero procede del agnosticismo, y consiste en mostrar que en la religión, y de
modo particular en el catolicismo, hay tal fuerza vital, que cualquier psicólogo o cualquier
historiador razonable han de llegar al convencimiento de que en su historia hay necesariamente
algo desconocido. Para esto es necesario demostrar que la religión católica actual es exactamente
la misma que fundó Cristo, es decir, el progresivo desarrollo de la semilla que Cristo plantó. Por
tanto, en primer lugar hay que determinar cuál es esa semilla, lo cual se puede expresar con la
siguiente fórmula: Cristo anunció la venida del reino de Dios, que en breve sería constituido y
del que Él sería el Mesías, esto es, el realizador y el que lo gobernaría por mandato divino.
A continuación hay que demostrar por qué esa semilla, siempre inmanente y permanente en
la religión católica, se fue desarrollando insensiblemente al paso de la historia y se adaptó a las
diversas circunstancias, extrayendo de éstas vitalmente lo que le era de provecho en las formas
doctrinales, culturales y eclesiásticas; y todo ello al mismo tiempo que superaba obstáculos,
luchaba contra los adversarios y sobrevivía a las persecuciones y a las luchas. Si después de haber
demostrado todo esto –obstáculos, adversarios, persecuciones, luchas, lo mismo que la fecundidad
de la Iglesia–, resultare que, aunque en la historia de la Iglesia aparezcan claras las leyes de la
evolución, no basten con todo para explicar plenamente la misma historia, entonces se nos aparece
y se nos ofrece espontáneamente lo desconocido.
Al afirmar esto no advierten que en todo su razonamiento el punto de partida es un
producto del apriorismo de la filosofía agnóstica y evolucionista, y que la misma definición
de ese principio es gratuita y elaborada según conviene a los propósitos de la misma.

EXPLICACIÓN APOLOGÉTICA DE LA ESCRITURA Y EL DOGMA


Mientras por una parte los nuevos apologistas se esfuerzan en afirmar y defender la religión
católica, por otra, aceptan y conceden que hay en ella muchas cosas que pueden ofender los
ánimos. Inclusive y no sin cierta satisfacción, afirman explícitamente que aún en el aspecto
dogmático se dan errores y contradicciones, aunque añaden que esos errores no sólo son
justificables, sino que se produjeron justa y legítimamente, afirmación que no puede menos que
causar asombro. Igualmente sostienen que en los libros sagrados hay muchas cosas equivocadas.
En estos libros no se trata de cuestiones científicas o históricas, sino sólo de religión y de
costumbres, la ciencia y la historia no son en este caso más que la envoltura con la que las
experiencias religiosas y morales se presentan para una más fácil difusión entre el pueblo, el cual

San Pío X Pascendi 20


no sabría entenderlas de otro modo, por lo cual una ciencia o una historia más perfectas no le
serían útiles sino dañosas 44 .
Por otra parte, afirman también que los libros sagrados, como por su misma naturaleza son
libros religiosos, también tienen su verdad y su lógica propias, que son diferentes de la verdad
y la lógica racionales, e incluso de un orden distinto al de ellas, a saber, la verdad de la
adaptación y de la proporción, tanto con respecto al “medio” o ambiente en que se vive, como
con respecto al fin por el que se vive. Finalmente, llegan hasta decir sin rodeos que todo lo que
se explica por la vida es verdadero y legítimo.
Nosotros, que creemos que la verdad es una y que los libros sagrados están «escritos por
inspiración del Espíritu Santo y tienen a Dios por autor» 45 , afirmamos que decir todo lo expuesto
es tanto como atribuir a Dios una mentira útil u oficiosa y compartimos lo que dice San
Agustín: «Una vez admitida en tan alta autoridad alguna mentira oficiosa, no quedará en pie
ni una pequeña parte de esos libros, la cual –en cuanto a alguien se le antoje difícil en las
costumbres o increíbles para la fe– en virtud de esa misma regla será atribuida a mentira del
autor que persigue una finalidad concreta» 46 . La consecuencia será la que señala el mismo
Doctor: «En las Escrituras, cada cual creerá lo que quiera y no creerá lo que no quiera».
Pero la Apologética modernista va aún más allá, concediendo aún que para probar alguna
determinada doctrina, en los Libros Sagrados se encuentran argumentaciones que no tienen
ningún fundamento racional, como las que se apoyan en las profecías. Pero las admite como
recursos oratorios justificados por la vida misma. Y admite también, es más, afirma que Cristo
se equivocó manifiestamente cuando indicó el tiempo del advenimiento del reino de Dios, de lo
cual no hay por qué extrañarse, porque también El estaba sujeto a las leyes de la vida.
Por tanto debe afirmarse que los dogmas de la Iglesia están repletos de claras
contradicciones, pero aún dejando de lado que la lógica vital las permite, no van contra la
verdad simbólica, pues en ellas se trata del infinito, que tiene infinitas facetas. El
Modernismo aprueba pues y defiende estas contradicciones, ya que al Infinito no se le puede
hacer mejor honor, según ellos, que decir de él cosas contradictorias.
Pero, una vez admitida la contradicción ¿qué no se podrá legitimar?

LOS ARGUMENTOS “SUBJETIVOS” PARA LA FE


Aquel que después de estas razones todavía no crea, puede disponerse para la fe no sólo
con argumentos objetivos, sino también con los subjetivos. Para ello, la Apologética modernista
esgrime nuevamente la doctrina de la inmanencia vital, afirmando que en el interior del hombre y
en lo más íntimo de su naturaleza y de su vida, están ocultos un cierto deseo y una cierta exigencia
de alguna religión, y no de una religión cualquiera, sino precisamente de la católica, ya que eso es
lo que exige el pleno desarrollo de la vida.
En este punto debemos lamentar profundamente que haya también católicos que, aunque
no admiten la inmanencia como doctrina, la utilizan para la apologética; y lo hacen con tal falta de
sentido, que afirman no sólo que en la naturaleza humana hay una capacidad y una
disposición al orden sobrenatural, cosa que los apologistas católicos han admitido siempre,
sino que hay una auténtica exigencia 47 .

44
[Por supuesto que esto es defendible, al igual que lo que sigue, pero no en sentido agnóstico-modernista, como
enseña 1500 años antes San Agustín: «No obstante, esta posibilidad de adaptación ha de admitirse tan sólo cuando se
trata de cosas científicas, porque entonces el lenguaje popular, si bien falso científicamente, como a la vez expresa
mucho mejor la manifestación externa del fenómeno, se hace más inteligible y sencillo, por lo que su empleo resulta
conveniente y oportuno incluso en boca de Jesús, el cual quería transformar a sus oyentes en cristianos, y no en
matemáticos». SAN AGUSTÌN: De actis cum Felice Manichaeo, I, 10].
45
Concilio Vaticano I, De Revelatione cap. 2.
46
Epístola 28,3.
47
[E.d. una necesidad lógica por la cual la naturaleza exigiría en sí misma la destinación sobrenatural, que por el
contrario la Iglesia considera “Gracia”, o sea don gratuito de Dios].
San Pío X Pascendi 21
Sin embargo la exigencia de la religión católica la defiende el modernismo que se dice
moderado, pues aquel que llamaríamos integral afirma que en el hombre que todavía no cree está
latente el mismo germen que tuvo Cristo en su conciencia y que El transmitió a los hombres.
El método apologético del modernismo pues, se sigue plenamente de sus principios y
participa de los mismos errores que el resto de sus doctrinas; no es apto para hacer católicos sino
para conducirlos a la herejía, e incluso para destruir totalmente cualquier religión.

6. LA “REFORMA” MODERNISTA
Cuanto hemos venido diciendo muestra hasta qué punto se halla el modernismo
animado de un incontenible afán de novedades, y que este afán se extiende absolutamente a
todo lo que lleva el nombre de cristiano.
Quiere renovar la filosofía, especialmente en los seminarios, para que relegada la
escolástica a un capítulo de la historia de la filosofía, como uno de tantos sistemas ya superados, se
enseñe a los jóvenes una filosofía moderna que corresponda a nuestros tiempos.
Para renovar la teología, el modernismo pretende que aquella que llamamos racional se
fundamente precisamente en la filosofía moderna, mientras que la teología positiva debe apoyarse
en la historia de los dogmas.
Por su parte, exige que la historia se escriba y enseñe conforme a sus modernos métodos.
Acorde a ello, los dogmas y su evolución se han de armonizar con la ciencia y con la historia.
En cuanto a la catequesis, quiere el modernismo que en los libros de catecismo sólo se
incluyan los dogmas que hayan sido reformados y que estén al alcance del vulgo.
Acerca del culto, hay que disminuir las devociones exteriores y prohibir que surjan otras
nuevas. Aunque hay algunos, partidarios del simbolismo, que en esto son más tolerantes.
Exige con vehemencia que el gobierno de la Iglesia sea reformado, especialmente en sus
aspectos disciplinar y dogmático; en lo interno y en lo externo deben adecuarse a la que llama
conciencia moderna, que tiende a la democracia; por eso han de participar en el régimen de la
Iglesia el clero inferior y los laicos, repartiendo así la autoridad, que está demasiado concentrada y
centralizada. Así mismo quiere que se reformen las Congregaciones Romanas, sobre todo la del
Santo Oficio y la del Índice. También pretenden que se cambie la influencia del gobierno
eclesiástico en las cuestiones políticas y sociales, de modo que se independice de los
ordenamientos civiles, y que al mismo tiempo se adapte a ellos para imbuirlos con su espíritu.
En lo que respecta a la moral y las costumbres, las virtudes activas se han de anteponer a
las pasivas [contemplativas y especulativas] y también se han de practicar con preferencia a éstas.
Desean un clero que viva la humildad y la pobreza antiguas, pero que en sus ideas adopte
los principios modernistas. Por último, hay quienes, siguiendo de grado a los maestros
protestantes, desean que se suprima el celibato de los sacerdotes.
Como se ve, nada queda incólume en la Iglesia, que no deba ser reformado por el
modernismo y según sus ideas.

7. CONCLUSIÓN DOCTRINAL:
EL MODERNISMO ES UN VERDADERO SISTEMA DOCTRINAL

Puede que alguien piense que nos hemos extendido demasiado en la exposición de esta
doctrina modernista. Era absolutamente necesario, tanto para que no nos echen en cara que
desconocemos cuales sean sus caminos oponiéndonos a ellos sin fundamento, como para poner de
manifiesto que al hablar de “modernismo” no se habla de una serie de doctrinas vagas y
dispersas, sino de un verdadero cuerpo doctrinal, en que una vez admitido un punto,
necesariamente se han de admitir todos los demás. Esta ha sido la razón por la que hemos
adoptado un método casi didáctico, distinguiendo los diversos aspectos, doctrinas o disciplinas en
que consiste el modernismo y procediendo a explicarlos uno por uno.

San Pío X Pascendi 22


Mirando ahora este sistema en su conjunto, no causará asombro si lo definimos
llamándolo compendio de todas las herejías. Ciertamente que, si alguien se propusiera reunir en
un puñado la sustancia y la esencia de todos los errores que se han dado en la Iglesia, no lo
conseguiría mejor que como lo ha hecho el modernismo. Es más, tan lejos ha ido, que no sólo ha
destruido la religión católica, sino –como ya hemos dicho– cualquier otra religión. Por eso
cuentan con el aplauso de los racionalistas, cuyos miembros más sinceros y abiertos se felicitan de
haber encontrado en el modernismo a sus colaboradores más eficaces.

BASADO EN UN MÉTODO ABSURDO


Si volvemos a considerar la sofística doctrina del agnosticismo, esta afirma que el
hombre no puede llegar a Dios por medio de la inteligencia, pero sí puede hacerlo a través
del sentimiento y de la acción del alma misma. Este es un absurdo evidente, pues el
sentimiento del ánimo es una respuesta a la impresión que nos causan las cosas propuestas, o
por el entendimiento o por los sentidos externos. Por tanto, si se suprime el entendimiento, el
hombre, que ya es dado a seguir a los sentidos, irá tras ellos con aún mayor avidez.
Todas las fantasías acerca del sentimiento religioso no son capaces de anular el sentido
común, el cual nos enseña que cualquier perturbación o preocupación del ánimo no sólo no nos
sirve de ayuda para indagar la verdad, sino que son otros tantos obstáculos para lograrlo. Por
supuesto que hablamos de la verdad en sí, porque esa otra “verdad subjetiva” producto del
sentimiento interno y de la acción, si bien sirve para hacer juegos de palabras y distraerse con ellos
del verdadero problema, no le aprovecha en nada al hombre: Lo que el hombre quiere saber, es si
fuera de él mismo hay un Dios, en cuyas manos caerá más tarde o más temprano.
Para ayudarse en tarea tan ardua, acuden al auxilio de la experiencia, mas ésta nada
añade al sentimiento o estado anímico: Sólo sirve para hacer más vehemente al sentimiento
mismo, aumentando proporcionalmente la convicción acerca de la realidad del objeto. Pero a pesar
de ello el sentimiento no cambia su naturaleza, sigue siendo sentimiento y sujeto siempre al
engaño si no es gobernado por la inteligencia: al contrario, su naturaleza se robustece y se
estimula, ya que mientras más intensidad tiene el sentimiento, más sentimiento es.
En todo lo que respecta al sentimiento religioso y a la experiencia que le acompaña, es
necesaria mucha prudencia y mucha doctrina que apoye a esa prudencia. Lo sabe quien tiene por
misión el trato con las almas, sobre todo con aquellas en las cuales domina el sentimiento. Esto es
lo que enseñan los libros espirituales, que aunque son despreciados por el modernismo contienen
una doctrina mucho más sólida y una agudeza de análisis más profunda que la que éste pretende.

CONDUCE AL ERROR EN LA FE
Parece pues al menos una gran impudencia, considerar como verdaderas sin ninguna
investigación las experiencias íntimas, como el modernismo propone. Por lo demás, es claro a
todo hombre que el sentimiento y la experiencia no podrán nunca convencer a la razón para llegar
a un conocimiento de Dios. Esta vía pues, sólo lleva al ateísmo y a la negación de la religión.
Tampoco puede el modernismo ofrecer mejores resultados con la doctrina del simbolismo.
Pues si todo elemento intelectual, como él afirma, no es más que un símbolo de Dios, también lo
será el concepto mismo de Dios o de la personalidad divina; y si esto es así se puede dudar de Dios
como persona, quedando abierto el paso al panteísmo.
A un puro y descarnado panteísmo conduce también la doctrina de la inmanencia divina.
Debemos preguntarnos si en definitiva esa inmanencia distingue al hombre de Dios, o no. Si lo
distingue, ¿en qué se diferencia de la doctrina católica, o por qué no admite la doctrina de la
revelación externa [de ese Dios distinto del hombre]? Pero si no los distingue, es propiamente
panteísmo. Ahora bien, el modernismo propone y afirma que todo fenómeno de conciencia, como
el sentimiento y la experiencia de Dios, procede del hombre en cuanto hombre. Luego, se debe
concluir lógicamente que Dios es una sola cosa con el hombre; de donde se sigue el panteísmo.

San Pío X Pascendi 23


Por último, la distinción entre ciencia y fe que proclama el modernismo llega a la misma
conclusión: Ponen el objeto de la ciencia en la realidad de lo cognoscible y el objeto de la fe, por
el contrario, en lo incognoscible, y lo incognoscible es el resultado de la falta de adecuación ente
el objeto y el intelecto. Ahora bien, esta falta de adaptación o proporción nunca se podrá evitar, ni
aún con la doctrina de los modernistas; por tanto lo incognoscible será siempre incognoscible, y
ello no menos para el creyente que para el filósofo. Por consiguiente, si existe alguna religión, será
una religión de la realidad incognoscible. Y esta realidad podría ser perfectamente el alma del
mundo, como admiten algunos modernistas, desembocando nuevamente en el panteísmo.
Ahora bien, afirmar que Dios se identifica con el mundo, no es otra cosa que negar su
existencia, por lo cual basta con lo dicho para mostrar claramente cuántos son los caminos
por los que la doctrina modernista conduce al ateísmo y a la abolición de toda religión.

CAUSAS Y REMEDIOS

CAUSAS DEL MODERNISMO


No cabe duda de que la causa próxima e inmediata del modernismo se encuentra en el
extravío de la inteligencia. Como remotas vemos dos causas morales: la curiosidad y la soberbia.
De las causas que tienen su origen en la inteligencia, la más importante es la ignorancia.
Pretendiendo el primado en la sabiduría, el modernismo pregona la filosofía moderna y desprecia
la escolástica; pero sus seguidores se han afiliado a aquélla no tanto por haberse admirado de sus
artificios presuntuosos, como porque a causa de su ignorancia acerca de la escolástica carecían de
argumentos para suprimir la confusión y refutar los sofismas.
Entre las causas morales la curiosidad, si no se la domina, basta por sí sola para explicar
cualquier error. Con razón escribía nuestro Antecesor Gregorio XVI: «Es muy lamentable ver
hasta dónde llegan los delirios de la razón humana cuando está hambrienta de novedades y cuando
en contra de la advertencia del Apóstol, quiere saber más de lo que conviene a su naturaleza saber,
creyendo con excesiva confianza en sí misma, que debe buscar la verdad fuera de la Iglesia
católica, donde se encuentra sin la más leve sombra de error» 48 .
Pero mucho más eficaz para ofuscar el espíritu y hacerlo caer en el error es la soberbia,
que en la doctrina del modernismo está como en su casa, de ella saca todo su alimento y en ella se
disfraza de todas las formas posibles. Por soberbia adquieren tal confianza en sí mismos, que
llegan a creer que son la norma universal y como tal se presentan. Por soberbia se vanaglorian
como si fueran los únicos que poseen la sabiduría, y dicen atrevidos e infatuados: no somos como
los demás hombres 49 ; y para no ser comparados con los demás se abrazan a cualquier novedad, por
muy absurda que sea. Por soberbia rechazan toda obediencia y tienen la pretensión de que la
autoridad se acomode a la libertad. Por soberbia, olvidando los propios defectos sólo piensan en
reformar a los demás, sin respeto a ninguna clase de autoridad, incluida la autoridad suprema. En
verdad que no hay camino más breve y más rápido hacia el error que la soberbia. Si algún católico,
seglar o sacerdote, se olvida del precepto de la vida cristiana que nos manda negarnos a nosotros
mismos si queremos seguir a Cristo, y no arranca de su corazón el orgullo, está tan proclive como
el que más a abrazar los errores modernistas.
Por esta razón, Venerables Hermanos, es necesario que nuestro primer deber sea resistir a
los hombres orgullosos, encomendándoles las tareas más oscuras, para que de ser posible ganen en
humildad, y para que desde un puesto humilde tengan menos posibilidades de hacer daño.
Además, examinad cuidadosamente a los candidatos a las órdenes sagradas, y si descubrís alguno
que tenga espíritu de soberbia, apartadlo con energía del sacerdocio. ¡Ojalá se hubiese hecho esto
siempre con la vigilancia y la constancia que eran menester!

48
Gregorio XVI: Carta Encíclica Singulari Nos
49
[Cf. Lc 18, 11].
San Pío X Pascendi 24
OBSTÁCULOS A SU DESARROLLO
Así como la ignorancia sobre el método escolástico de filosofar es causa de la difusión del
Modernismo, su conocimiento es para él un escollo insalvable. Por eso la convierte en objeto de un
contínuo escarnio y desprecio. No hay mayor síntoma de que alguien empieza a inclinarse hacia
las doctrinas modernistas que verle despreciar al método escolástico. Por eso condena Pío IX la
proposición que dice: «El método y los principios con los que los antiguos doctores escolásticos
cultivaron la teología no son adecuados a las necesidades actuales ni al progreso de las ciencias» 50 .
Pone asimismo el espíritu modernista todo su empeño en desvirtuar el valor y la naturaleza
de la Tradición, para quitarle importancia y peso. Pero siempre estará en pie para los católicos la
autoridad del Concilio II de Nicea, que condenó a «quienes se atreven a despreciar las tradiciones
eclesiásticas y a maquinar novedades... o a moverse siniestra y astutamente para derrumbar
cualquiera de las legítimas tradiciones de la Iglesia católica». Y permanecerá firme la confesión
del Concilio IV de Constantinopla: «Profesamos observar y custodiar las normas que han dado a la
Iglesia Santa Católica y Apostólica, los santos Apóstoles, los Concilios ortodoxos universales y
locales, y cualquier Padre inspirado por Dios y maestro de la Iglesia». Por lo cual los Romanos
Pontífices Pío IV y Pío IX decretaron que en la profesión de fe se añadiera: «Acepto firmemente y
abrazo las tradiciones apostólicas y eclesiásticas, y las demás observancias y constituciones de la
Iglesia». Pero igual que de la Tradición piensa el modernismo sobre los Santos Padres de la
Iglesia. Con enorme desfachatez enseñan al pueblo que son muy dignos de veneración, pero que
tenían una ignorancia tan grande acerca de la crítica y de la historia, que sólo se les puede excusar
teniendo en cuenta el tiempo en que vivieron.
Por último, se dedica denodadamente a menoscabar y debilitar la autoridad del magisterio
eclesiástico, tergiversando su origen, su naturaleza y sus derechos, y haciéndose eco de las
calumnias que contra él levantan sus adversarios. Son aplicables las palabras que con gran dolor
escribía nuestro Predecesor: «Con el propósito de hacer odiosa y detestable a la Esposa mística
de Cristo, que es la luz verdadera, los hijos de las tinieblas tienen la costumbre de atacarla
públicamente con calumnias perversas y, tergiversando las cosas y el sentido de las palabras,
la hacen pasar por partidaria de las tinieblas, mantenedora de la ignorancia y enemiga de la
luz y del progreso de las ciencias» 51 .
Por eso no es de extrañar, que los católicos que luchan con denuedo por la Iglesia se
atraigan toda la malevolencia y el odio del modernismo. No hay ningún género de injuria que no
les lancen, y a cada momento los acusan de intolerancia y cerrazón. Si temen su erudición y su
fuerza, anulan su eficacia con una conjuración de silencio. Es un modo de actuar contra los
católicos tanto más odioso cuanto que simultáneamente no escatiman los medios para ensalzar sin
descanso a quienes están de acuerdo con ellos; acogen con grandes aplausos sus libros cargados de
novedades; a quien con mayor atrevimiento destruye lo antiguo y rechaza la tradición y el
magisterio, más propaganda la hacen como hombre sabio. Por último si la Iglesia condena a
alguno de ellos, no sólo se reúnen para alabarlo públicamente por todos los medios, sino que hasta
lo veneran unánimemente como mártir de la verdad.
Con todo este estrépito respectivamente de alabanzas y de insultos, los entendimientos de
los jóvenes se ven perturbados y confundidos y, por un lado para no ser tenidos por ignorantes, por
otra para ser considerados sabios, al mismo tiempo que alentados en su interior por la curiosidad y
por la soberbia vistas como causas, se rinden y se entregan al modernismo.
Lloramos por esa gran cantidad de jóvenes, en quienes se podían poner las esperanzas, que
hubieran podido trabajar con gran eficacia por la Iglesia, y que se han extraviado. Y lamentamos
que otros muchos, si no han llegado a ese extremo, se han corrompido contagiados por una
atmósfera insana, y piensan, hablan, escriben con un desenfado impropio de católicos. Los hay
seglares y los hay sacerdotes y hasta los hay en las órdenes religiosas.

50
Pío IX, Syllabus, proposición 13.
51
León XIII, Motu proprio Ut Mysticam, 11 mar. 1891.
San Pío X Pascendi 25
Manejan la Biblia según los principios modernistas y al escribir de historia, bajo pretexto
de imparcialidad, destacan con minuciosidad y fruición cualquier cosa que parezca manchar a
la Iglesia. Intentan con todas sus fuerzas destruir las piadosas tradiciones populares y desprecian
todo lo sagrado. Los arrastra la vanidad de que el mundo hable de ellos, y piensan que no lo
conseguirán si se limitan a decir las cosas que siempre y por todos se han dicho. Y a todo esto,
están convencidos de que están prestando un servicio a Dios y a la Iglesia; sin embargo, la verdad
es que no hacen más que daño, colaborando eficacísimamente con las maniobras del modernismo.

REMEDIOS EFICACES
En primer lugar y por lo que se refiere a los estudios, queremos que como fundamento de
los estudios sagrados se ponga la filosofía escolástica.
Ciertamente que «si hay alguna cosa tratada con excesivas sutilezas, o superficialmente
enseñada por los doctores escolásticos, si algo no concuerda con las doctrinas comprobadas
con posterioridad, o que incluso de algún modo no es probable, está lejos de nuestra
intención el proponer que hoy día se siga» 52 . Y es importante notar que, al proponer que se siga
la filosofía escolástica, nos referimos a la que enseñó Santo Tomás de Aquino. A los profesores
exhortamos a que tengan presente que abandonar al Doctor de Aquino, especialmente en
cuestiones metafísicas, nunca será sin gran perjuicio.
Puestos así los fundamentos filosóficos, se deberá proceder a levantar con todo cuidado el
edificio de la Teología. Es preciso promover con esfuerzo el estudio de la Teología, para
conseguir que se lo considere como una de las ocupaciones más gratas. «Está claro que entre las
muchas y diversas materias que se ofrecen a un espíritu ávido de la verdad, la Sagrada Teología
ocupa el primer lugar; ya los sabios antiguos afirmaban que a las demás ciencias y artes les
correspondía el papel de secundarla, como si fueran sus servidoras» 53 .
A esto hay que añadir que son dignos de elogio quienes ponen su esfuerzo en aportar
nuevo lustre a la teología positiva, guardando el respeto que se debe a la Tradición, a los
Padres y al magisterio eclesiástico, y con luces tomadas de la verdadera historia.
Ciertamente que hoy hay que tener más en cuenta que antes la teología positiva, sin que la
teología escolástica salga por ello perjudicada.
En lo que se refiere a las ciencias naturales, basta con remitirnos a lo que sabiamente dijo
Nuestro Predecesor: «Trabajad con denuedo en el estudio de las cosas naturales, pues así como
ahora causan admiración los ingeniosos inventos y las empresas llenas de eficacia de hoy día, más
adelante serán objeto de perenne aprobación y elogio» 54 . Pero todo esto sin daño de los estudios
sagrados, como también advierte nuestro Predecesor con estas serias palabras: «Si se investigan
con detenimiento las causas de estos errores, se advierte que consisten principalmente en que hoy,
cuanto con mayor intensidad se cultivan las ciencias naturales, tanto más son descuidadas las
disciplinas fundamentales y superiores; algunas incluso han caído en el olvido, otras se tratan de
un modo superficial e insuficiente, y lo que es peor, se les niega el esplendor de su dignidad,
rebajándolas con enseñanzas perversas y veleidosas opiniones» 55 . Es menester pues, que las
ciencias naturales se cultiven teniendo en cuenta estos extremos.

Es necesario tener presentes todas estas salvedades a la hora de elegir las autoridades y los
profesores de las casas de estudio y de las universidades católicas. En esto, sobre todo en la
elección de profesores, nunca será demasiada la vigilancia y la constancia; los discípulos saldrán a
los maestros. Por estos motivos, con conciencia clara de la propia responsabilidad, es preciso
actuar en ello con prudencia y con fortaleza.

52
León XIII, Encíclica Aeterni Patris.
53
León XIII, Letra Apostólica In magna, 10 dic. 1889.
54
León XIII, Alocución del 7 de Marzo de 1880.
55
Loc. cit.
San Pío X Pascendi 26
Con la misma vigilancia y exigencia se deberá conocer y seleccionar a quienes deseen ser
ordenados, manteniendo lejos de las Sagradas Órdenes el amor a las novedades. Dios ama la
humildad, pero aborrece los espíritus soberbios y contumaces.
Por último, es preciso advertir a los fieles contra los escritos modernistas exhortando a
alejarse de ellos y cuidando que no se encuentren en las librerías católicas. Esos mismos recaudos
deben tomarse con los escritos de algunos católicos, por lo demás bienintencionados, pero que
carentes de formación teológica y contagiados de filosofía moderna, se esfuerzan por armonizar
ésta con la fe, pretendiendo promover la fe por este camino. Tales escritos, que se leen sin temor
precisamente por el buen nombre y opinión de sus autores, tienen mayor peligro para inducir
paulatinamente al modernismo. Los mismos recaudos propuestos para sus libros, deben tomarse y
recomendarse con las reuniones y congresos promovidos por las mismas personalidades.
Por el contrario, debe recomendarse y promoverse vivamente la edición, difusión y lectura
de la enorme colección de autores reconocidamente sabios, piadosos y santos, que han alimentado
y alimentan a las almas sedientas de sabiduría, de virtud y santidad.

CONCLUSION

Hemos querido escribir estas cosas pensando en la salvación de todos los creyentes. Los
adversarios de la Iglesia intentarán con toda certeza aprovecharlas para renovar la ya antigua
calumnia que nos tacha de enemigos del saber y del progreso de la humanidad. Con el fin de
oponer algo nuevo a estas acusaciones, que la misma historia de la religión cristiana rechaza con
argumentos constantes, nos proponemos poner en marcha con todas nuestras fuerzas una
Institución peculiar en la que, contando con la colaboración de todos los católicos famosos por su
sabiduría, se cultiven todas las ciencias, toda la erudición, bajo la luz de la verdad católica que es
guía y maestra. Quiera Dios asistirnos para llevar a cabo este propósito, con la ayuda de todos los
que aman con amor sincero a la Iglesia de Cristo.
Mientras tanto Venerables Hermanos, depositando nuestra mayor confianza en vuestro
trabajo y esfuerzo, pedimos para vosotros con toda nuestra alma abundancia de luz del Cielo, para
que en medio de tantos peligros para las almas a causa de los errores que se infiltran por todas
partes, veáis con claridad lo que es necesario hacer y cumpláis vuestra obligación con energía y
fortaleza. Que Jesucristo, autor y consumador de nuestra fe, os asista en esta misión, así como
también la oración y el auxilio de la Virgen Inmaculada, destructora de todas la herejías.
Y Nos, como prenda de nuestro amor y del divino consuelo en la adversidad, os damos a
vosotros, al clero y a vuestro pueblo, Nuestra bendición apostólica. Dado en Roma, junto a San
Pedro, el día 8 de septiembre de 1907, año quinto de Nuestro Pontificado.

PÍO X, PAPA

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