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La playa está más allá

Un viejo del sur y un águila del norte van a encontrarse con el horizonte

La playa está más allá Un viejo del sur y un águila del norte van a

JM.Rodríguez

Producción editorial

Textos

José Manuel RodRíguez

Corrección de textos

Valentina Pilo

Ilustraciones

José Manuel RodRíguez

Diseño y diagramación

saiRa aRias

Portada

José Manuel RodRíguez saiRa aRias

© JM. RodRíguez, 2011

2 / La playa está más allá

La playa está más allá

Un viejo del sur y un águila del norte van a encontrarse con el horizonte

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4 / La playa está más allá I La playa está más allá Un viejo del

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La playa está más allá

Un viejo del sur y un águila del norte van a encontrarse con el horizonte

Con el tiempo el viejo había aprendido a hablar con los animales. No con todos pues hay animales que no sa- ben como hablar con la gente. Los perros, por ejemplo, en sus tontos afanes de ser los mejores amigos del hombre, se atropellan y el esfuerzo se va en alboroto. Igual cosa sucede con los delfines, y con los loros. Suponen que co- municarse con los humanos es hacer las cosas que ellos

quieren. Sus intentos resultan vanos, pues la gente ve sólo

las cabriolas. Con los gatos la cosa es diferente, y también

con los mapaches, las ballenas, y con las águilas, ariscas

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6 / La playa está más allá como son. Todos estos animales pueden hablar si se

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como son. Todos estos animales pueden hablar si se tiene

la paciencia de esperar y se mantiene la prudencia de la distancia. Cosas nada fáciles. La paciencia no está en la naturaleza de los hombres de estas latitudes, y menos en la de las mujeres. Y la prudencia sólo la tienen aquellas sociedades que aún conservan jerarquías antiguas, algo que no siempre fue virtuoso. En los animales el asunto es diferente, mantienen las jerarquías sin que valga la pena preguntarles el por qué. El viejo, como era viejo, lo com-

prendía bien. Sabía con qué pájaro, fiera o bicho hablar y

cuándo hacerlo.

Esas habilidades suyas hicieron posible que toma- ra la decisión que tomó, ahora que la utilidad de su vida

finalizaba. Temprano, todos los días, se iba hasta el borde

de la ciudad. No era tarea fácil, esas zonas estaban ocu- padas por las penurias, que eran muchas y poco lo que el viejo podía ofrecer para mitigarlas, sólo portaba certidum- bres. Después de superar esas desdichas se colocaba en el límite de la comarca controlada por las águilas, y allí, sin generar perturbaciones que las incomodaran, se quedaba durante horas en vigilia. Estudiaba el comportamiento de esos animales para luego tratar de conversar con ellas. Al principio la poca gente que lo veía en ese peligroso borde del territorio de exclusión comentaba –¿Qué hace?

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8 / La playa está más allá ¿A dónde va? Es un viejo loco, Como muchos.

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¿A dónde va? Es un viejo loco, Como muchos. Es fácil equivocar el juicio cuando no se oyen razones. Y el viejo las tenía. En su vigilia el viejo fue concentrándose en uno de esos animales. Varias veces lo había visto parado en

aquella rama alta y distante. Se acercaba con prudencia,

como lo ordena la sensatez, y cuando el águila lo miraba se ponía lentamente en cuclillas. Esa postura de la pa- ciencia y el recogimiento de los hombres del campo tran- quilizaba al águila que continuaba con su rutina cazadora. Era grande y aunque joven se notaba poderosa, cuando se lanzaba al aíre planeaba con un silencio espectral. El bosque enmudecía. El viejo aprendió a seguirla en sus cacerías y oía los chillidos de sus víctimas. A veces llegó a

observar sus cobranzas, y así, con la calma de la pacien-

cia, se fue estableciendo un ritual: el águila con la pieza entre sus garras iba hasta la rama alta, miraba al viejo brevemente, como comprobando que la estaba viendo y luego se marchaba lejos a devorarla. El viejo se retiraba.

Su propósito avanzaba.

Fue, luego de estos inicios, que comenzó a salu- darla y a hacerle preguntas. El animal no las respondía. El viejo sabía que no era por timidez o impericia, al contrario, era la aspereza y la arrogancia el impedimento, como le

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10 / La playa está más allá sucede a todo dueño de amplios territorios. –No será

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sucede a todo dueño de amplios territorios. –No será fácil el acercamiento –se dijo el viejo a sí mismo–, la distancia que mantiene es mucha, ya veremos. Cada vez que in- tentaba hacerlo el animal volaba a otro árbol más lejano confirmando su desagrado por la pretensión del envejeci-

do intruso. A él esto no lo desanimaba, a estas alturas de su vida los ímpetus y las ausencias dejan de atribular a

aquellos que entiende que la determinación es la fibra que

sustituye, de a poco, al vigor. Y estando así las cosas, un día sucedió. El viejo había llegado a la comarca de las águilas temprano esa mañana y encontró a su elegida acicalándose las plumas

en la misma rama donde al principio la vio. Se notaba que

acababa de comer, no demostraba ningún interés en los animales que, con poca prevención, correteaban por el suelo. Como la vio distendida se acercó. No pasó des- apercibido para el viejo que el animal estaba observando su acercamiento sin perturbarse, parecía una señal y la aprovechó allí mismo. Con voz fuerte, para salvar la dis- tancia, le dijo. –Tú no sabes de estas cosas, pero te lo voy a decir: otro viejo, mucho más sabio que yo, dijo una vez que lo que realmente nos separa de los animales es nuestra capacidad de esperanza. El águila voltea para otro lado como si le fastidiaran esos intentos de socialización.

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12 / La playa está más allá El viejo continúa –Sé que en algún momento dejarás

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El viejo continúa –Sé que en algún momento dejarás a un

lado esa arrogancia que te cubre y conversarás conmigo, y si no es conmigo será con otro como yo pues tu capacidad de vuelo no es mayor que la esperanza de los hombres por un mundo mejor. El gran pájaro mueve inquieta la cabeza, ya no se acicala, tampoco escruta el bosque con esa mira- da de acero penetrante. El viejo se estremece ligeramente

en el momento en que ella fija sus ojos en él, son de un

negro cerril muy intenso. Las palabras que brotan de su

pico llegan como el silbido de láminas metálicas: –¿A qué

te refieres con eso de un mundo mejor?

Al él no le sorprendió que le hablara, ni su metálico

sonido, fue lo esencial de la pregunta lo que lo asombró.

Sabía que la respuesta tenía que ser rápida y provocadora.

–Al mundo de la palabra cierta –dice entonces el viejo.

–Toda palabra, al serlo, es cierta –dice el águila. –No es así, la palabra es cierta cuando habla de realida- des, las que la niegan no son palabras, son invenciones. –Ese mundo del que hablas, si no existe, es una invención

–afirmó entonces el águila.

–Los deseos pueden ser realidades, si hacemos lo

necesario. –Y los sueños ¿son realidades inexistentes? –pregunta ahora el águila.

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14 / La playa está más allá –Los sueños son hechos ciertos –dice ahora el viejo–,

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–Los sueños son hechos ciertos –dice ahora el viejo–, es la mejor realidad de todas las que conozco.

–Sin embargo en los sueños hay cosas que no son ciertas,

¿es, entonces, la mentira parte de la realidad? –pregunta con cierta sorna el águila. –Claro, en este mundo donde tú y yo estamos, es así, pero, acuérdate que no estamos hablando de este mundo sino de un mundo mejor –ha dicho el viejo. –El mejor mundo que conozco está por los lugares de donde yo vengo –replicó el águila y continuó con la aspe- reza del engreimiento–, no tiene nada que ver con éste donde tú vives y no se nada del que tu sueñas.

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16 / La playa está más allá II El viejo calibró sus palabras, sabía que tocaba

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II

El viejo calibró sus palabras, sabía que tocaba el

filo del cuchillo –De donde tú vienes saben ocultar, tras el

denso humo del así son las cosas, los terribles desmanes

cometidos contra la humanidad añorada. El águila guardó silencio, miraba al norte, el viejo la observaba esperando alguna reacción. Ella, sin decir nada más, voló. El viejo siguió con la mirada su vuelo hacia los vapores del mediodía. En los días siguientes no volvió a ver al águila. Lle- gaba todas las mañanas lo más rápido que sus años le permitían, pero inútilmente, el gran pájaro no estaba en sus posaderas acostumbradas. Ante lo inevitable no que- da sino encogerse de hombros. –Las cosas que han de caer no hay que sostenerlas –se dijo–, buscaré otra. No

tenía porqué sentirse afligido, sus propósitos no eran los de un naturalista jubilado. Un día cualquiera, de esos que no parecen sig- nificativos, el águila regresó. No lo hizo en un vuelo gla-

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18 / La playa está más allá moroso o expectante. Estaba posada en una rama baja,

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moroso o expectante. Estaba posada en una rama baja, algo oculta pero extrañamente accesible. Desde allí había observado la llegada tempranera del viejo al que parecía querer sorprender. Y lo logró con su pregunta tan cercana:

–¿Llevas días esperándome? El viejo, que pese a su fra- gilidad aún tenía entereza y velocidad de pensamiento, le contestó:

–Como si fuéramos pareja. El águila no tenía sentido del humor, su físico, en tensión permanente, afectaba su desenvoltura –Eso no es posible, yo soy macho, me llaman el águila. –Discúlpame, no lo dije por confusión de género, es una forma nuestra, los del sur, de hablar, pero, dime ¿qué te habías hecho? –La cercanía del encuentro facilitaba la con- versación ligera y esto lo animó a avanzar. El ave se sobre- saltó, salió de su virtual escondrijo y regresó a la rama alta. Desde allí volvía a tener una posición dominante. –¿Qué me preguntabas? –dijo aparentando distracción. –Nada importante –contestó el viejo asumiendo el mis- mo desinterés–, supuse que algo obligó ese alejamiento de tus tareas operacionales. El ave mira con indiferencia a su alrededor, y lue- go contesta –Aproveche mi viaje para conversar con las águilas mayores acerca de esos desmanes terribles que

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20 / La playa está más allá tú dices que cometemos, ninguna de ellas sabe a

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tú dices que cometemos, ninguna de ellas sabe a que te

refieres. Nosotras somos cazadoras, me dijeron, estamos

en la escala más alta de la montería, dominamos el cielo y tenemos control de todo lo que se mueve en el suelo, esa es nuestra naturaleza y nuestra constitución, no hay desmanes cuando las cosas son naturales. –Dominar el cielo y controlar el suelo no es posible si lo que se observa es una parte pequeña de él, y no importa cuánto vuelen, todo buen navegante sabe que el horizonte siempre estará más allá. Eso también es un hecho natural. –Nosotras, las águilas, no estamos solamente paradas en una rama alta, como ahora, mientras converso contigo. Nuestro vuelo es amplio, recorremos extensos escenarios, para decirlo en tus palabras, siempre vamos más allá. –¿La amplitud de tu vuelo te ha permitido conocer el ham- bre de un niño? –preguntó ahora el viejo–, y perdona si te parezco dramático ¿sabes algo, acaso, sobre las angus- tias de las madres? El águila se inquieta, mueve sus patas ligeramente y eso produce un balanceo que, si no se conoce su cau- sa, puede parecer gracioso, pero está realmente irritada –¿Por qué tengo que saber de eso? Yo soy cazadora, esa es mi función, no tengo que estar haciéndome preguntas diferentes a lo que recomienda la buena práctica de batir

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22 / La playa está más allá el monte. No conozco a los niños con hambre

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el monte. No conozco a los niños con hambre ni las angus- tias que tendrán sus madres, pero sí conozco el esfuerzo que tengo que hacer para mantener el control del espacio que se me ha asignado, igual el de las otras águilas, que son mis compañeras de misión. Ese esfuerzo es absolu- tamente necesario para asegurar que las cosas que son naturales lo sigan siendo, es un asunto que tiene que ver con nuestra permanencia, con nuestra seguridad. El viejo sonrió, tomó nota (para algo sirve ser viejo) que la segunda parte de su tarea con el gran pajarraco se había logrado: había comprobado que estaba frente a la simpleza de la fuerza. Al animal le estaba vedado entender que la realidad sólo muestra la existencia efectiva de fenó- menos o acontecimientos, no sus razones. Tras su fortaleza física sólo había un espíritu incauto, de esos que se man- tienen siempre flotando en la superficialidad e imaginan li- nealidad entre fenómeno y valoración. A los necios les pasa lo mismo. Son los que no necesitan de mucho para trans- formar los fenómenos en convicciones. Sus desamparos

mentales les hacen suponer que el mundo de la sinrazón que ellos ven es el real y concreto. Lo demás son mundos irreales construidos por los que ellos llaman ideologizados, reconocibles por estar siempre del otro lado, que es el lado incorrecto. Decidió continuar provocando al animal.

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Dibujo de Albrecht Dürer, 1514 24 / La playa está más allá – Ustedes, sin preguntar

Dibujo de Albrecht Dürer, 1514

24 / La playa está más allá

– Ustedes, sin preguntar o escuchar, dan por hecho que los animales de la tierra sólo son útiles para comérselos. Agraden con furia a todos los que disienten de tal destino,

y no les importa tomar por asalto a las naciones que se

hacen inconvenientes. Se han apoderado del mundo para

colocarlo a su servicio sin entender que el escenario que ustedes han montando, como este, no garantiza la vida. No se puede desaparecer a la gente que, como yo, no com- parte sus convicciones. Ese es un principio inmediato. El águila reinició el balanceo teatral, sus palabras metalizadas completaban el histrionismo. –Te has empeña- do en mal hablar de la sociedad de las águilas, y la presen- tas como si fuera el origen de la maldad y el tormento. Qué equivocado estás, o qué malas intenciones te mueven. La mejor evidencia de la grandeza que nos impulsa es nues- tro vuelo, amplio y libre. Con él aseguramos la tranquilidad interior, proveemos lo necesario para la defensa común, promovemos el bienestar general y aseguramos para no- sotros y para nuestra posteridad los beneficios de la liber- tad. No hay otra verdad. –Esas son las palabras de tus fundadores. Vuestros pa- dres –replicó el viejo–, se apoyaban en la enseñanza de otros pensadores, mucho más antiguos que ellos, que afir- maban que había que sostener la verdad para que no ca-

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26 / La playa está más allá yera. Era la absurdidad del amén. Pero te cuento

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yera. Era la absurdidad del amén. Pero te cuento que ha habido otros pensadores, poco apegados a estas disquisi-

ciones teológicas, uno de ellos afirmaba, y tenía la fuerza

de un mazazo: la verdad como asunto del pensamiento no tiene ningún interés. Lo que nos quería decir este antiguo pensador es que todo debe confrontarse con los hechos cotidianos, con lo que hacemos, con lo que decimos. –¿No sé si estás diciendo que hay otras verdades diferen- tes o que la verdad no existe? –el águila miraba con un gesto de asombro, aunque el asombro sea un sentimiento humano. –Lo que digo es que los hechos conforman realidades, no verdades. El águila continuó, en su desconcierto, preguntan- do –¿Eso significa que lo que yo te dije sobre nuestra so- ciedad es mentira? –No exactamente, la mentira no tiene nada que ver con la interpretación sincera, o ingenua, no deliberadamente interesada, de un hecho, sino con el ocultamiento cons- ciente de esos hechos, con el engaño fabricado y con la adulteración aviesa de la información –dijo el viejo–, ella, sólo es utilizada por dos tipos de personas: los estúpidos, que igual pudieran andar por ahí diciendo que la fuerza de gravedad no existe, y los perversos, que conociendo las

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28 / La playa está más allá consecuencias de tal estupidez incitan a la gente a

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consecuencias de tal estupidez incitan a la gente a saltar, hay que cuidarse de ambos. –Me resulta difícil seguir tu razonamiento, no se si me es- tás diciendo ingenuo o perverso, pero te digo una cosa, la fuerza de gravedad sólo afecta a los animales que no pue-

den despegarse del suelo, como tú –dijo el águila–, para nosotras es como si no existiera. –Estás evadiendo lo central, pero te lo digo de una vez, si no existiera la fuerza de gravedad no tendrías que mover las alas, flotarías ingrávida –dijo el viejo, y continuó– Sa- bes que es poco el tiempo que puedes estar en el aire sin mover tus alas, si no lo hicieras caerías. –Siempre habrá una rama o una roca donde posar mi can- sancio –dijo el águila. El viejo sonrió discretamente y, de- jando al águila desconcertada, emprendió su regreso sa-

tisfecho. Su propósito avanzaba.

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30 / La playa está más allá III Toda la noche la pasó el viejo atareado

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III

Toda la noche la pasó el viejo atareado entre apare- jos y avíos, a media mañana estaba listo. Había llegado el día para el que se había preparado. Introdujo los frutos de su esfuerzo en un morral que le encorvó la espalda. Antes de salir de su habitación dejó una nota muy breve, casi

furtiva, sobre la mesa: Sé que debe haber un mundo donde un historial funesto descalifique al juez, voy a buscarlo.

Mucho le costó al viejo traspasar el anillo de mise- ria, sólo su imagen venerable le salvó de los vándalos que por allí abundaban. La gente que ya lo reconocía le ofrecía respeto y el apoyo de sus fuerzas. Le preguntaban para dónde iba tan cargado y si quería ayuda. –Voy para el mar –contestaba el viejo con una sonrisa. –El mar le queda muy lejos, señor, y no lo van a dejar ca-

minar por allí. –No se preocupe señora, iré volando. Palabras como esas, que eran palabras de acogi-

miento, hacían florecer las carencias, iban y venían entre

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32 / La playa está más allá el asombro, la dulzura y el polvo del camino.

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el asombro, la dulzura y el polvo del camino. El viejo llegó agotado al anillo custodiado por las

águilas. Se descolgó el pesado morral que lo agobiaba y

se sentó en un tronco que yacía secándose al sol. En las alturas se escuchaba el graznido vigilante. Los grandes pájaros observaban. –Vienes muy cargado, apenas podías caminar –el águila del cuento ya había llegado, era obvio su enganche con el viejo–, ¿Qué es lo que llevas ahí? –¿Recuerdas que me dijiste, hace días, que los humanos no podemos despegarnos del suelo? Te demostraré que sabemos cómo hacerlo y también cómo mantenernos en el aire –dijo el viejo–, volamos de diversas formas, en pá- jaros de hierro y también en globos de aire.

–Eso es hacerlo con artificios –dijo el águila.

–Cada quien con sus habilidades –dijo el viejo–, ¿Acaso tu fortaleza te permite dormir?

–No lo podemos hacer, somos vigilantes –ha dicho el águila. –Deberías reconocer que tal cosa no es un mérito, no me

refiero a ser vigilantes, que es un oficio como cualquier

otro, hablo del no dormir, es fácil imaginar que algo así

termine mal, por lo menos para el que no duerme. Todos, incluyéndote a ti, agradeceríamos que lo hicieras –ha dicho el viejo, y continuó su discurso encantador–.

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34 / La playa está más allá Hubo un poeta nacido entre ustedes, que vivió hace

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Hubo un poeta nacido entre ustedes, que vivió hace ya algún tiempo, no sé si lo conociste. Ese poeta cantaba una hermosa canción, decía algo como esto: ¿Cuántos mares debe una paloma blanca volar antes de que pueda dormir en la arena? –Ni somos palomas ni ellas me interesan, tampoco me in- teresan los poetas, no conozco a quien mencionas –ha dicho el águila. Al viejo esas palabras del águila le provocaron desaliento –¡Ah! palomas y poetas no son de tu interés –las palabras brotaban dentro de su cabeza– es por eso que no sabes cuántas de ellas y cuántos de los otros han muerto por vuestras manos. El negro cerril de la mirada del pájaro le hizo ver que no debía perder el momento logrado y recu- peró su aplomo. –Volvamos al asunto del poeta, te aseguro que es inolvida- ble dormir, así sea una vez, en la arena de una playa.

–Yo que he volado toda la comarca no he visto playas de arena por aquí, al final de este bosque sólo hay acantila- dos rocosos –dijo el águila dando por fin una muestra de

estar interesada. – No es por aquí, esas playas de las que hablo son un de-

safío –dice ahora el viejo– hay que llegar hasta el horizon- te que está luego del mar, yo, si tú me lo permites, lo pue-

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36 / La playa está más allá do hacer en mi artificio y tú con los

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do hacer en mi artificio y tú con los medios naturales que

posees.–¿Cuál es el desafío? sabes que llegaré mucho más rápido que tú, si es que llegas –respondió el águila ya atrapada por la incitación. –No se trata de llegar primero, sólo de llegar –dice el viejo con suave voz–, descansar en esa arena del poeta será, para ti, una proeza, más importante de las que tú crees haber realizado, para mí será un gozo. Mientras decía esto el viejo sacó del morral un paño cuidadosamente doblado, era una goma de un na- ranja opaco, también una red, similar a las atarrayas que usan los pescadores. De ella pendía, en vez de bolitas de plomo, un arnés con sus broches y hebillas. También sacó un cilindro metálico parecido a un extinguidor. No dejó de percibir que mientras hacía esto el águila se acercó a con- templar la faena instalándose en una rama próxima y baja. Desdobló cuidadosamente el paño de goma anaranjada que resultó ser un globo de gran tamaño, con la misma

forma de esos que abundan en las fiestas de niños, pero

mucho más grande y robusto. Lo rodeó con la atarraya y

comenzó a inflarlo con el aparato que había traído, que

era en realidad una bombonita de la que salía, con agudo zumbido, el gas. –¿Y tú piensas llegar a ese lugar del que me has hablado

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38 / La playa está más allá en ese globo? –preguntó el águila. –¿Y tú piensas

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en ese globo? –preguntó el águila. –¿Y tú piensas que tus alas te pueden asegurar llegar? –respondió el viejo sin levantar la vista de sus tareas–. La

playa que vamos a buscar está más allá de tus fuerzas. Este globo no sólo me transportará a mí, te servirá a ti para

recuperarte del cansancio del volar tan lejos. Este artificio,

como tú lo llamas, será lo que asegure a ambos la realiza- ción de este desafío. El globo ya estaba totalmente hinchado. Tiraba del tenso mecate amarrado al tronco del árbol que yacía se- cándose al sol. El viejo, mientras revisaba, con la calma de la edad, que todo estuviera en orden, continuaba la con- versación con el animal embelesado. –Como sabes, este globo será arrastrado por los vientos. En el mar ellos no son muy fuertes pero sí constantes y siempre soplan en la dirección conveniente. Pero para sa- lir de aquí y llegar al mar hay que esperar que oscurezca

pues es en la noche que el viento de la montaña sopla en esa dirección, tú no tendrás problema con eso, dices que nunca duermes. Ya estaba oscureciendo cuando el viejo sintió el cambio del viento. Fue sólo un suave susurro en las ho-

jas de los árboles y una sensación ligera en su piel. Se incorporó con la dificultad de las articulaciones roñosas y

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40 / La playa está más allá comenzó a colocarse el arnés. Le habló al águila

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comenzó a colocarse el arnés. Le habló al águila con la

voz fuerte del que guía –Ve preparándote águila, va a co- menzar nuestra aventura. Puedes salir primero, sigue la dirección del viento, con la certeza que yo estaré siempre detrás de ti. Cuando te canses de volar podrás regresar y posarte sobre este globo, será tu rama en el viaje. El globo comenzó a elevarse con suavidad, el viejo

que colgaba del arnés era muy liviano. Suspendido ya en

el aire sintió que su cuerpo había dejado de dolerle, era como si la fuerza de gravedad desapareciera, tal cosa le resultó placentera, y levantó su cabeza hacia el cielo que tornaba su azul en violeta. El ave grande y silenciosa pasó, alta sobre él, en dirección al horizonte. –Vuela águila, vuela, cuando amanezca podrás compren- der que el vuelo más importante de tu existencia será el de tu muerte.

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