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De la interpretación

ingenua al método
Una aproximación metodológica a la identificación de actos de habla en textos
escritos
José Félix Salazar

2008
De la interpretación ingenua al método
José Félix Salazar Cruces

Una aproximación metodológica a la identificación de actos de habla en

textos escritos1

Es notoria la popularidad que durante las últimas décadas han adquirido

los estudios del discurso dentro de las ciencias humanas y sociales. Esta popularidad

quizá se deba a que en este ámbito se le adjudica una gran utilidad al análisis

contextualizado de la lengua y los símbolos en uso, para abordar significativa y

comprensivamente aquellos fragmentos del mundo social y de la experiencia

humana que son construidos como objetos de estudio. A este respecto, se puede

afirmar que en las ciencias humanas y sociales se reconoce, cada vez con mayor

fuerza, la importancia analítica, -así como la potencia heurística y comprensiva-,

que posee prestar atención a las relaciones que construyen los actores sociales

entre sí y con el mundo social, a través del uso situado de los símbolos.

Ahora bien, este reconocimiento de la importancia del discurso como

elemento constitutivo del ámbito objetual en las ciencias humanas y de la

necesidad de su estudio y consideración como herramienta de metodológica, deja

perplejos a los investigadores que se inician en este campo, quienes a pesar de

valorar la importancia del A.D., se encuentran muchas veces desorientados

acerca de como emprender un trabajo de investigación desde una perspectiva

discursiva.

1
El texto de este artículo está basado en un trabajo de investigación titulado “El arte de influencia.
Una aproximación a los textos de autoayuda como práctica social y discursiva” (Salazar, 2005), en el
que se utilizó a los actos de habla como categoría analítica.

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De la interpretación ingenua al método
José Félix Salazar Cruces

El presente artículo es una propuesta de aproximación metodológica a la

identificación de actos de habla, los cuales constituyen, a mi juicio, una categoría y

una teoría de carácter fundacional sobre la que se basa, implícita o explícitamente,

gran parte de los estudios del discurso (cf. Blum Kulka, 2000; Fairclough,1994; van

Dijk,1977) , especialmente en su vertiente psicosocial y anglosajona (cf. Potter,

1987; Potter, 1998; Shotter, 2002). Me propongo mostrar como algunos elementos

de la gramática funcional sistémica de Halliday (2004) pueden allanarnos el

camino para lograr una identificación de los actos de habla en textos escritos. El

objetivo que persigo es mostrar una “solución” metodológica que, -sin negar la

importancia e inevitabilidad de la interpretación basada en la competencia

comunicativa y el saber preteórico que comparten los investigadores con los legos

(Habermas, 1990)-, nos permita validar2 y justificar las conclusiones

interpretativas que elaboramos en aquellas investigaciones que toman a los actos

de habla como categoría de análisis.

2
Es importante destacar la relevancia que, según Popper (1962), tiene el contexto de justificación,
sobre el contexto de descubrimiento, a la hora de establecer la validez de nuestros planteamientos.
Según este autor las teorías e investigaciones científicas forman parte del mundo objetivo de las
obras y realizaciones humanas (mundo 3 para Popper), en donde se deben dirimir los asuntos
metodológicos a través de una racionalidad crítica ejercida por la comunidad científica. Yo tomo esta
idea de forma heurística a nivel de los estudios del discurso, puesto que la validación de nuestros
análisis no implican la falsación de proposiciones generales sino, mas bien, la explicitación de la
“razonabilidad” o legitimidad de nuestras conclusiones interpretativas; conclusiones que a pesar de
estar orientadas por los textos que nos sirven de “datos”, no se derivan de manera necesaria de los
mismos.

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1. Lenguaje, pragmática y actos de habla. Breve contextualización teórica..

En el estudio de los signos y de los símbolos, Morris (1938) distingue tres

orientaciones fundamentales. En primer lugar cuando se estudia la relación entre los

símbolos entre sí, nos encontramos en el ámbito de la sintaxis o sintáctica, cuando se

considera la relación del símbolo con sus referentes, se asume una perspectiva

semántica y finalmente cuando se estudia la relación del símbolo con los usuarios e

intérpretes de los mismos nos encontramos dentro del campo de la pragmática. Estas

tres perspectivas constituyen el campo de estudio de la semiótica.

Muchos de los autores que trabajan en este ámbito, proponen que las relaciones

de los símbolos lingüísticos entre sí (sintaxis) y con sus referentes (semántica), deben

entenderse como organizadas, influidas y determinadas por la dimensión pragmática,

en la que los actores sociales establecen relaciones sociales y comunicativas usando a

los símbolos como instrumentos. A este respecto, reconocen “la existencia de

factores pragmáticos presentes tanto en la combinatoria sintáctica de los signos (de la

que la sintaxis lógica es sólo una parte) como en la semántica (…)” y que “en

consecuencia, la pragmática se infiltra en la estructura de la lengua en todos sus

niveles de organización de los signos” (Bertuccelli, 1996, p. 29) De esto se

desprende que cualquier estudio de los símbolos lingüísticos implica la consideración

de una compleja relación social, contextual e históricamente situada, a espaldas de la

cual no puede alumbrarse el significado de ninguna manifestación comunicativa (cf.

Habermas, 1990).

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Por su parte, en el ámbito de la denominada filosofía del lenguaje ordinario, los

planteamientos “pragmáticos” de Wittgenstein (1988) han sido muy importantes.

Wittgenstein propone en la década del 50 que el significado de cualquier símbolo, o

agregado de ellos, se relaciona con el uso que se le da a los mismos dentro de formas

de vida específica. Esta concepción contraviene la visión predominante dentro del

campo de estudio de la denominada filosofía analítica.

Con esta misma orientación pragmática y casi simultáneamente con

Wittgenstein, Austin (1982) elabora la teoría de los actos de habla, emparentada

conceptualmente con la doctrina del significado como uso. Austin también se opone

a la teoría verificacionista del significado3. El autor plantea que la función principal

del lenguaje no es “representar” el mundo que existe más allá del símbolo a través de

enunciados constatativos. Para Austin los enunciados producidos por los hablantes

son performativos, en el sentido de que sirven para realizar acciones tales como

prometer, comandar, dirigir, pedir, insultar, preguntar, etc. De hecho “representar”

un estado de cosas es, en sí mismo, un acto en el que hablante dice como es el

mundo y los eventos que en él ocurren. Este acto de aseverar constituye, en la teoría

de los actos de habla, sólo uno de las muchas acciones lingüísticamente estructuradas

que pueden realizarse.

3
La teoría verificacionista establece que el significado de un término es igual al procedimiento de su
verificación. En ella se distingue entre significado y significación: una proposición tiene significado
sólo si posee un referente en el mundo empírico, por lo que hay proposiciones que poseen
significación más no significado, es decir pueden tener sentido pero no poseen valor de verdad, por
ejemplo la idea de un “hombre alado” (Russell, 1973)

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La teoría de los actos de habla es una teoría del significado como relación, en la

cual la función de los símbolos es elicitar, provocar e incitar a los otros a que se

posicionen y actúen coordinadamente con nosotros (Habermas, 1990). Los actos de

habla son instrumentos simbólicos que crean, mantienen y transforman los vínculos

sociales que establecen los participantes en una situación comunicativa dada4.

Los planteamientos de la teoría de los actos de habla han tenido importantes

repercusiones no sólo en el ámbito de la filosofía y en las ciencias sociales sino

también en la lingüística, la cual estuvo dominada durante mucho tiempo por

concepciones estructuralistas, que proponían el estudio del lenguaje haciendo

abstracción del contexto de uso. De hecho el discurso como categoría analítica y

como concepto teórico, surge por la irrupción de la pragmática dentro de los estudios

del lenguaje y de la comunicación, irrupción en la que la teoría de los actos de habla

posee una importancia radical (cf. Fairclough, 1994). A este respecto, el aporte más

significativo de la teoría de los actos de habla, es que ella proporciona elementos

para entender el proceso de negociación del significado, proceso que es

consustancial a cualquier uso situado del lenguaje. Consideremos un poco más

detalladamente este punto.

4 Aunque en el ámbito psicosocial se le adjudica un carácter fundacional a la teoría de los actos de


habla, la potencia analítica de la misma ha sido, a mi juicio, tímidamente reconocida y poco
explotada dentro de la denominada psicología discursiva. Quizá sea el Modelo de Acción Discursiva
de Potter (1998) el que reconozca más “explícitamente” esta deuda conceptual; sin embargo, el
nivel de generalidad o “borrosidad” que exhibe a nivel “operacional”, torna confusa su aplicación
sistemática como categoría de análisis.

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a) Actos de habla y la negociación de significados:

La diferencia entre el significado semántico de cierta palabra u oración, asignado

por el sistema de la lengua fuera de contexto y el sentido que adquiere un enunciado

en la situación particular en la que es usado, nos remite al hecho de que todo

discurso implica una relación social en la que los participantes se encuentran

activamente involucrados para poder encontrar y construir cooperativamente el o los

sentidos relevantes en un contexto dado (cf. Grice, 1975). Podemos afirmar que la

comunicación se da por una insinuación constante, en la que los símbolos son usados

ostensivamente por los hablantes, con la confianza de que sus interlocutores inferirán

el propósito de este uso particular y actuarán en consecuencia (Sperber y Wilson,

1994).

Un proverbio chino –que nos podría ayudar a ilustrar lo expresado hasta ahora-

reza que “cuando el hombre sabio apunta hacia las estrellas, el tonto mira el dedo”

(Plantin, 2002, p. 354 [Traducción mía al español]) Si hacemos explícita la analogía

entre el uso del lenguaje y el acto de señalar con el dedo un objeto, este acto de

señalar es, al igual que las palabras, un símbolo cuya razón de ser está más allá de él.

Sin el dedo operando como símbolo no puede hacerse referencia a la estrella, pero

considerando al dedo aislado como lo único que es importante, fallamos en

interpretar el sentido de su presencia en una situación particular. Por ello cuando

queremos interpretar el sentido de una manifestación simbólica y nos concentramos

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únicamente en el símbolo haciendo abstracción del contexto, nuestra empresa de

interpretar cuál es el sentido relevante de su uso está condenada al fracaso.

En el caso de la comunicación verbal, esta empresa de encontrar el sentido no es

totalmente aleatoria pues el conjunto de enunciados que se hilvanan para conformar

un texto determinado (oral o escrito), proporciona una suerte de "guía de

instrucciones" (Calsamiglia y Tusón, 1999) seleccionadas y dispuestas por el

hablante, para ayudar a su interlocutor a decidir "qué es lo que se quiere decir con lo

que se dice". Esta concordancia sólo es posible, asumiendo que existe un piso común

entre los interlocutores, es decir, unas convenciones comúnmente conocidas, que son

estratégicamente dispuestas por los hablantes con el propósito de conseguir una meta

o reacción más o menos previsible en los otros. Con respecto al carácter

convencional del sentido, Davidson (2002) apunta:

There are limits to how much individual or social


systems of thought can differ…If by conceptual
relativism we mean the idea that conceptual schemes
and moral system, or the languages associated with
them, can differ massively- to the extent of being
mutually unintelligible or incommensurable… then I
reject conceptual relativism… We do not understand the
idea of such a really foreign scheme. We know what
states of mind are like, and how they are correctly
identified; they are just those states whose contents can
be discovered in well-known ways (pp.39-40)

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Si damos crédito a estos planteamientos, podemos concluir que es imposible

comunicar algo si no asumimos que los propósitos e intenciones con los que se dice

y/o se hace algo, poseen una génesis pública y social que es objeto de

particularización por parte del los actores en los diversos contextos de actividad en

donde se desenvuelve la vida cotidiana.

La teoría de los actos de habla de Austin (1982) desmenuza los elementos

involucrados en esta compleja relación social que se establece cuando “alguien dice

algo”. En ella se distinguen tres tipos de actos que ocurren simultáneamente: a) El

acto locutivo: que refiere a la forma física y gramatical del enunciado; su significado

autónomo, independiente del contexto. b) El acto ilocutivo: que alude a la fuerza o

intención con la que se produce la enunciación y que permite distinguir, por ejemplo,

si una oración determinada funge en un momento dado como una pregunta o como un

mandato. Y c) el acto perlocutivo: que se vincula con el efecto o reacción que

produce el enunciado en el interlocutor.

A partir de estos planteamientos puede afirmarse que el proceso de comunicación

implica siempre una labor inferencial y cooperativa por parte de los involucrados,

puesto que los propósitos de los hablantes o emisores, que se realizan en la fuerza

ilocutiva de sus enunciados, no se derivan de manera necesaria y unívoca de la forma

lingüística. Es decir, el significado literal o descontextualizado del enunciado (acto

locutivo) poco importa desde el punto de vista comunicativo, pues es apenas un

elemento que necesita ser completado por el oyente integrando múltiples

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conocimientos socialmente generados y adquiridos para poder interpretar el sentido

de lo que se le dice (cf. van Dijk, 2000).

Desde la teoría de los actos de habla, la interpretación del sentido de un

enunciado es fundamentalmente la identificación de su fuerza ilocutiva, pues ella

objetiva y hace accesible a los otros el o los propósitos del actor al decir algo. En

apoyo a esta idea, Harré (1989) plantea que un enunciado es socialmente efectivo

en virtud de su fuerza ilocutiva, ya que es este elemento el que define el carácter

performativo del acto de habla. Si los interlocutores fallaran perennemente en la

identificación de la fuerza ilocutiva de lo que los otros enuncian, sería imposible

coordinar nuestras acciones cotidianas (Cf. Habermas, 1987). Los contraejemplos

para esta situación hipotética abundan y aunque existen muchos “malos entendidos”

dentro de los usos cotidianos del lenguaje, la mayoría de nuestros intercambios

comunicativos se desenvuelven exitosamente

En general, cada acto de habla requiere de la complementación cooperativa entre

los interlocutores. Un acto de habla sólo puede existir, si hay una complementación

entre la fuerza ilocutiva manifestada por un hablante y la toma de postura del

interlocutor frente a dicha fuerza ilocutiva. Esta toma de postura es, muchas veces,

otro acto de habla que posee una forma lingüística de la que puede y debe inferirse

también su fuerza ilocutiva. (cf. Shotter, 2002)

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b) Los aportes de Searle

Siguiendo la línea de pensamiento abierta por Austin, Searle (1989) desarrolla un

poco más la proposición de que existe una continuidad absoluta entre el lenguaje y la

acción. Searle plantea que “toda la actividad lingüística y no sólo cierto tipo de actos

ritualizados es convencional en el sentido que está controlada por reglas" (Escandell,

1996, p. 62). Para este autor, aprender a hablar una lengua significa aprender a seguir

ciertas reglas que nos permiten realizar tipos de acciones (afirmar, ordenar,

preguntar, prometer, además de referir y predicar) a través de elementos lingüísticos

específicos. En este aprendizaje también adquirimos conciencia de los efectos que

tiene la emisión de determinados enunciados en determinadas situaciones.

Searle (1979) señala que a pesar de la gran variedad de usos que se le puede dar al

lenguaje, el número de cosas que es posible realizar con los símbolos lingüísticos no

es infinito. Él considera que todos los enunciados posibles en el uso de una lengua

pueden ser utilizados por las personas para realizar tipos de acciones (cf. Escandell,

1996), las cuales pueden ser agrupadas y clasificadas en función de sus fuerzas

ilocutivas genéricas, veamos:

 Actos representativos, que establecen o aseveran un estado de cosas en el

mundo. Aquí se incluyen las aserciones, las descripciones y las

constataciones.

 Actos directivos, en los que el locutor dice a los otros lo que se espera que

éstos hagan. Estas demandas que realizan los hablantes, pueden ser muy

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leves expresándose como peticiones, ruegos y súplicas. Pueden tener una

intensidad moderada, tomando la forma de consejos, sugerencias u

exhortaciones. Y finalmente pueden tener un grado muy alto de

obligatoriedad expresándose como imperativos categóricos, órdenes y

mandatos.

 Actos compromisivos o compromisorios, que expresan la voluntad del

hablante de realizar en el futuro ciertas acciones o que anuncian la

ocurrencia condicionada de ciertos eventos. Entre los actos

compromisivos tenemos las promesas, los juramentos, las amenazas y las

advertencias.

 Actos expresivos, que manifiestan la posición emocional del hablante en

torno a un evento. Entre ellos tenemos, los agradecimientos, las disculpas,

pero también los saludos y las despedidas.

 Actos declarativos, son enunciados por medio de los cuales el locutor

produce cambios en el mundo y en el estatus de los participantes.

Generalmente se encuentran insertos en algún contexto institucional que

les confiere validez. Condenar, casar, bautizar, divorciar, execrar, son

algunos actos que entran dentro de esta categoría.

Estos actos no son mutuamente excluyentes, es decir que puede darse el caso en

el que se realicen dos o más tipos de actos simultáneamente.

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Para la especificación e identificación de los actos de habla, Searle (1989)

propone tomar en cuenta tanto las características formales de la oración emitida como

las condiciones que deben darse en el contexto de la comunicación para poder

realizar con éxito un tipo de acto determinado (condiciones de felicidad)5. Mas

específicamente, Searle propone considerar los indicadores proposicionales y los

indicadores de fuerza ilocutiva, por lo que un acto ilocutivo resulta de la relación

entre la fuerza ilocutiva (aserción, promesa, petición, pregunta general) y el contenido

proposicional (Escandell, 1996).

En conclusión el aporte más importante de Searle a los planteamientos de Austin

consistió en señalar que aunque el margen de variación situacional a la hora de

utilizar un símbolo o conjunto de ellos es muy grande (indexicalidad del significado,

cf. Robles, 1999), este margen tampoco es infinito, puesto que las convenciones y

reglas de uso culturalmente disponibles delimitan a grosso modo, el ámbito de los

sentidos y los actos posibles.

c) El problema metodológico: la identificación de la fuerza ilocutiva.

Según Habermas (1990), la única manera de estudiar los procesos comunicativos,

en los que se materializa parte importante de la vida social, es asumiendo el rol de

primera persona, es decir actuar como un “participante más” dentro de la

5
Según Escandell (1996), para Searle la adecuación de un enunciado se encuentra gobernada por
cuatro condiciones: de contenido proposicional, preparatorias, de sinceridad y esenciales. Ver
Levinson (1989)

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investigación y apropiarnos críticamente del hecho de que siempre tomamos una

postura valorativa, explícita o implícitamente frente a las manifestaciones simbólicas

producidas por otros desde un horizonte interpretativo particular y finito. Estas

consideraciones nos previenen frente a cualquier pretensión objetivista en la

identificación del sentido de una manifestación comunicativa y más específicamente

en la determinación de la fuerza ilocutiva de los enunciados que sometemos a

análisis.

Como podemos constatar en las secciones de marras, las ideas esbozadas hasta

ahora son un poco difusas cuando pretendemos utilizarlas analíticamente para

identificar actos de habla específicos en manifestaciones comunicativas concretas. La

pregunta que nos hacemos una vez llegados a este punto, es la de si es posible generar

un “conjunto de pasos” (método) que nos permitan identificar unívocamente el o los

actos ilocutivos que se realizan en un enunciado o conjunto de ellos. La respuesta

parece ser negativa.

Ahora bien, si asumimos junto a Harré (1989, p.5[Traducción mía al español])

que “un insulto no existe a menos que la intención del hablante de ser ofensivo

concuerde con un display de resentimiento (o quizás una resignación estratégica), por

parte del interlocutor”; es decir, que “si el o la que escucha contiene su

resentimiento, en términos conversacionales, entonces no ha habido insulto”, y

tratamos de ser consecuentes con este planteamiento, podemos decir que para

identificar la fuerza ilocutiva de los enunciados que materializan un texto escrito, los

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analistas del discurso debemos colocarnos en el lugar del “otro” a quien se dirige el

texto e interpretarlo como lo haría él. Es decir, deberíamos confiar en nuestra

competencia comunicativa y presuponer que el terreno común y compartido entre ese

lector potencial y nosotros es lo suficientemente extenso como para que nuestras

tomas de posturas frente al enunciado, que nos permitirían inferir la fuerza ilocutiva

de los mismos, sean tan aceptables como las de él. En caso de que este terreno

compartido sea muy pequeño, como cuando analizamos textos con un desfase

histórico importante o provenientes de culturas radicalmente opuestas a las nuestras o

simplemente dirigidos a un auditorio del que nada conocemos, pudiéramos, en todo

caso, tratar de ampliar nuestro horizonte interpretativo. (cf. Gadamer, 1991). Aun así,

ninguno de estos “caminos” nos debe inclinar a presuponer que existe algo así como

una fuerza ilocutiva única y objetiva que nosotros como investigadores podemos

descubrir e identificar mejor que los legos o, peor aún, que podemos a aspirar a un

consenso universal entre todos los interpretantes en relación al valor de tal o cual acto

de habla. Es por ello que los textos estudiados siempre permanecerán abiertos a

nuevas interpretaciones (cf. Derrida, 1998) 6

Sin embargo, esta renuncia a la objetividad -en el sentido tradicional- no implica

que no podamos tratar validar o hacer explícita la forma como los analistas

elaboramos nuestras conclusiones interpretativas; esto es, nuestro juicio sobre que un

enunciado posee una o varias fuerzas ilocutivas. A este respecto encontré varios

planteamientos que nos aportan luces en relación a este problema metodológico.


6
En este texto Derrida realiza una interesante crítica a la teoría de los actos de habla.

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Para Austin (1982) la fuerza ilocutiva tiene que ver con lo que el hablante se ve a

sí mismo haciendo cuando realiza un enunciado, por lo que entender qué fuerza

ilocutiva fue ejecutada en una ocasión determinada es equivalente a entender lo que

el enunciador significa de manera no-natural enunciando lo que ha dicho. En otras

palabras, asignarle una fuerza ilocutiva a un enunciado es entender cuáles son los

propósitos primarios del hablante al producir ese enunciado particular.

Ahora bien, el problema de cómo decodificar o recuperar la fuerza ilocutiva de un

enunciado consiste según Graham (1980) en cómo “saltar” o transitar desde 1) lo que

está inmediatamente dado en el timbre y las variaciones de los sonidos o en las

marcas en un papel, es decir, las manifestaciones físicas del símbolo, a 2) considerar

e interpretar un mensaje coherente con un contenido proposicional específico, que

además posee como mensaje una o varias fuerzas ilocutivas definidas. Al parecer

cualquier intento de analizar la fuerza ilocutiva por referencia a un solo factor tal

como la intención, las convenciones o la forma lingüística del enunciado es poco

probable que tenga éxito.

Según Graham (1980), los dos elementos fundamentales para la identificación de

la fuerza ilocutiva son las convenciones y las creencias. El contenido del enunciado

así como las circunstancias de enunciación (definidas en unos términos u otros) son

de suma importancia, pues la intención de ejecutar un particular acto ilocutivo

pudiera no ser reconocida en ausencia de convenciones sociales moderadamente

claras. De hecho existe una restricción social sobre lo que cualquier actor puede

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“intentar” dentro de ciertos marcos culturales e institucionales (Cf. Davidson, 2002).

Esto le permite a Graham (1980) afirmar que el elemento de la convención social es

omnipresente en los actos ilocutivos y más aún una condición necesaria más no

suficiente para su entendimiento. Esto se debe a que aunque las creencias del agente

limitan el rango y la naturaleza de las intenciones que tiene sentido adscribirles,

según Graham (1980), atender a las convenciones deja al analista con un rango

posible de fuerzas ilocutivas para las cuales no existe un procedimiento unívoco que

permita realizar una elección definitiva.

El punto de Graham (1980), no es que deberíamos buscar un solo acto ilocutivo

por cada enunciado, y en consecuencia una sola intención o propósito, puesto que

esto es a todas luces erróneo. El problema que plantea la autora es que cuando las

fuerzas ilocutivas se presentan en “clusters” los analistas necesitamos un principio

para escoger entre un cluster u otro. En otras palabras la situación estándar es que

siempre hay una posible interpretación alternativa para las fuerzas ilocutivas que se

asignan a un determinado enunciado.

A esta dificultad metodológica debemos agregar que los actos de habla pueden

expresarse de forma directa, cuando se realizan a través de un verbo performativo7

por medio del cual el hablante señala explícitamente la acción que lleva a cabo, o

indirectos en los que el hablante usa fórmulas de habla convencionales o

7
Es importante destacar que en el uso irónico del discurso esta afirmación carece de validez, pues el
hablante o escritor usa una formula que ilocutivamente contradice lo que locutivamente se expresa.
Sin embargo, aunque los hablantes parecen no tener problemas en identificar esta “distorsión”
intencional del sentido, los analistas nos encontramos en aprietos para dar cuenta de cómo se
produce y como se interpreta adecuadamente en el habla cotidiana.

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semiconvencionales para realizar una acción que sólo puede interpretarse

adecuadamente prestando atención al contexto situacional de emisión del enunciado.

Lo que trae como consecuencia que a mayor indexicalidad y particularidad del

enunciado, menos convencional sea su forma de expresión (cf. Lo Cascio ,1998)

Otro problema muy emparentado con el anterior es que, según Lo Cascio (1998),

los desarrollos conceptuales en la teoría de los actos de habla se han hecho muchas

veces con un número relativamente pequeño de enunciados y con ejemplos

inventados por los autores. Sin embargo, cuando analizamos textos escritos nos

encontramos con que los actos de habla realizados en ellos pueden ser numerosos, de

diversos tipos y guardar, además, relaciones jerárquicas entre ellos.

A este respecto Holdcroft (1979) considera que un acto ilocutivo es la mínima

unidad de comunicación. La cualificación de mínima unidad es importante pues

señala la posibilidad de que existan unidades más grandes e inclusivas. Él dice que

cuando un actor se propone comunicar una creencia a alguien o su deseo que éste

haga algo, dispone de un conjunto de recursos lingüísticos que son necesarios para

realizar estos fines y así realizar el acto ilocutivo. La realización de un propósito

comunicativo específico puede materializarse a través de una secuencia de actos de

habla en los que cada acto por separado posee un propósito secundario en relación

con la orientación que confiere el propósito principal. En estos casos, muy frecuentes

en los textos escritos, las secuencias de múltiples actos ilocutivos deben ser tomadas

como una unidad. Con relación a esto van Dijk señala:

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De la interpretación ingenua al método
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We have typical speech act sequences of which the


structure has a more or less conventional or ritual
character, such as giving lectures, preaching, making
everyday conversation, or writing love letters. In such
cases we clearly have a number of different (speech)
acts, of which each may have a characteristic function in
the performance of the episode: opening, introducing,
greeting, giving arguments, defending, closing, etc. In
such cases we may have different strategies for fully
accomplishing our goals. Moreover, unlike (most)
speech acts, they may be culture dependent. (1977, p.
216)

En estos casos debemos considerar el acto de habla como un episodio completo,

que se constituye por un entramado de fuerzas ilocutivas que establecen condiciones

preparatorias y realizan o no actos secundarios o auxiliares orquestados

estratégicamente en función de un fin. En estas secuencias generalmente

encontramos un acto principal, que es posible reconocer en el contexto comunicativo,

el cual orienta la realización de todos los actos subsidiarios. Este ordenamiento más

o menos convencional de los actos de habla, puede ser un poderoso instrumento para

reconocer tipos de discurso, pues dicho ordenamiento proporciona una organización

discursiva a los eventos comunicativos que se desarrollan en determinados contextos;

organización que puede ser reconocida y tomada en cuenta convencionalmente por

los interlocutores.

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Veamos un ejemplo de este elemento jerárquico y relacional del análisis de los

actos de habla, en un fragmento de un texto de autoayuda cuyo título es “La actitud

positiva”

Ejemplo 1: D (12-14)
¿Eres de las personas que se levantan entusiastas y
piensan: qué día tan bonito, hoy voy a conseguir ese
contrato o ese trabajo que estoy buscando? (12) ¿O de las
personas que se despiertan quejándose por levantarse tan
temprano o lamentándose del trabajo que tienen o
imaginando el tráfico pesado que les espera...? (13)
Vamos, podemos cambiar ese cuadro por uno más positivo
que te permita tener un día maravilloso. (14) (Corpus de
análisis de Salazar, 2005)

En el fragmento anterior las oraciones (12) y (13) a pesar de que usan el modo

interrogativo no son preguntas genuinas. Ellas se expresan como solicitudes de

información (acto locutivo), pero funcionan dentro del texto como aseveraciones

sobre lo que supuestamente hace y deja de hacer el lector potencial, es decir poseen la

fuerza ilocutiva de una acusación.

El uso del modo interrogativo con la fuerza ilocutiva de una acusación construye

una opcionalidad aparente a las prescripciones avanzadas posteriormente en el texto,

esto se da a través del reconocimiento de que el lector pudiera no necesitarlas. Sin

embargo, en la oración (14) podemos ver cómo se privilegia la opción deficitaria que

acusa indirectamente al lector de tener una actitud negativa.

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De la interpretación ingenua al método
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Fragmento del ejemplo 1

Vamos, podemos cambiar ese cuadro por uno más positivo

que te permita tener un día maravilloso (14).

Esta conclusión sobre la fuerza ilocutiva de cada una de las oraciones, no puede

elaborarse estudiándolas por separado, sino únicamente en su relación con el texto en

su conjunto. Es por ello que la identificación de la fuerza ilocutiva de los actos de

habla que se realizan en una oración sólo puede hacerse a nivel discursivo (supra

oracional) y de forma relacional, tomando en cuenta la relación texto-cotexto-

contexto.

En este ejemplo podemos constatar además cómo en una misma oración

ortográfica se realizan simultáneamente varios actos de habla.

Fragmento del ejemplo 1


Vamos, podemos cambiar ese cuadro por uno más positivo
que te permita tener un día maravilloso (14).

La oración (14) parece una invitación u ofrecimiento pero al vincularla con el

cotexto podemos afirmar que funciona como un mandato que exhorta al lector a

cambiar de actitud y que promete por ello resultados positivos. Acusar, prometer,

comandar son todos actos de habla que concurren en una sola oración y que requieren

de su relación con otras oraciones para su realización.

Cuando consideramos la relación entre los actos de habla que se realizan en estas

tres oraciones nos percatamos de que los actos de acusar y prometer se vinculan

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estrechamente con el acto de comandar. Más específicamente podemos decir que

acusar y prometer funcionan como actos subsidiarios o menores que se coordinan en

torno a un acto jerárquicamente más importante (comandar), que funciona como una

especie de centro de gravedad.

Ahora bien, antes de poder dar cuenta de las secuencias de los actos desplegados,

debemos tratar de especificar la o las fuerzas ilocutivas que se realizan a través de

cada uno de los enunciados que conforman el o los textos en estudio y como hemos

visto es posible que un solo enunciado realice más de una fuerza ilocutiva y que

varios enunciados concurran para la realización de un solo propósito. En

consecuencia, la pregunta en torno a cómo podemos orientarnos para realizar nuestras

interpretaciones, sigue abierta.

Sin embargo, existen algunas propuestas que pueden ayudarnos en nuestra labor

interpretativa, mas no garantizar un resultado “correcto” de manera absoluta. Esta

búsqueda metodológica se manifiesta en planteamientos como los de Holdcroft

(1979) y van Dijk (1977).

En Holdcroft (1977) encontramos que uno de sus principales planteamientos es la

relación que se da entre el modo de las oraciones (indicativo, interrogativo,

imperativo) y la fuerza ilocutiva que adquieren cuando son enunciadas. Según el

autor el modo puede determinar parcialmente la fuerza ilocutiva. Holdcroft (1979)

señala que el modo de las oraciones indicativas lleva aparejado la posibilidad de

establecer sus “condiciones de verdad” por lo que se pueden estudiar estas

22
De la interpretación ingenua al método
José Félix Salazar Cruces

condiciones de verdad, separándolas de la realización situada del enunciado. El

planteamiento de Holdcroft (1979) es que una vez entendidas y separadas las

condiciones de verdad de una proposición podemos entender qué ha sido añadido al

significado semántico de una oración para producir una fuerza ilocutiva específica.

Su conclusión es que el tipo de modo de una oración determina y restringe rangos de

ilocución posibles; él intenta extender este tratamiento del modo indicativo al

imperativo y el interrogativo.

El problema fundamental de este planteamiento, es que puede ser que funcione

para actos asertivos, pero carece de sentido cuando analizamos actos directivos, pues

-como ellos no pretenden establecer “cómo son las cosas”- no se les puede asignar un

valor de verdad o de falsedad. Es decir cuando alguien dice “hay un gato en el

tejado” podemos constatar si tal entidad llamada gato está o no está, pero cuando

alguien enuncia “pásame la sal” no está describiendo un estado de cosas, sino que

busca provocar que su interlocutor intercambie con él un objeto del mundo físico. En

este último caso no podemos decir que este enunciado es verdadero o falso, sino que

deberíamos prestar atención más bien a cuán obligatorio o no resulta en la perspectiva

del hablante el comando que expresa y qué grado de discrecionalidad deja al

interlocutor al enunciar el comando, pues esto puede darnos señales sobre su fuerza

ilocutiva. Esta diferencia entre enunciados a los que se le puede asignar un valor de

verdad y aquellos a los que sólo se les puede asignar un grado de inclinación u

obligatoriedad, ha sido planteada y desarrollada por Halliday (1994) dentro de la

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De la interpretación ingenua al método
José Félix Salazar Cruces

denominada gramática funcional sistémica. Consideremos brevemente algunos de

sus planteamientos que resultarán de utilidad a la hora de tratar de establecer la fuerza

ilocutiva.

d) El lenguaje como intercambio, algunas ideas provenientes de la

gramática funcional

En la gramática funcional sistémica la unidad de análisis mínima es la cláusula.

Ella es concebida como una entidad compuesta constituida por tres dimensiones de

estructura, cada una de las cuales construye una faceta diferente del significado.

Estas “líneas” de significado son referidas como metafunciones en esta aproximación.

Según la gramática funcional podemos estudiar la cláusula desde tres

perspectivas:

Cuadro 1. Resumen de las metafunciones de la gramática funcional sistémica

Metafunción (nombre Estatus correspondiente en Definición (tipo de


técnico) la cláusula significado)
Experiencial Cláusula como representación Construye un modelo de
experiencia. En esta
dimensión se expresan los
actores, procesos, objetos y
circunstancias que objetivan
un mundo textual específico
Interpersonal Cláusula como intercambio Establece relaciones sociales.
Halliday (2004) concibe que
en cada uso del lenguaje los
hablantes establecen una
transacción en la que se
intercambia información o
bienes y servicios, asumiendo
para ello dos roles

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De la interpretación ingenua al método
José Félix Salazar Cruces

comunicativos
fundamentales, dador y
demandador.
Textual Cláusula como mensaje. Crea relevancia con el
contexto, estableciendo
cuáles son los puntos de
partida del mensaje y cómo se
hilvana y negocia el avance
lineal de la información que
se despliega en el discurso.
Al mismo tiempo proporciona
información sobre lo que se
supone como dado o
conocido por los hablantes y
aquello que se concibe como
novedoso dentro del texto.

Halliday (2004) sugiere que los tres tipos de significados convergen y se realizan

simultáneamente en la cláusula y constituyen niveles de descripción distintos de un

mismo fenómeno molar y unitario. Según el autor estas líneas de significado no son

exclusivas de la cláusula sino que las mismas atraviesan todas las manifestaciones del

lenguaje. Esto hace posible considerar heurísticamente a las metafunciones en

unidades significativas que posean un nivel jerárquico superior a la cláusula.

Los aportes fundamentales de este planteamiento para la determinación de la

fuerza ilocutiva de un enunciado tiene que ver con la denominada metafunción

interpersonal. Consideremos algunos elementos

Halliday (2004) señala que la cláusula está organizada fundamentalmente como

un evento interactivo que envuelve al hablante o escritor y a los interlocutores. En el

acto de hablar, al presentar algo, los participantes adoptan para sí mismos un rol

particular de habla y asignan a los otros un rol complementario, el cual desean que el

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De la interpretación ingenua al método
José Félix Salazar Cruces

otro asuma al llegar su turno. Por ejemplo, al preguntar algo el hablante toma el rol

de alguien que busca información y requiere que el oyente tome el rol de suplidor de

la información demandada. Para Halliday existen dos tipos de roles fundamentales

de habla que subyacen a todos los demás tipos específicos que pueden ser

eventualmente reconocidos: dador y demandador. Es importante señalar que en la

ejecución de ambos roles el hablante no está sólo haciendo algo por sí mismo sino

que está requiriendo algo del oyente. En consecuencia, cualquier acto de

comunicación debe ser considerado como un “inter-acto”, esto es, un intercambio en

el cual dar algo implica recibir y demandar implica una respuesta. En otras palabras,

cada acto establece una definición recíproca de los participantes que se encuentra

abierta a negociación.

Además de esta división entre dar y demandar, hay otra división fundamental

vinculada con la naturaleza del “objeto” que está siendo intercambiado. Este puede

ser del tipo de bienes y servicios, es decir, cuando los hablantes requieren, solicitan u

ofrecen a los otros elementos extra-textuales no lingüísticos. La otra opción es que el

objeto de la transacción entre los interlocutores sea algún un tipo de información

particular. En este caso, el lenguaje es -al mismo tiempo- el medio y el fin del

intercambio.

Halliday (2004) asevera que la información sólo tiene existencia en la forma de

lenguaje, por ello cuando el lenguaje es usado para intercambiar información, las

cláusulas “toman la forma” de una proposición. Es decir, ellas devienen en algo que

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De la interpretación ingenua al método
José Félix Salazar Cruces

puede ser afirmado o negado, puesto en duda, contradicho, enfatizado, aceptado con

reserva, cualificado, rechazado o reconocido tanto por el que las enuncia como por el

que las recibe. Existen numerosas opciones para expresar lingüística y

discursivamente el grado de certeza que los hablantes le asignan a una proposición así

como la frecuencia con que ellos asumen que ésta ocurre o es aplicable. Todas estas

graduaciones y posibilidades lingüísticamente semiotizadas pueden ser poderosos

instrumentos que nos ayuden a identificar la fuerza ilocutiva de una proposición

específica en situaciones concretas.

Ahora bien -como señaláramos anteriormente- Halliday plantea que no se puede

usar el término proposición para referir a todas las funciones de la cláusula como

evento interactivo, de ser así excluiríamos el intercambio de bienes y servicios de los

usos del lenguaje, pues los intercambios de bienes y servicios a diferencia de las

proposiciones, no pueden ser afirmados o negados en términos constatativos, sino

acatados, aceptados, desacatados o rechazados. Los hablantes también disponen de

un conjunto de recursos lingüísticos que le permiten conferirle mayor o menor

obligatoriedad o inclinación a lo comandado u ofrecido. Por tanto este autor plantea

que tales intercambios de bienes y servicios deben ser considerados como propuestas

que realizan los hablantes a sus interlocutores y no como proposiciones.

Cuando se cruzan los tipos de intercambios (proposiciones y propuestas) con los

roles que asumen los hablantes, quedan definidas según Halliday (2004) las cuatro

funciones primarias del habla, estas son: Ofrecer (bienes y servicios), Comandar

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De la interpretación ingenua al método
José Félix Salazar Cruces

(bienes y servicios), Aseverar (información) y Preguntar (información). Con fines

analíticos, es posible proponer que estas cuatro funciones de habla pueden asumirse

como cuatro tipos genéricos de actos de habla que pueden a su vez dividirse y

subdividirse en categorías y subcategorías. Por ejemplo, los comandos pueden

adquirir la forma de sugerencias, peticiones, mandatos u órdenes, dependiendo del

grado de obligatoriedad que le imprima el hablante y mientras que las proposiciones

se asemejan a los actos de habla representativos. Sin embargo, debemos notar que

muchos actos compromisivos, como prometer o amenazar, así como actos expresivos

como insultar o alabar, se expresan a través de proposiciones que funcionan como

aseveraciones. Por ejemplo, en una aseveración como “siempre dejas los platos

sucios”, la alta certeza que le confiere el hablante a su percepción así como la alta

frecuencia que le adjudica permite considerar este enunciado como una acusación. Si

sustituyésemos la palabra siempre por “muy rara vez”, lo que antes funcionaba como

una acusación puede adquirir la fuerza ilocutiva de una alabanza. Por esta razón

considerar la modalización (certeza y frecuencia) de las aseveraciones

(proposiciones) puede ser una herramienta útil para determinar la (s) fuerza(s)

ilocutiva(s) de un enunciado.

Por su parte cuando se intercambian bienes y servicios los hablantes realizan

propuestas (ofrecimientos o comandos) que poseen un grado variable de inclinación u

obligatoriedad denominado por Halliday (2004) como modulación. Considerar esta

modulación, puede ayudarnos a determinar si un determinado enunciado funciona

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De la interpretación ingenua al método
José Félix Salazar Cruces

como una súplica, una petición, un consejo o un mandato, lo que resulta muy

importante a la hora de analizar los textos concretos y para determinar su propósito

comunicativo.

Otro elemento fundamental a la hora de determinar la fuerza ilocutiva de los actos

de habla expresados es determinar qué orientación (objetiva o subjetiva) confiere el

hablante a lo dicho (Halliday, 2004). Es decir, podemos determinar si la proposición

o el comando expresados son presentados como algo objetivo e independiente del

hablante- algo “que es” o “debe hacerse” porque consensualmente se asume así, o si

son expresados marcando explícitamente que la fuente de validez del planteamiento

reposa en el juicio particular del hablante. Esta valoración de la orientación objetiva

o subjetiva, predominante en un enunciado, puede ser de suma importancia para

determinar por ejemplo si un comando debe interpretarse como una sugerencia o un

consejo relativamente opcional, o más bien constituye un mandato que expresa un

imperativo categórico. 8

En suma, para la identificación de la fuerza ilocutiva de los actos de habla que se

realizan en un texto oral o escrito podemos valernos de lo que Halliday (2004),

denomina como modalidad, es decir la forma como los hablantes expresan la

probabilidad o certeza de una proposición, la que recibe el nombre de modalización.

8 Es importante señalar uso de los planteamientos provenientes de la gramática funcional es


meramente “metafórico”; basta recordar que la cláusula es la unidad de análisis de Halliday (2004),
mientras que en la mayoría de las investigaciones en discurso se opera a nivel oracional y supra
oracional.

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De la interpretación ingenua al método
José Félix Salazar Cruces

En el caso las propuestas, lo que corresponde determinar es su modulación, es decir el

grado de inclinación u obligatoriedad que los hablantes imprimen a lo enunciado.

Aunque la aplicación cabal de estos elementos planteados por Halliday (2004),

como instrumentos analíticos para identificar actos de habla requeriría una

exhaustividad lingüística que trasciende los alcances de muchos análisis que se

llevan a cabo en ciencias sociales, estas ideas pueden ser tomadas como “guías

interpretativas” a la hora de asignarles una o varias fuerzas ilocutivas a los

enunciados que se realizan en los textos que son objeto de estudio.

De manera heurística planteo que la determinación de la fuerza ilocutiva de los

actos de habla -partiendo de las ideas de Halliday (2004)-, pasa por determinar en

primer lugar el tipo de intercambio, propuesta o proposición, que se realiza en un

enunciado. En el caso de las proposiciones se debe determinar si se trata de una

aseveración o de una pregunta que demanda por contenidos o por el establecimiento

de una polaridad positiva o negativa en la respuesta. En el caso de las propuestas se

debe establecer si se trata de un ofrecimiento o de un comando. Luego de establecer

esto se deben buscar las marcas lingüísticas que determinan la orientación positiva o

negativa del intercambio (es o no es en el caso de la proposición, se hace o no se hace

en el caso de las propuestas) y aquellas que expresan el grado de certeza y de

usualidad de una proposición (modalización) o el grado de obligatoriedad o

inclinación de una propuesta (modulación). Por último, se debe determinar,

siguiendo lo planteado por Halliday (2004), la orientación subjetiva u objetiva del

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De la interpretación ingenua al método
José Félix Salazar Cruces

intercambio, en función de si la fuente de validez u obligatoriedad de un mensaje se

expresa como un juicio particular del hablante o como algo objetivo frente a lo que

aparentemente existe un acuerdo consensual.

Cuadro 2: Formato utilizado para inferir la fuerza ilocutiva de los actos de


habla en los textos investigados

Acto
Oración

(1) Sé como eres Intercambio. Propuesta


Comando
Polaridad: positiva
Modulación: obligación
Grado: alto
Orientación: Objetiva,
implícita
F ilocutiva: Mandato
Directo

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De la interpretación ingenua al método
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(2) Estos chantajes no son divertidos y, Intercambio. Proposición


además, pueden ser emocionalmente aseveración
peligrosos porque no te permiten reconocer a)Polaridad: -no son
tus verdaderas necesidades Modalización
Certeza alta
frecuencia alta
b)Polaridad: + además
pueden ser
Modalización
Certeza media pueden ser
frecuencia media
c)Polaridad:- no te permite
Orientación:
Objetiva, implícita.
F ilocutiva:

Representativo/Advertencia
directa

Estos elementos -juntos con la información contextual- deben integrarse para

concluir sobre la fuerza ilocutiva de enunciados concretos. En el caso de los textos

orales, deben considerarse también los elementos paralingüísticos y no verbales.

Como ya hemos señalado, las “graduaciones” o variaciones de la fuerza ilocutiva

de cada acto particular se relacionan con el uso convencional de ciertos recursos

lingüísticos en determinados contextos de habla, siendo por ello reconocidos y

aceptados por los interlocutores como indicadores de la fuerza del intercambio y del

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De la interpretación ingenua al método
José Félix Salazar Cruces

acto que en él se realiza. Como vemos, la gramática funcional proporciona elementos

para dar cuenta de estas formas convencionales.

Para finalizar, es importante señalar que este uso heurístico que propongo de los

planteamientos de Halliday (2004) para elaborar una conclusión sobre la fuerza

ilocutiva posee algunos elementos en común con un listado elaborado por van Dijk

(1977) con el mismo fin. El listado de van Dijk es -al igual que el planteado

anteriormente- un inventario de posibilidades, pues muchos de estos elementos que

pueden ayudarnos en la labor interpretativa en algunos casos no son necesarios,

mientras que en otros son necesarios mas no suficientes. Veamos:

van Dijk considera que además de la información contextual, en la identificación

de la fuerza ilocutiva pueden estar involucrados cuatro tipo de “factores”: i.e. factores

sintácticos, léxico/morfológicos, fonéticos/fonológicos y paralingüísticos.

En los elementos sintácticos, van Dijk (1977) menciona la forma o modo de la

oración (indicativa, interrogativa, imperativa), el orden de las palabras (considerando

lo que dentro de la estructura de la cláusula se concibe como dado o nuevo), las

funciones sintácticas (sujetos, objetos indirectos, etc. y sus funciones semánticas

como participantes), el tiempo (indicando cuándo los eventos o acciones tienen

lugar), los aspectos y el “mood” de la acción, la estructura secuencial de las oraciones

(indicando la delimitación y el orden de los actos de habla; se debe señalar por

ejemplo si un acto es realizado sobre la base de proposiciones complejas o si dos o

más actos se realizan en una sola proposición).

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De la interpretación ingenua al método
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En relación a los elementos léxico/morfológicos considera, la escogencia de las

palabras (indicando los conceptos envueltos y los posibles referentes de las

expresiones), el uso de performativos explícitos, las frases hechas, los tipos de

palabras, entre otros.

En el caso del discurso oral plantea que hay que tomar en cuenta la entonación,

los acentos, la velocidad, los tonos y el volumen (aspecto fonético/fonológico), así

como factores paralinguísticos como serían los movimientos deícticos, los gestos, las

expresiones faciales, los movimientos corporales, entre otros.

Una vez esbozado este listado, van Dijk concluye lo siguiente:

Although this list is certainly not complete, nor very


explicit, it seems to show that at all linguistic and para-
linguistic levels of the utterance we have a large amount
of indications about certain features of the possible
speech act involved. It is obvious that none of the
indications is as such, in isolation, sufficient to establish
certain speech acts. All levels must interpretatively be
integrated and connected with the contextual analysis
(…) (1977, p 227).
Sin duda la interpretación y asignación analítica de la fuerza ilocutiva de los

actos de habla requiere de una solución metodológica intermedia situada a medio

camino entre el uso “libre” de la competencia comunicativa del analista y las

contenciones conceptuales que se derivan de los estudios sistemáticos de la lengua en

uso.

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De la interpretación ingenua al método
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