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María Isabel Quintana

El Último Dinosaurio y
Otros Cuentos

Editorial Entremilenios
colección en rojo
El Ultimo Dinosaurio
Y
Otros Cuentos

Editorial Entremilenios
COLECCIÓN EN NEGRO
María Isabel Quintana

El Último Dinosaurio y Otros Cuentos

Editorial Entremilenios
colección en rojo
El Último Dinosaurio y Otros Cuentos
Segunda Edición: Marzo de 2008
Editorial Entremilenios.
Colección en Rojo

Queda prohibido, dentro de los límites establecidos en la ley, reproducir parcial o


total esta obra por cualquier medio o procedimiento, sin la autorización previa y por
escrito de la autora de este libro.

Primera edición:
Marzo 2000, Valdivia, Chile,
en Ediciones Caballo de Proa

En portada pintura de Robinson Mora (Panorama CF)


Agradecimientos:

A Inés por invitarme a formar parte del proyecto

A Gabriel por su inestimable ayuda


PRÓLOGO A LA 1ª EDICIÓN

El secreto riachuelo bajo el follaje

Desde lo alto de la Trapananda, el profundo sur chileno y


el último lugar del planeta, semeja un verde puño cuyos
dedos se aferran en el mar. De aquella verde azulina imagen,
tremenda,”vertiginosa y atropelladora”- como lo habría
descrito Neruda en la búsqueda de la espléndida ciudad
formulada por Rimbaud, nace una realidad compartida sin
embargo con los asentamientos humanos.
Allí crece la irrevocable identidad del individuo y el sello
de una escritura a la cual, por nuestra conciencia y sentidos y
también por nuestra memoria colectiva no podremos
escapar, El oficio queda entrampado en el registro del
medio, ya no por la descripción inmediata e inútil del
paisaje, sino por el sentido de los términos. La palabra
soledad no se dice; se musita y se instala en la piel del lector
como una ausencia.
Así ocurre con la escritura de María Isabel Quintana en El
Ultimo Dinosaurio & Otros Cuentos. Este primer libro,
luego de las plaquetas Una decisión correcta, Juegos de
Niños y Hombre de Poca Fe, publicadas en forma artesanal
en 1999, encarna el espíritu en al extensión del medio. Junto
a su testimonio conforma la dualidad desde la cual su
escritura dará vida a estas páginas.
Pero su realidad, como bien apuntara el poeta Carlos
Henrickson en un taller de cuentos donde participamos con
la autora nace en el texto a partir de distintos enfoques y
actitudes. En todos los trabajos de El Último Dinosaurio,
germina una sensación de pérdida, de corte temporal, de
delirio o desquiciamiento. Sus dieciocho cuentos se ubican
en tres cuadernillos cuyas anécdotas perviven bajo esta
secreta clave. Una suerte de fino riachuelo, tras el hermoso
follaje que es la página, recorre su estructura cristalina y
frágil, poderosa y rocosa, escondida y entregada a al luz al
mismo tiempo, porque la palabra dice y la palabra silencia
en su camino secreto.
De un solo corte reúne sus seis primeros trabajos. La
realidad unívoca ejerce aquí un claro dominio y se establece
en el escenario propuesto por la autora. Pero todo es imagen
en esta vida. Creemos ver cuanto no es y el sentido no
engaña al hombre porque la realidad (lo habremos de
comprender ya iniciado el camino) es en verdad equívoca.
Sólo el recuerdo, al montar las escenas y las tomas de la
memoria en su correcto narrar, podrá iluminar nuestro
sendero. Así, en el gozoso cuento Por culpa de Wagner, la
certeza de un mundo paralelo se hará más proclive aún, a
pesar del soplo que detiene su magia en forma abrupta. En el
siguiente texto Juego de Niños, tal corte se evidencia sobre el
absoluto registro de las fotografías.
El fulgor de las imágenes se entrecruza en Desaparecidos
el segundo compendio, para mostrar y ocultar los nombres y
los rostros más amados en el rápido barajar del naipe del
destino. La pérdida, la sorpresiva, gradual, deseada o
maldecida pérdida, no detiene nuestro andar sobre la tierra.
Todo pasado es nuestro, perece decirnos; pero en tanto el
presente sea imagen, desde aquel proyectamos el paso
siguiente. Siempre hay una esperanza y esa esperanza la
hallamos en El Amanecer de los Pájaros, un canto a lo vital y
alo adánico a pesar de los tiempos y su actual devenir.
Sin embargo, la certeza ha de llegar como delirio o
desquiciamiento en un choque de realidades. Hebra sin Fin,
el tercer cuadernillo, reúne esta suerte de miradas donde el
humor muestra a veces su dolorosa sonrisa. La sonrisa del
derrotado, del perdedor, del inútil asoma ahora con un sesgo
de triunfo. El personaje virtual, el secreto riachuelo, ha
encontrado la ruta en el instante postrero. Y al mismo
tiempo renace, como la obra del artista en Autorretrato, en la
arcilla de la más íntima verdad humana: su conciencia de
ser.
El Último dinosaurio & Otros Cuentos le ha valido a su
autora, y con justeza, una beca para escritores otorgada por
el Consejo Nacional del Libro y la Lectura. Para este lector
lejano y ajeno, el paisaje de esa Trapananda esfumada en su
profunda voz, le ha significado placer en la lectura, imagen e
idea a la vez de un mundo desconocido y utópico; pero
siempre posible.

Juan Cameron
Valparaíso, diciembre de 1999
PRÓLOGO A LA 2ª EDICIÓN

Hace siete años, nació El Ultimo Dinosaurio y otros Cuentos;


libro primogénito que le permitió a la autora someter sus primeros
escritos a la mirada de los lectores. Se asomó en pequeño formato con
sus virtudes y defectos, prologado entonces por el laureado poeta Juan
Cameron.
En siete años, con los avances tecnológicos en el mundo
literario, El Ultimo Dinosaurio reclama su espacio y viste moderna
tenida de e-book.
Este dinosaurio, concepción particularísima en cuanto a temas
de género, le trajo a la autora una beca para escritores otorgada por el
Consejo Nacional del Libro y la Lectura, la publicación en la Antología
Cien microcuentos chilenos de Juan Armando Epple, editorial Cuarto
Propio y el encasillamiento de feminista por parte de algunos
furibundos lectores que arremetieron también contra La mancha
escarlata, sin aquilatar los abusos que ambos cuentos presentan.
Esta edición electrónica llega a ustedes con algunas
modificaciones. Se ha eliminado Cuento viejo. Regalo de Cumpleaños
sufrió alguna cirugía y Por Culpa de Wagner recuperó el último
párrafo que había perdido.
Algunos de los cuentos están dedicados a personas identificadas
sólo con las iniciales, quizás sea tiempo de develar sus secretos.
La protagonista de El Ultimo Dinosaurio, mantendrá su
anonimato porque, aún cuando han pasado más de cincuenta años,
todavía le duelen los abusos a que fue sometida siendo apenas una
niña de cinco años, recuerdos que se agudizan en estos tiempos en que
el tema se ha vuelto recurrente. Alfredo, de El Patio 27, no se
enorgullece de su paso por la cárcel, demasiado joven y soberbio, ahora
piensa que no midió las consecuencias que le podría haber acarreado
su actitud. Bendito él, que me confió la historia. M.H, era la cara
visible de la historia, sin embargo el verdadero protagonista se llama
Javier y hasta ahora ignora que es el personaje del cuento Huérfanos.
Mientras escribía Regalo de Cumpleaños, falleció Sola Sierra,
gran defensora de los Derechos Humanos y Presidenta del Agrupación
de Detenidos Desaparecidos, de todas formas dediqué el cuento a su
memoria y hoy el libro se encuentra en manos de la Agrupación.
He dejado para el final la mención a las personas que
contribuyeron a la mejor presentación de este libro, en versión papel:
A Pedro Guillermo Jara, diseñador y padre lejano, que hizo que el hijo
luciera lo mejor posible, gracias por su preocupación constante.
Robinson Mora, el autor de “Panorama CF”, que ilustra la
portada, es un reconocido artista internacional que pone énfasis en
capturar la magia de la Patagonia. Quedó gratamente sorprendido por
el resultado de la tapa. Mis agradecimientos eternos por su generosa
colaboración y apoyo a mi proyecto literario y mis excusas por haber
mutilado una parte de su obra en la presentación digital.
Juan Cameron, desconocía el cuadro que ilustraría la portada y
sin embargo, su genio poético, apreciable en la lectura del prólogo de
la primera edición, coincide plenamente con la intención de la pintura
y el espíritu de la autora cuando dice: “Para este lector lejano y ajeno,
el paisaje de esa Trapananda esfumada en su profunda voz, le ha
significado placer en la lectura, imagen e idea a la vez de un mundo
desconocido y utópico, pero siempre posible”.
A Carlos Henrickson por su inestimable aporte en la primera
edición
Gracias al Consejo Nacional del libro y la Lectura por la beca,
que hizo posible la realidad de un sueño y por la adquisición de una
apreciable cantidad de ejemplares que fueron distribuidos en las
bibliotecas públicas del país, lo que me hace pensar que este
Dinosaurio puede haber llegado a muchos lectores.

María Isabel Quintana


Viña del Mar, enero de 2008
De un solo corte
Todo lo viejo, lo rancio, lo inútil
tendrá que desaparecer.
Habrá que talar el jardín de los cerezos

Antón Chejov
EL ULTIMO DINOSAURIO
a R.O.

Fue necesario un solo corte. El cuchillo era grande y afilado.


No dudó ni por un segundo.

Desde pequeña supo que existían, y conocerlos fue


inevitable. La primera exhibición de un dinosaurio le fue hecha por
su padre adoptivo; luego vinieron otros y otros más. A corto plazo
fue una jauría de ellos que la acosaban a toda hora y en cualquier
lugar. Ella odiaba los ridículos animalejos de cuello largo que
habían convertido su vida en un eterno huir.

Decidió que esta vez sería el último y con la fuerza que le


daba la furia fue necesario un solo y certero corte.

El hombre con los ojos desorbitados, por el dolor y el


ultraje, no vio cómo ella sonreía con inocencia al pensar, que al fin
y al cabo, los dinosaurios eran una especie en extinción.
ARBOL GENEALOGICO

En aquel tiempo, un pastorcillo que paseaba por el Jardín del


Paraíso, encontró en medio de la floresta un árbol cargado de frutas.
No comas de él —le habían advertido, pero la tentación pudo
más y con puntería certera derribó la más alta que luego de un golpe
sordo en el suelo, se perdió dando tumbos colina abajo. Tras una nueva
pedrada cayó a sus pies una fruta magnífica. Tan extraordinaria era
que vaciló un segundo antes de propinarle un mordisco, con tal
violencia, que el jugo escurrió por el dorso de su mano.
En el instante que mordía, escuchó perplejo una mezcolanza
entre fruta triturada y plegaria divina. Atemorizado el niño la arrojó
lejos y emprendió la huida. Corría despavorido cuando el viento azotó
ante su cara un manojo de blancos cabellos. El abuelo yacía inmóvil al
pie de la colina.
Lleno de espanto divisó, un poco más allá, a su padre que
sangraba profusamente por una herida abierta en el costado.

DIET
A DIETA HIPOCALÓRICA

ICA
A Maya

Desde mi silla observé a la recién llegada. Sobre sus


cortas piernas balanceaba rítmicamente sus casi ciento veintitantos
kilos.
La Directora la llevó a pasear por las avenidas, los jardines
colgantes, las cascadas artificiales bordeadas de helechos y las
numerosas escaleras que ayudaban en forma natural a realizar los
ejercicios diarios.
La mujer volvió radiante aunque algo cansada. Por su amplia
sonrisa se notaba que le había gustado el sanatorio. Con voz
entrecortada, elogió la arboleda plagada de diversas clases de pajarillos
que acompañaban con sus trinos a los seis canarios enjaulados para
entretención de los residentes.

Las actividades se iniciaban temprano. Después del magro


desayuno venía la clase de gimnasia. Yo esperé que llegara la señora
Elsa que todas las mañanas me arropaba en mi silla y se sentaba a
charlar mientras picaba manzanas para repartir en las jaulas de los
canarios.
A la hora del almuerzo las mujeres que debían hacer dieta,
devoraban las verduras cocidas, las frutas y los abundantes vasos de
agua de hierbas que en total sumaban escasas ochocientas calorías por
día. Era un régimen estricto. Para olvidar el hambre, dormían largas
siestas. Para mí, este era un momento de ensueño. Cerraba los ojos y
soñaba con otros tiempos, cuando era joven y correteaba por los
campos junto a mis hijas, antes del accidente allá en el sur.
El prolongado maullido del gato quebró de golpe mis recuerdos.
Abrí los ojos sobresaltada y alcancé a divisar a la gorda, roja de ira,
lanzando puntapiés al aire. Me alejé antes que me descubriera y salí al
encuentro del escritor alcohólico, un hombre de conversación amena a
ciertas horas del día, porque la mayor parte del tiempo se sumía en una
profunda depresión y podía pasar horas mirando al suelo, quizás en
busca de las raíces de su infortunio.
El segundo día fue aún más duro para la nueva residente.
Mientras los demás dormían, ella deambulaba por las avenidas. La
escuché cuando le hacía arrumacos a los canarios metiendo sus dedos
regordetes entre los diminutos barrotes de las jaulas.
En la mañana del tercer día los pajarillos se veían tristes.
-Qué raro- comentó la señora Elsa- suelen comportarse así
cuando tienen hambre, tendré que dejarles doble ración de manzanas.

Al mediodía vino a visitarme mi hija. Como siempre, trajo


chocolates de regalo. En treinta años no había logrado comprender que
no me gustaban los chocolates. Desde hacía un tiempo había espaciado
las visitas. Verme en silla de ruedas le alteraba profundamente y al no
poder controlar su disgusto, terminábamos peleando. A poca distancia
la gorda escuchaba nuestra discusión mientras miraba con ojos
codiciosos la enorme caja de golosina. Su cara se había tornado de un
color ceniciento y con los labios semiabiertos se saboreaba con
anticipación. Mi norma era no interferir con los reglamentos del
sanatorio y aunque me partía el alma, le regalé la caja de chocolates a
la señora Elsa, cuando vino a recogerme al atardecer.
No disfruté la puesta de sol como otros días porque el rezongo
de la gorda, deambulando entre las jaulas, puso una nota oscura entre
los arreboles.
Las ruedas de mi silla rechinaron a la hora del silencio y antes
de retirarme, me despedí lanzando un beso a cada uno de los seis
canarios. El sexto beso traspasó la jaula vacía y se perdió en el aire.
¡Señora Elsa! grité. Ella no me miró. Su vista perseguía un
enorme bulto de casi noventa kilos que se perdía entre los árboles,
balanceándose sobre sus cortas piernas.
PATIO 27

El hombre más temido del penal se paró en la puerta llenando


con su humanidad aquel vacío que me permitió medir su altura y
corpulencia. En forma violenta depositó a mis pies un canasto con
ropa, y sin preámbulos exigió:
¡La quiero lavada y tendida, cabrito!
La O rebotó en el suelo donde yo estaba sentado. Subió por mis
rodillas hasta mi garganta y salió por mis asombrados ojos. Deambuló
por veinte pares de ojos expectantes, se adentró en las arrugas y los
ceños fruncidos de algunos, escudriñó las cicatrices y las heridas de
otros tantos y se quedó suspendida, sin poder traspasar el aire denso
del patio 27, como esperando mi respuesta.
Mi metro ochenta se alzó desafiante sobre mis piernas
exageradamente abiertas y los músculos tensos de mis brazos
colgando en estado de alerta.
—¡Si querís también te la plancho!
Esta vez la O se acomodó a la perfección en mis labios
contraídos y se la lancé al rostro, casi como un escupitajo.
Su desconcierto duró el tiempo suficiente para que yo volviera a
sentarme.
POR CULPA DE WAGNER

La puerta de la vieja casona se quejó con dolor de bisagra


enmohecida. Mi amigo, sin soltar el picaporte me invitó a entrar
con un gesto malhumorado:
¡ Apúrate que me interrumpes !
No me molestó su impertinencia, nuestra amistad databa de
largo tiempo. Nos habíamos conocido bailando en un lugar de moda.
El movimiento increíblemente sincronizado de la danza nos sorprendió
por su magia indefinible, como la luna en el espejo, como yo soy tú .
Desde entonces habíamos cultivado una amistad a toda prueba.
—¿Conoces Sigfrido? —me pregunta, aludiendo a la música
espantosa que estaba escuchando.
—No, pero si se parece a ti, me encanta— bromeo.
Mi risa sonaba nerviosa por el hecho de constatar, una vez más
nuestras eternas coincidencias. Esa misma tarde yo había estado
leyendo sobre amores mitológicos de la épica germana. Sigfrido y
Brunilda, me cautivaron
El, sin haber visto jamás una mujer, se fascina ante la doncella
vestida de armadura que lo encandila con su cabellera de de oro. Ella,
al igual que su homóloga “Bella Durmiente” despertará a la vida tras el
beso de un héroe sin miedo.
Yo desconocía la admiración de mi amigo por Wagner. Me lo confirma
su actitud embobada, sentado en el sofá, con su cabeza hacia atrás, los
ojos cerrados, ignorándome.
—¡ Hey, estoy aquí !
Se gira hacia mí y a un tiempo ambos cruzamos una pierna y
extendemos un brazo sobre el sofá, en un juego inconsciente del espejo
hemos formado el círculo perfecto: No se sabe dónde empieza uno y
termina el otro. Es nuestro propio universo redondo.
La música hasta ese instante no me agradaba, demasiado
lóbrega: fagots, tubas, metales ruidosos. De pronto una explosión de
luz en medio de tanta oscuridad. La música gira hacia una brillante
uniformidad tonal que ilumina el cuarto.
La energía alcanza nuestro círculo y nos envuelve la magia.
—Dich lieb´ich.
Sigfrido solicita la correspondencia a su amor, fuerte y rotundo.
Brunilda con voz enronquecida se resiste. No necesito saber alemán
para comprender el diálogo.
En un sospechoso tono monocorde mi amigo intenta relatar la
historia. Sumida como estoy en mi propia aventura, apenas logro
entender.
Trompetas y trombones se desordenan. Ella suplica; él
argumenta. Las pulsaciones compartidas navegan al ritmo de los
violines. El aire se siente tibio. Voces, luz, calor, los metales se
convierten en oro. Brunilda aún se resiste, yo también. Los ojos en los
ojos, los labios entreabiertos, el aire gira en círculos concéntricos,
equidistantes de los besos que no fueron.

Sigfrido ha encontrado la mitad que le faltaba, se siente


completo y entona el leit motiv como una marcha triunfal. Brunilda
irrumpe en mis venas a fuerza de timbales; la tormenta se desata en mi
mar interior. El corno, ya no es el apremiante convocador, ahora suena
dulce y suave. Es el llamado del amor (para mí son las trompetas de
Jericó que derriban la muralla tanto tiempo levantada).
Brunilda, en franca fusión erótica, se une al llamado de Sigfrido.
Las voces se entrelazan, se acarician, se beben, se exaltan. El dueto
sube de intensidad, se torna esplendente. Mi amigo me mira con luz en
sus pupilas. Las mías se esconden tras los párpados entornados.

La música llega a su fin. Brunilda se entrega, vencida, en un


vibrante Do, extenso, estremecedor. Cierro los ojos en el momento
que la música sucumbe a la fuerza del amor y por mis oídos
penetra un espantoso rechinar de bisagra enmohecida.
Una voz apenas conocida, grazna:
- ¡Hola amigos! ¿interrumpo?
La sonrisa intrusa muerde la burbuja que estalla,
desintegrándose. Ojos desorientados flotan en un íncomodo mar de
desconcierto. Toses y carraspeos se suman a clarinetes y trombones.
Con cierta torpeza recojo mi máscara llena de dientes y respondo:
Hola. Mi otro yo, colgando de un jirón de la burbuja, masculla
improperios en contra de Wagner y todavía no sé por qué.
JUEGO DE NIÑOS

Un olor a recuerdos añejos invadió la habitación cuando abrí la


pesada caja con revistas y fotografías que he llevado conmigo durante
cincuenta años. Abro el viejo álbum de fotografía y los recuerdos me
acercan a Coyhaique, mi tierra natal. En esta primera página se ve
nuestra casa, de madera nativa, al natural. Tiene un largo corredor con
las tablas de piso ligeramente separadas. Nunca supe si había sido
construido con madera verde o si era para que escurriera el barro que
todos traíamos en los zapatos. Enfrente se aprecia una gruesa vara
horizontal sobre dos robustos soportes  varón se llamaba y era
como el estacionamiento en que los visitantes amarraban sus
cabalgaduras.
Mario y El Cholo montaban en este varón y a galope tendido,
realizaban interminables viajes rumbo a ninguna parte. Nosotros los
más chicos, no sabíamos de otro poblado en leguas a la redonda.
En esta fotografía está mi papá, sentado detrás de su escritorio,
de impecable guardapolvo blanco, frente a él, un montón de frascos
etiquetados a los que teníamos prohibido el acceso. “Los remedios son
peligrosos y muy escasos, se usarán bajo estricta receta médica”.
Aunque en la foto no se alcanza a leer, recuerdo perfectamente el cartel
que se ve a su espalda.
Esta instantánea es genial: ¡mi mamá tejiendo! Está en el salón
y a pesar de la cámara sin flash, de todas maneras se ve el brillo del
piso. Era la manía de mi madre. “Salgan de aquí niñitos, que traen los
zapatos sucios”. Salíamos. A correr por las calles de tierra, a
encaramarnos en los árboles y a comer frutas en verano. A
confeccionar monos, a librar batallas con nieve en el invierno, o a
fabricar coronas de flores en primavera. Nuestros juegos eran siempre
afuera, hasta muy entrada la noche.
Y aquí está la patota. Esta la tomó mi papá cuando cumplí siete
años, no se ven gorros, serpentinas ni globos. Recuerdo que en vez de
challa, nos lanzábamos puñados de pasto tierno.
Ese grande del fondo es Ricardo. El del pelo tieso es Raúl; Mario
y el Cholo, los inseparables. La de trenzas es Rebeca y la flacuchenta,
su hermana Flora. La más gorda, la que ocupa la mitad de la foto, soy
yo.
No sé por qué tengo esta fotografía del cementerio si yo la había
escondido en el fondo de un cajón. Si no fuera por las cruces de
madera, se diría que era la réplica de la ciudad. Estaba situado en la
calle Baquedano. Nos quedaba lejos, pero valía la pena el viaje porque
era nuestro lugar favorito para jugar. Allí concurríamos todas las
tardes después de la escuela. Estas casas en miniatura, idénticas a las
del pueblo, en su mayoría eran de tejuela. Algunas tenían un cerco
pintado de blanco, otras, un corredor. Había una algo más grande que
tenía un altar, ideal para nuestros juegos. Extendíamos un mantel que
manteníamos oculto en el hueco de un árbol y nuestras colaciones se
transformaban en verdaderas comidas de etiqueta. Después venía el
juego de ser adultos:
— Buenos días, señora... ¿Cómo está usted? La invito a tomar unos
matecitos.
— Gracias vecina, le voy a aceptar porque quizás a qué hora llegará
el hombre, salió hace rato a buscar unos caballos ariscos y no
bajará hasta que junte toa la tropilla.
— Invitemos también a la señora Rebeca.
— Buenos días señora... ¿Cómo está usted? La invito a tomar unos
matecitos.
— ¡Listo no más!, total este otro tiene pa’ rato, le dio por trabajar unos
cueros, dice que le faltan maneas y que ya queda poco pa’ la señalá.
— Y usted como está, pues ¿ha sabido de su marido?
— No me hable de ese, oiga, desde que se fue pa’ l’argentina no he
sabido más de él.
— Y su niño, señora, ¿Está mejorcito?
— No fijesé, parece que el último resfrío le atacó el pulmón.
En otras ocasiones, nos dedicábamos a la siembra,
aprovechando la tierra recién removida de alguna tumba. Para
estos menesteres, enterrábamos pequeñas ramas de ñirre, flores de
ciruelillo, las pepas de las manzanas, ciruelas y guindas que nos
habíamos comido.

La nostalgia me arranca un suspiro, vuelvo a las fotografías. En


ésta nos vemos todos más grandes. A Ricardo le ha salido bigote y
dejó de jugar con nosotros. Raúl se quedó chico y tiene cara de
enfermo; el perro que está a la derecha es el Guante, que le regaló
mi mamá como compañía porque Raúl ya no iba a la escuela.
Recuerdo que tosía tanto que nos asustaba.

Tengo varias fotografías más, pero me da pero me da pena mirarlas


porque falta Raúl. Desde que se murió no fuimos nunca más a jugar al
cementerio.

El álbum cae desde mis manos y lágrimas de nostalgia


empapan las hojas secas que han estado aprisionadas por
cincuenta años entre sus páginas. Una fragancia silvestre inunda la
habitación y se cuela en lo más hondo de mis recuerdos.
Desaparecidos
¡Qué vasto y dulce el aire!
Todo lo que perdí
Volverá con las aves

Jorge Guillén
HUERFANO

A Javier

Como en la guerra, ordenaban los cadáveres uno al lado del


otro. Yo había contabilizado por lo menos veinticinco. La gente corría
tratando de llegar a la orilla con la secreta esperanza que entre los
ahogados no se encontrara alguno de sus seres queridos. Perdido entre
la multitud, descalzo, con las manos en los bolsillos del diminuto
pantalón, un pequeño había logrado acercarse a la ribera. Parecía
mirar la macabra tarea sin ninguna emoción.

Yo no sabía a ciencia cierta por qué, desde hacía rato, este niño
había acaparado mi atención. Con disimulo observé sus ojos y pude
apreciar el dolor latente en sus pupilas negras: las contraía en un
sollozo sin lágrimas.
Más tarde me enteraría que el pesquero encargado de
transportar desde Valdivia a Corral a la delegación deportiva junto a
sus familiares, había volcado, por el exceso de pasajeros. Incontables
pasajeros, incluida la familia del pequeño, había depositado su alegría
en una sola borda. La quilla apuntando al aire, acusaba el desastre.

Alguien intentó sacarlo de allí. El niño lo miró sin poder


articular una sola palabra. Dio unos pasos hacia delante con la clara
intención de entregarse, él también, a ese río traicionero. Al pasar por
mi lado lo atrapé con decisión y lo miré a los ojos, quería empaparme
de esa valentía que lo hacía hombre a su corta edad, presenciando el
rescate de los cuerpos. De un tirón sorbió la angustia cuando colocaron
a su hermano menor, muy lejos de donde yacía su madre, al inicio de la
fila. Con inusitada fuerza se deshizo de mi abrazo y echó a correr sin
detenerse. La masa de personas se cerró y no logré darle alcance.
Desde entonces no he dejado de buscarle. Nos entenderíamos,
estoy seguro, porque nadie cómo yo sabe lo que es estar solo en este
mundo.
EL REGRESO

La niña entrecierra los ojos hasta convertirlos en una línea y los


mantiene así mientras el sol se oculta. Un estallido de luz sonroja a las
nubes; chispitas de colores saltan frente a sus pupilas. Se siente feliz.
Con los brazos abiertos gira hasta perder el equilibrio. Hundida en la
arena tibia se queda profundamente dormida.
Despertó de golpe, comenzaba a oscurecer y debía regresar a su
casa, distante unos quinientos metros. Esta es
la hora del día en que se siente más sola porque la penumbra
borra los contornos conocidos, como hace el viento con sus dibujos
sobre la arena.
No se atreve a cruzar el potrero de los calafates porque hace
poco sepultaron allí a la abuela y desde que ella se fue, no articula
palabras. Dicen que es sorda porque mira con los ojos muy abiertos
cuando la gente le habla: “Esta es sorda cuando le conviene”, diría la
madre en más de una oportunidad.

Debajo de la noche las sombras del silencio comienzan a


moverse. El miedo entorpece sus pasos. Decide entonces tomar el
camino que bordea el río, a sabiendas que es más largo y peligroso. La
senda es irregular, avanza con cautela, las piedrecillas se incrustan en
sus pies y maldice la hora que debió salir sin zapatos, escapando del
acoso del abuelo. El viejo era famoso en los alrededores por su
afición a las niñitas, hasta el día en que la bala de un padre lo dejó
rengo para siempre. Afortunadamente ahora es más fácil escabullirse
de sus garras.
La oscuridad ha inundado todo, en cada nuevo paso siente que
las fuerzas la abandonan. Abre la boca para tragar aire, trata de
conseguir que el terror baje un poco y no se atragante en el cuello
impidiéndole respirar, como le ocurre con frecuencia cada vez que
alguien le grita por sus normales torpezas de niña.
Respira profundo y un aroma conocido la invade de golpe,
tranquilizándola. Es la vieja lenga que le presta sus ramas para
amarrar el columpio que tanta veces en su vuelo le ha hecho soñar con
perderse en las nubes. Recoge unas hojas y las conserva en su mano.
Levanta la cabeza y a lo lejos una ventana apenas iluminada parece
venir a su encuentro. Falta poco. Sin embargo a estas alturas, el miedo
se ha hecho irracional. El río se ha vuelto su enemigo y la enloquece
con ese rumor incesante. Sombras fantasmales se le vienen encima.
Trata de correr, pero sus articulaciones están trabadas por el terror; la
piel endurecida le impide moverse. Algo salta hacia un costado. Sus
ojos horadan la oscuridad buscando al enemigo invisible. Nada. Con
gran esfuerzo consigue dar un paso y queda paralizada. Una sustancia
pegajosa resbala por sus pies. Mientras cae le acompaña un alarido
descomunal que luego de rebotar en los cerros entra por sus oídos y
estalla en pánico y oscuridad.
La familia sale desde la casa. El padre, premunido de un
chonchón, encuentra su cuerpo desvanecido sobre la tierra húmeda. Le
alumbra el rostro y la luz devuelve un rostro pálido, desencajado, unas
manos que gesticulan al aire como un pájaro herido. El haz de luz se
desplaza y descubre a sus pies un pequeño animalejo, todavía
atontado.
 ¡Muchacha estúpida, tanto escándalo por una rana!
El vozarrón indignado del padre la vuelve a la realidad. Había
olvidado la dulzura de su voz. Había olvidado el cariño de las hermanas
que en medio de risotadas la bambolean de un lado a otro. Había
olvidado el silencio cómplice de su madre.
De regreso a casa, la fragancia de las hojas en el hueco de su
mano hace más llevadero lo que queda del día.
REGALO DE CUMPLEAÑOS

A la memoria de Sola Sierra

La niña se estiró con energía al despertar; el sol de primavera


entraba a todo color por la ventana. Sus ojos capturaron el violeta
mientras su sonrisa iba del amarillo al azul. Todos los días, el arco iris
jugaba a penetrar los infinitos colgantes de vidrio que adornaban la
habitación para, finalmente, posarse en la pared opuesta que desnuda
de pintura recibía esta explosión de luz como un regalo.

El cuarto era una pequeña ampliación de medio piso que su


madre había empezado a construir hacía un par de años, pero que
debido al esquivo presupuesto no fue posible continuar. A Marisa no le
importó este detalle, insistió en mudarse porque la encontraba perfecta
para su "Museo de Cristales", como le llamaba su mamá a la cantidad
de colgantes, botellas y artesanías en vidrio, inusual decoración en la
pieza de una adolescente.
Esa mañana de septiembre, olía a primavera. Una leve brisa
repartía pétalos en colorida nevazón. Era el día de tu cumpleaños y yo
caminaba a tu encuentro cuando escuché voces que venían hacia mi.
Era un largo desfile de manifestantes en su mayoría mujeres que
marchaban gritando consignas. Algunas llevaban fotografías de sus
esposos o hijos desaparecidos colgando desde su cuello, como un gran
escapulario. Otras portaban retratos ampliados como pancartas y los
esgrimían al aire, desafiantes. En la primera fila a todo lo ancho de la
calle portaban un enorme lienzo donde se leía:

EXIGIMOS JUSTICIA
ASOCIACION DE DETENIDOS
DESAPARECIDOS
El tamaño del lienzo parecía no pesarle al grupo, que marchaba
aceleradamente hacia la plaza gritanddo al unísono:
¿ Dónde están nuestros maridos ?
¡¡Desaparecidos!!...¡¡Desaparecidos!!... contestaba la columna
enardecida, sin disminuir el paso.
A mi madre, por lo menos, le quedaba el consuelo de haber
sepultado a mi padre. Lo ametrallaron un día a la salida del trabajo,
junto a otros compañeros. La historia oficial dijo que había sido un
ajuste de cuenta entre militantes. En cambio tú ignorabas todo acerca
del tuyo.
Por fin apareciste. Espanté mis recuerdos, frené tu loca carrera
con mi abrazo de cumpleaños. Te veías radiante estrenando tus trece
años.

La clase más importante, fue para ti la de la señora Gladys,


nuestra profesora de Biología. Todas sabíamos que eras su alumna
preferida. Al pasar la lista ella te observó largamente. “Qué triste tiene
la mirada comentaste, se parece a la de mamá.”
La señora Gladys sabía cómo mantenernos atentas, siempre
traía a su clase un tema actual para comentar. Esta vez nos habló de la
fecundación in vitro, de cómo se podía crear vida en probetas de
vidrio; de cómo se podía congelar óvulos o espermios para ser
utilizados aún después de muerta las persona. Era tan fascinante el
tema que nos tenía a todas con la boca abierta por el asombro. Quizás
porque le habíamos contado de tu cumpleaños, pero la profesora te
miraba con cierta insistencia y la clase parecía tener un objetivo
concreto.
Las preguntas y comentarios se prolongaron mucho más allá de
la sala de clase. El grupo de alumnas que formábamos la brigada
ecológica debió acelerar su tarea para terminar a tiempo.
¡Apúrate Marisa! ¡Nos vamos!
Antes que rompieras a llorar, como en otras oportunidades,
corrí a auxiliarte para sellar las cajas y etiquetarlas con fecha: 10 de
Septiembre de 1989.
Tu estado de ánimo se había esfumado y aunque sabías que tu
tristeza se ahondaría, te empeñaste en observar la manifestación que
se estaba desarrollando en la plaza. Me cogiste de una mano y gracias a
tu pequeña estatura, te abriste paso entre la muchedumbre y nos
ubicamos en primera fila.
Sobre el enorme telón, instalado en el estrado principal, se
proyectaba el rostro de un hombre joven; bajo la fotografía un nombre
y una inscripción: Desaparecido en Septiembre de 1974.
Te apoyaste en mí, pálida y a punto de desmayarte. Tus ojos
negros permanecían fijos en aquellos otros, idénticos a los tuyos, que
te observaban desde el telón.
No, no puede ser... mi madre nunca me dijo... nunca me dijo.
Quince años desaparecido, no puede ser...no puede ser..., musitabas
como en una plegaria, arrastrando tu incertidumbre colgada de mi
brazo en el regreso a casa.

Tu madre te esperaba en la puerta, acompañada de la señora


Gladys, que fue la primera en acercarse. Te atrajo con cariño infinito en un
abrazo sin palabras, y con todo el amor del mundo te entregó el resto de la
información que tú necesitabas. Yo quedé tan asombrada como tú; la
profesora parecía estar dictando la misma clase de la mañana sobre la
fecundación in vitro, pero ahora con nombres y fechas reales.
La aparente rigidez de tu cuerpo la desmentían las lágrimas que se deslizaban
mansamente por tu rostro, sin que nadie intentara enjugarlas.
Tu madre te abrazó temblando. Por primera vez la vi erguida al estrecharte,
liberada por fin, del pesado secreto que por años encorvó su espalda.
Tímidamente buscó tus ojos y sonrió con dulzura al encontrar la aprobación
de tu mirada
“¡Feliz cumpleaños, hija!”, murmuró en un hilo de voz, y te entregó un
paquete cuadrado y plano con un enorme rosetón negro, el mismo color que
ella había vestido desde antes que tú nacieras.
La serenidad con que te movías en tu habitación me contagió y juntas
guardamos en cajas las coloridas compañeras de tu infancia. Ahora que
habías asumido la verdad sobre tu origen, tu adoración por los cristales había
desaparecido.
A partir de ese momento, los negros ojos del retrato, esos ojos
idénticos a los tuyos, te observaban con ternura desde lo alto del desnudo
tocador.
LA CORBATA

Un grito espeluznante resonó en la habitación vacía. Mauricio,


jadeante, sin reconocer su propia voz, se pasó una mano temblorosa
por el cabello húmedo de terrores nocturnos, desplomándose sobre la
cama con los ojos muy abiertos. Su mirada recorrió la buhardilla
enclavada en una antigua casona. Era una estancia larga y estrecha con
las vigas al descubierto que habían pintado de blanco para atrapar la
escasa luz que entraba por la pequeña ventana en A. Como telón de
fondo sólo se veían tejados y chimeneas.
Dispersa por el suelo su ropa deportiva, atuendo del día
anterior, que según su hermana quinceañera, le sentaba muy bien.
“¡Humm! qué buen poto”, le decía, tras un pellizco al pasar
mientras él la perseguía riendo por las amplias salas de la residencia
paterna.
Desvió la mirada para contener las lágrimas. Sus ojos se
detuvieron en el perchero de pie, único lujo del pequeño departamento
, que sostenía el terno azul, la camisa blanca y la corbata de seda roja —
su tenida formal— la misma que llevaba el día que huyó de su casa,
hacía un par de semanas.

Se levantó pesadamente, las pesadillas, cada vez más frecuentes,


lo agotaban. Se acercó al perchero, que así vestido, parecía tener vida
propia, erguido, desafiante como su padre. Le pareció escuchar su voz,
en uno de los tantos sermones que le amargaban la vida :
“¡Quítese esa porquería de ropa y vístase como un caballero!,
hoy me va a acompañar a la Bolsa. Ya va siendo hora jovencito de
empezar a preocuparse por el patrimonio familiar.! ¡Y apúrese! ¡La
puntualidad es lo primero!”
La voz odiosa resonaba aún en sus oídos. En su delirio lo veía
enfrente .Se abalanzó sobre él y comenzó a golpear con furia. Su recia
figura, adquirida con la severa disciplina deportiva había transformado
al joven de dieciocho años en un hombre fuerte. Sus pies, describiendo
círculos golpeaban sin cesar. Sus puños demolían sin piedad. Jadeaba.
En un último esfuerzo lo asió por la corbata y apretó sin tregua el nudo
perfecto, el que no soltaba y que su padre le enseñara a hacer. Siguió
apretando. El dolor lacerante de sus manos lo volvió a la realidad.Se
sintió ridículo lidiando con lo que restaba del colgador. Se cubrió
la cara, avergonzado. Dejó que las lágrimas corrieran libres y
atenuaran el golpe recibido de parte de su padre al rechazar su petición
de apoyo para integrar el Seleccionado Nacional.
—¿Atleta? Había comentado displicente. Deje esas diversiones
para el populacho. Un hijo mío no nació para hacer circo.

Para apaciguar su ira comenzó a deshacer el retorcido nudo de


la corbata “el nudo que jamás aflojaba”. Luego se dió la tarea de
alisarla, acariciándola, sintiendo la suavidad de la seda como la piel de
Gabriela, suavísima como la curva de su cintura ¡Gabriela! El grito
escapó espontáneo. Gabriela lejana, Gabriela, ahuyentada por no ser
hija de familia. Sus labios recorrieron la seda, cerró los ojos sintiendo
el contacto de la piel de Gabriela. La corbata revoloteaba entre sus
manos. Serpenteaba, se deslizaba entre sus piernas, subía, bajaba,
subía, bajaba, apretaba ¡Gabriela!...¡Gabriela, mi amor !... Ga-brie-
laaa!!.
Permaneció inmóvil, aturdido, deslumbrado por sensaciones
jamás sentidas y —hasta ahora— persistentemente vigiladas y
prohibidas.
Se incorporó con lentitud y se dejó caer abatido sobre la única
silla. La corbata colgaba inerte entre sus manos húmedas.
En forma maquinal comenzó a rehacer el nudo mil veces
repetido —el nudo que jamás aflojaba—. Su mirada se concentró en las
blancas vigas en forma de A.
LA MANCHA ESCARLATA

Como todos los días, el hombre despertó ansioso de placeres. El


silencio de esa madrugada era tan absoluto que por un momento pensó
que estaba solo. A su lado, la mujer que era su esposa, fingía dormir.
Tenía el ceño fruncido y en la boca un rictus de asco, como todos los
días. Por cierto, para él, este detalle carecía de importancia.
Se cubrió apenas y salió a la calle. Su cuerpo se tensó frente al
espectáculo: en las crestas nevadas despertaba el amanecer, rosado
como pezones de adolescente. Tragó saliva, incrédulo. Sus ojos
abarcaron el extenso paisaje blanco. Avanzó, con timidez al comienzo,
luego, con fuerza en las pisadas. Giró varias veces. La bata suelta
flameaba como una bandera de conquista. Todo el territorio
inmaculado era suyo. Saltaba, revolvía el cuerpo enardecido. Cerró los
ojos para saborear el placer de ser el primero en hollar tan espléndida
blancura.
No vio las luces del camión que había girado en la esquina.
Una mancha roja se extendió en forma circular. En medio, los
despojos se advertían insignificantes.
La mujer se abrió paso entre la gente y se acercó al cordón
policial. Recorrió el lugar del accidente con expectación en la mirada.
Levantó la cabeza con gesto altivo, se desprendió de la bata roja (regalo
de su esposo) y de espaldas, la arrojó en dirección al escenario que se
había vuelto más oscuro conforme pasaba el tiempo. La bata danzó
flojamente en el aire y se posó en el centro de la mancha, que se abrió
como una enorme y obscena flor escarlata.
El frío de la mañana sobre su cuerpo le hizo descubrir la nieve.
No la conocía. La recogió con ambas manos sin apretarla. Se sentía
suave y fresca. Hundió su rostro en ella y pareció despertar. Comenzó a
frotar los rasgos endurecidos, a refrescar la boca amarga y dio libre
curso a la náusea contenida. Se alejó sin prisa.
Los observadores quedaron pasmados cuando la vieron reír y
rodar desnuda, en medio de la blancura, allí donde la pureza no había
sido mancillada.
EL AMANECER DE LOS PAJAROS

A Idania Yañez

El muchacho detuvo su marcha y permaneció inmóvil en estado


de alerta, las fosas nasales muy abiertas. Olfateaba, al mismo tiempo
que hacía rápidos movimientos con los ojos en un desesperado intento
por captar aquello que producía ese olor indefinible, ese olor que no
estaba impreso en su mapa cerebral.
El aire se enfrió súbitamente; amenazaba lluvia. Dejó de olfatear
y se sentó un momento. No sabía cuánto tiempo llevaba caminando. La
luna había aparecido innumerables veces, sin contar aquellos días en
que en el bosque se cerraba de tal forma que la noche más bien parecía
un día sin luz. Ya no olía a nada. Quizás había sido una mala pasada de
su imaginación.

Aquella mañana despertó con el bullicio ensordecedor de los


pájaros, que cada año concurrían en bandadas a anidar en el alto
murallón rocoso a un costado de la gruta natural donde vivía. Le
pareció que esta temporada las aves habían adelantado su llegada. Se
volvió para comentarle al viejo, pero no obtuvo respuesta.
El viejo debió haber muerto esa noche. Lo miró a los ojos; los
tenía muy abiertos, con una rara expresión de felicidad. En cambio el
muchacho se mostró disgustado; quería al viejo, era lo único que tenía
en el mundo. No debió morirse y dejarlo solo. Hundió la cabeza entre
las manos sin saber qué hacer.

******

El enorme puño se estrelló con fuerza contra la cara de la


muchacha que cayó de espaldas en el camastro y se quedó quieta, sabía
lo que venía: el hombre la acometería con furia, con toda la furia que
había acumulado en espera del hijo que no llegaba, un heredero para
su hacienda. La muchachita le había costado una buena yunta de
bueyes, precio que le pareció justo para asegurar su descendencia.
El hombre había llegado a su vida la tarde que buscaba una
yegua escapada de la estancia.
—¡Maldito animal, yo te viá enseñar a obedecer!, repetía en cada
rebencazo que descargaba en las ancas de la potranca. El animal
levantó ambas patas traseras y asestó dos contundentes patadas
directo a las bolas del infeliz. En el mismo lugar lo encontraron el
peón y su mujer. La niña ayudó a cuidarlo hasta que se sintió
recuperado. Desde entonces el hombre se obsesionó con la idea de
tener un hijo.
Esa mañana, ella decidió que no aguantaría una noche más.
Metió una porción de charqui en un saco, cogió un cuchillo, se echó
una manta sobre los hombros y partió.

******

Luego de la rabieta, el muchacho supo lo que tenía que hacer:


una vez que hubo desnudado al viejo, lo arrastró fuera de la cueva.
Estaba tan flaco que no le costó trabajo llevarlo hasta el chenque.*
En algún lugar de su memoria tenía grabada la ceremonia
ancestral. Como un autómata procedió a cavar una fosa de unos veinte
centímetros de profundidad. Luego con delicadeza —temiendo que el
esmirriado anciano se le fuera a desarmar— lo tendió de costado con
las piernas ligeramente encogidas y comenzó a cubrirlo con piedras
hasta hacer un túmulo, algo más grande que el ya existente. Derramó
un par de lágrimas, tal como había visto hacer al viejo en las escasas
veces que lo había llevado a visitar el chenque. El anciano permanecía
largas horas sentado frente al pequeño túmulo y ocasionalmente el
niño recibía una caricia.
El muchacho espantó los recuerdos con un manotazo.

Aquel olor indefinible parecía venir junto con la lluvia y a pesar


del frío, una sensación ardorosa se apoderaba de su cuerpo moreno.
En un intento de borrar el presente trajo a su memoria el aciago
momento en que había partido. Era temprano cuando regresó del
chenque y sin embargo la oscuridad se había apoderado de la cueva; de
seguro, Gualicho* reinaba en el lugar y luego de llevarse al viejo,
seguiría haciendo de las suyas. Este hecho le indicó que era tiempo de
abandonar el nido donde había transcurrido toda su vida.
Así fue como esa mañana cogió la bolsa con charqui, el cuchillo
abandonado al pie de la roca en la que había marcado la última raya de
sus primaveras —quince, le había dicho el viejo— se echó una piel de
guanaco sobre los hombros y partió.

******

La muchacha no demoró en salir de la hacienda, un verdadero oasis en


la enorme extensión amarillenta de la pampa. A poco andar, la realidad
la golpeó de frente, la pampa entera se le metió por los ojos en forma
de arenisca que el viento arremolinaba a su paso. Un color rosado
grisáceo se filtraba entre sus pestañas cargadas de polvillo, debía ser el
sol que se levantaba inundando el paisaje a todo lo largo. Enceguecida,
caminó hacia cualquier lado. Total, el horizonte era redondo y prefería
morir antes que regresar. No llevaba la cuenta de cuántos días había
caminado. El sol estaba ahora parado sobre su cabeza y la luz
penetraba con tanta fuerza que el mundo entero se había vuelto
amarillo rojizo. Fantasmas de arena se levantaban y se desmoronaban
frente a sus ojos. Toda ella era una estatua de arena con el pelo reseco
y duro, semejante a los coirones. Kooch* no podía abandonarla de esa
manera. Abrió los brazos en actitud implorante, sujetando la manta
con los puños apretados. El viento la arrastró varios metros. La suerte
hizo que un raquítico calafate se interpusiera en su camino y la manta
quedó milagrosamente clavada en las espinas formando un salvador
refugio.
Agradeció al cielo y se dejó caer rendida.

******
Un ligero ruido volvió al muchacho a su estado de alerta, no
estaba familiarizado con los animales y aves de la pampa. El pasto duro
hería su cuerpo acostumbrado a la alfombra verde de su terruño. No
estaba seguro si había hecho bien al abandonar su cueva. Todo en este
territorio le era extraño.
—Viejo, ¿Por qué no me dijiste que lejos de casa, los árboles
desaparecían, el agua se convertía en arena y el viento resecaba la
tierra?
Atrás había quedado la gruta oculta por la cascada —cortina
líquida que la madre naturaleza había confeccionado—y que los aislaba
del mundo. Allí tenían una buena vida y el viejo nunca había mostrado
disposición por marcharse. Atrás habían quedado sus dibujos en la
roca, la impronta de sus manos de niño y el registro de sus primaveras,
imitación fiel de los que en algún día lejano habían habitado la misma
cueva.
La tupida selva por la que se internó, los grandes coigües, las
olorosas lengas, habían desaparecido. Este mundo inhóspito por el que
ahora transitaba, no era su mundo.
La curiosidad por desentrañar el misterio que encerraba este
olor que a ratos percibía con fuerza, este olor dulzón como a fruta
madura, lo mantenía con ánimo de seguir adelante. Se sentó bajo un
raquítico calafate que tenía enredado entre sus espinas unos largos
cabellos. El perfume se percibía más cercano.

******

La niña había despertado cubierta de arena. Un pequeño piche*


se acercó a curiosear y ella lo volteó de un manotazo.
—Perdoná bicho—, le dijo en un hilo de voz. Sus oídos no
reconocieron sus palabras; eran las primeras que pronunciaba desde
aquella mañana. De un certero corte y a su pesar, degolló al animalito.
El viento había amainado, hacía frío y el cielo oscuro presagiaba
lluvia. A lo lejos podía ver una formación rocosa y hacia allá se dirigió.
Kooch estaba con ella: al interior había una amplia gruta. Encendió
fuego con las matas de coirón, lanzó el piche al centro de las llamas y al
cabo de un rato la caparazón se había desprendido. Apartó el pequeño
cuerpo sangrante para asarlo más tarde.
Un estruendo exterior señaló el comienzo de las lluvias;
alborozada salió con los brazos en alto y dejó que el agua escurriera por
su pelo, se introdujera en su garganta reseca y mojara todo su cuerpo
maltrecho. A sus pies la caparazón, convertida en improvisada vasija,
recibía el agua.

******

El muchacho reinició su marcha. Tenía hambre; en este lugar


era difícil conseguir alimento. Hasta ahora no le había faltado; en el
trayecto había encontrado huevos de avutardas y caiquenes, brotes
frescos de quila y hasta alguna liebre pequeña enredada entre las duras
guías de una muticia*. Caminaba lentamente, agobiado por la distancia
y aplastado por la espesa neblina que no se decidía a convertirse en
lluvia. A lo lejos alcanzó a divisar una alta formación rocosa, justo
antes que el cielo se abriera y dejara caer un estruendoso aguacero.
La lluvia torrencial le hacía ver visiones: un muchachito con el
pelo tan largo como el suyo, levantaba los brazos al cielo. El agua
pegaba la vestimenta a su cuerpo, un cuerpo diferente al suyo, más fino
en algunos lugares y más rellenos en otros. Quizás era una diosa de
esas que alguna vez le habló el viejo. Al acercarse vio que era real y el
olor que tanto lo había inquietado provenía de allí: reconoció a una
hembra. Se agazapó para saltarle encima como había visto hacer a los
animales. Ella recogió una piedra de bordes cortantes como arma de
defensa.

Giraron en redondo mirándose a los ojos. El tiró una zarpa de


uñas largas y sucias, con restos de nidos y rastrojos de la tierra. Ella
retrocedió atemorizada con una mirada llena de dolor y desesperanza.
El muchacho, que jamás había visto unos ojos como ésos, se conmovió
y algo en su interior se enfrió. Bajó las manos y fue acercándose
lentamente. Ella dejó caer la piedra junto con las lágrimas, que en su
rostro se confundían con la lluvia que seguía cayendo a torrentes. El
se acercó, apartó el pelo con sumo cuidado para observar otra vez los
ojos; y despacio, intentó secarle la cara con la lengua, trabajo inútil
bajo la lluvia. La cogió en brazos y la introdujo al interior de la cueva.
La acomodó sobre la piel de guanaco y se echó a su lado. Olía cada
centímetro de su piel, al tiempo que con sus labios la recorría. La
suavidad de sus pechos despertó algún recuerdo enterrado muy
profundo. Ambos emitían sonidos como arrullos. Ninguno de los dos
había estado antes en situación similar y no conocían las palabras.
Embriagado con su descubrimiento y alentado por la sonrisa de
ella. Acomodó la cabeza sobre su regazo y antes de caer en profundo
sueño, le pareció verla a través de la cascada enseñando a volar a un
torpe pajarillo que este año había adelantado su llegada.

*chenque: cementerio tehuelche


*Gualicho: espíritu infernal
*Kooch : dios tehuelche
*piche : armadillo
*muticia : clavel del campo
Hebra sin fin
“¿Por qué impedir que la esperanza
muerta
resurja ufana para bien del triste?”

Amado Nervo
DALILA

Margarita vagaba sin rumbo; no quería regresar a casa por eso


de los perros. ¡Los perros! Sólo pensar en ello la descomponía. Sentíase
así cada vez que debía tomar una decisión importante. Se enfermó  y
lo recordaba claramente el día que no tuvo valor para rechazar a la
pequeña Dalila, la hija de su hermana liceana, que sin explicación, un
día la dejó abandonada. Se descompuso también al descubrir un
extraño comportamiento en la pequeña, pero por temor al diagnóstico,
no se atrevió a consultar con un médico y simplemente prefirió ignorar
el hecho.
Su vida se había llenado de sobresaltos desde el día que decidió,
mejor dicho, desde el día que Alfonso decidió ir a vivir con ella. Alfonso
adiestraba perros en un teatro chino. Margarita había asistido a varias
funciones porque Dalila se fascinaba con los canes bailarines. Desde
que el hombre llegó a la casa, la niña se pegó a sus talones. Corría tras
él como un perrito faldero. Alfonso se encariñó con Dalila y para su
quinto cumpleaños le regaló un cachorro blanco con largas orejas
negras, sin mucho pedigree pero simpático e inteligente.
El cachorro tenía una extraña forma de echarse sobre la
alfombra: estirado como un tapete, con las manos y las patas
extendidas, modalidad que la niña adoptó muy pronto y que
inquietaba profundamente a Margarita.
Alfonso cuidaba con esmero de ambos: el perro lucía brillante y
perfumado, Dalila muy limpia, con el pelo negro prolijamente peinado
con dos moños que semejaba un par de simpáticas orejas.
Sansón, el joven cachorro, progresaba en su adiestramiento, se
mantenía erguido sobre sus patas traseras y bailaba al ritmo de viejas
melodías chinas. Cada logro era premiado con galletas, que lamía con
fruición de las manos de su entrenador. Dalila aplaudía con el
entusiasmo reflejado en sus ojos oblicuos, mientras salivaba un poco
más de lo habitual.
Margarita se sentía cada vez más relegada; definitivamente no le
agradaban los perros. Disgustada salió sin rumbo a caminar. El aire
frío le sentó muy bien y regresó a casa; como al descuido acarició la
cabeza de Dalila. La niña levantó ambas manos arquedas y con la
lengua colgando respiró entrecortadamente con claras muestras de
alegría. El rostro de Margarita se desfiguró aún más cuando Dalila
corrió a tenderse como un tapete sobre la alfombra.

La mujer huyó a encerrarse en su habitación. Comenzó a


pasearse a grandes zancadas y a gritar. Sus gritos se confundían con la
pegajosa melodía china que martillaba sus oídos. En un esfuerzo
máximo decidió afrontar la situación. Abrió de par en par la puerta...y
quedó petrificada con los ojos desorbitados: la niña y el perro bailaban
sin distinción de movimiento.
Después de cada giro realizado sin equivocaciones, Dalila
obtenía de premio pequeñas galletas que lamía con fruición de las
manos de su entrenador.
ADVERTENCIAS

Llueve a cántaros. No oigo ni veo nada; siento los pies mojados y


los nervios a punto de estallar. Mi único consuelo y refugio es un
enorme paraguas heredado de mi madre, un paraguas de esos antiguos
de dieciséis varillas con una cabeza de perro tallada en la
empuñadura de madera.
Ingresar al edificio me tranquiliza. Arrastro mi perro - paraguas
que deja tras sí un chorrillo que desciende de escalón en escalón. En la
puerta me asalta el primer letrero: por favor tocar una sola vez. El
agudo sonido del timbre rasga mi precioso silencio recién adquirido.
Mi vista traspasa a la secretaria para fijarse en un aviso de letras
negras sobre papel blanco: se ruega a los pacientes no abrir la puerta
ni contestar el teléfono. Me molestan profundamente las advertencias,
tanto que mi voz suena destemplada:
¡Señorita, el paraguas se queda conmigo!, y lo introduzco hasta la
sala de espera.
“Inadecuada”, pienso. Tiene las paredes de vidrio y el consabido
anuncio: se ruega no abrir puertas ni ventanas. A la izquierda, entre
el gran ventanal y un infranqueable muro, corre un estrecho pasillo
invitando a no entrar. No tiene aviso, no hace falta.
Estoy sola, hay un tabique que me aisla de la secretaria. Me
siento, cruzo las piernas, las descruzo, trato de no morderme las uñas,
me pongo de pie, me acerco al letrero, no lo miro, busco árboles pero
sólo encuentro un espantoso rompecabezas de techos que se elevan
pintando con óxido las nubes.
El chirrido del teléfono me sobresalta, no, el doctor no ha
llegado. Me paseo, examino el rincón que forma las otras dos paredes
en donde mi paraguas se orina impúdicamente dejando una enorme
poza que se extiende por la alfombra. Me siento nuevamente y le
acaricio la cabeza para sentir compañía. La estridencia del ding dong
me estremece, me encojo casi en posición fetal.
Hace su entrada un adolescente moreno, delgado, nervioso.
Respiro aliviada al encontrar un centro de interés. Se queda de pie
apoyado en la arista que forma la puerta por un lado y el muro
infranqueable por el otro. No sabe qué hacer con sus manos, y su
mirada no encuentra un punto donde fijarse. Comienza a ensortijar su
cabello entre los dedos; separa un rizo y lo anuda con otro, en un lento
girar. El ring del teléfono nos descontrola. El muchacho apreta los
dientes y se arranca los negros rizos de un tirón, los mira, al parecer
sin saber de dónde salieron.
Quiero irme, no me agrada este lugar.
Ahora el joven se interpone en el camino hacia la puerta. Me
resigno a observarlo. Se muerde las yemas desprotegidas: hace rato
que las uñas desaparecieron trituradas por sus dientes. Comienza a
brotar sangre y lame uno a uno sus dedos.
De espaldas a la pared, se aferra a la saliente del muro. Sus ojos
huyen aterrorizados cada vez que su mirada se vuelve hacia el pasillo
estrecho y los amplios ventanales. Repentinamente me mira. Parece
que acaba de descubrir mi presencia. Inicia un movimiento que me
intranquiliza. Cojo mi paraguas y lo abrazo. Pero no, la cosa no es
conmigo. Se para frente al letrero, intenta arrancarlo y sólo consigue
mancharlo con sus yemas ensangrentadas. Sacude la cabeza, se
balancea con vigor, toma impulso... y en mi cabeza rebota el eco de
cristales estrellados. En forma instintiva abro el paraguas para
protegerme y oculta bajo él, trato de alcanzar la puerta; atropello a la
secretaria que corre como loca.
El silencio del espacioso vestíbulo me brinda por fin la calma. El
piso de parquet brilla inmaculado. Levanto un poco el paraguas y ahí
esta otra vez: se ruega no manchar el piso. Con estudiada lentitud
hago girar la cabeza de mi perro y observo como las gotas rojas se
descuelgan, una a una, por sus dieciséis varillas.
HOMBRE DE POCA FE

A mi madre

El esfuerzo de la tripulación por mantenerse a flote estaba


resultando estéril. De pie, aferrado al mástil y dando la cara a la
tormenta, la persona que los había contratado para realizar la travesía
por los canales, lucía como negro espantapájaros con la larga
vestimenta completamente empapada.
Sentadas frente a él, tres mujeres de piel morena parecían ser
parte de la pequeña dalca. Sus cuerpos ondulaban siguiendo el
desbocado galope de las olas.
El hombre las traspasó con su mirada, confundido ante la
pasividad que mostraban frente al inminente desastre. El hubiera
querido mantenerse de pie, erguido en su metro ochenta —actitud que
hasta ahora le había valido un alto grado de respeto frente a las
infieles— , pero una violenta sacudida lo convenció que era mejor
disminuir la altura y optó por permanecer de rodillas, rezando
incansablemente. Sus plegarias se perdían en medio del ruido
escandaloso.
El viento, convertido en bestia, rugido, azote, castigaba sin
piedad. A sus bramidos se sumaba el lamento del mar, que a cada
nuevo golpe levantaba crestas de espuma, amenazando con volcar la
primitiva embarcación.
Las nativas sintieron de pronto el desequilibrio y se aferraron a
la borda. Las manos como garfios, la boca apretada en una sola línea y
los ojos muy abiertos fijos en el mástil.
La más vieja de las mujeres miró al hombre que musitaba una
plegaria tras otra, sin detenerse.

Qué sacará este pobre mortal con pedirle a ese Dios que venga
la calma. Sumida en sus pensamientos, ella recordaba cómo hacía su
padre en estos casos, cuando invocaba al viento con las palabras
"Munai, munai" y lo decía con temor y respeto.
Lástima que esta tarea no sea de mujeres, porque desde que
ellos hacen cruces con los dedos en su cara han perdido todos sus
poderes. Un fuerte barquinazo la sacó de su ensimismamiento y volvió
a fijar sus ojos en el mástil.
Munai munai, la súplica parecía no salir de sus labios, pero la
repetía internamente con toda la fuerza de sus creencias. Si tenía
suerte, podía engañar al viento haciéndole creer que era uno de los
suyos el que suplicaba.
El hombre continuaba de rodillas, rezando. Había perdido la
cuenta del número de Padrenuestros que llevaba. Los labios
amoratados ya no respondían y las lágrimas se confundían con el agua
salada que bañaba su rostro. Con un sollozo ahogado, esperando lo
peor, cambió el tenor de su rogativa: Creo en Dios Padre todo
poderoso, las manos crispadas sobre el rudimentario mástil, los ojos
elevados al cielo plomizo que más parecía una lápida, creador del cielo
y de la tierra, deshilachándose las palabras convertidas en sonidos
inútiles, hechas lluvia y viento.
¡Maldito seas! gritó.
La respuesta a la maldición no se hizo esperar. Una ola, alta
como una iglesia, rompió peligrosamente cerca. El hombre perdió el
equilibrio y aterrizó en medio de la embarcación contra un baúl. La
fragancia del ciprés aminoró, en parte, el martirio del golpe y el
contenido se derramó a la vista de todos.
Sucio, empapado, despojado de su dignidad y en el colmo de la
desesperación recogió un santo de madera y aún a costa de caer al
agua, se alzó desafiante. Amenazó con lanzarlo por la borda si Dios no
respondía a sus plegarias.
La deforme criatura, desnuda de las pomposas ropas con que lo
vestía en la iglesia, lo miró desde los enormes ojos pintados de azul.
Parecía implorar misericordia. La mirada caló hondo en su fe y el
impío cayó de rodillas, por mi culpa, por mi culpa, por mi gravísima
culpa, se golpeaba el pecho sin rastros de soberbia.
Demasiado tarde para arrepentimientos. El mar se agitaba cada
vez con mayor violencia. El agua y el viento mostraban el mismo tono
grisáceo. Parecía un monstruo bramando enloquecido que se sacudía
tratando de eliminar la insignificante nave, que con porfía cabalgaba
sobre su lomo. Con un aullido descomunal hizo dar varias vueltas a la
pequeña embarcación, y en una mezcla de furia y espuma, vomitó
hombres, cajas, maderas y harapos.

La calma llegó sin aviso. El mar acunaba plácidamente a la


pequeña indígena que flotaba en apretado abrazo con el muñeco de
madera. Por su parte, la savia del bosque reconocía a sus habitantes.
Las dos mujeres, se mecían aferradas al baúl de ciprés.
La gente que salió en su búsqueda, antes de llegar a ellas, avistó
a lo lejos un revoltijo de ropas bordadas en oro y los negros jirones de
una sotana que, estirada a lo largo, se perdía en la inmensidad del
archipiélago.
EL HORARIO

A Eduardo, que odia los trabajos formales

El horario de trabajo enloquece al hombre, repetía mi padre,


cada vez que intentaba dormir una corta siesta después de almuerzo.
Comentaba que lo hacía para producir un quiebre en la rutina. Se
dormía tan profundo que mamá le mojaba la cara para despertarlo. Ahí
mismo, medio dormido, lo peinaba e intentaba colocarlo de pie y le
ponía una manga del abrigo. Salía a tropezones, semi dormido,
acomodándose el abrigo en el camino.
De tanto repetir la misma hazaña, llegó el día en que realizó los
movimientos de siempre, en forma automática. Cruzó la calle y al más
puro estilo Isadora Duncan, enredó su abrigo en las ruedas de un
camión.
Toda la familia, parada en la puerta de casa, vio un revoltijo de
tela gruesa, miembros sangrantes y canas desperdigadas, que el
camión arrastró durante un largo trecho.
Papá no alcanzó a enterarse de nada, ni siquiera despertó.
En el comienzo todo parecía ir bien. Yo era joven,
soportaba la interminable jornada de trabajo —colación incluída— y
podía llegar entero a casa.
Además era, podría decirse, un buen hermano y un buen hijo.
Realizaba pequeñas reparaciones de los artefactos después de
cumplida su vida útil, fallaban todos los días. Luego mis hermanas
solicitaban mi ayuda en sus tareas o en sus juegos.
Un par de veces a la semana podía salir con mis amigos. Estas
trasnochadas creía yo no afectaban para nada el cumplimiento de
mi jornada laboral hasta que llegó el día de la primera advertencia:
—Jovencito, si continúa llegando atrasado es mejor que vaya
despidiéndose de la pega.
Esa tarde regresé afirmando mi amargura en los bolsillos, no
podía darme el lujo de perder el trabajo.
Desde ese momento mi mundo se redujo a la pega, al descanso y
nada más.
El barrio seguía siendo el mismo: una calle estrecha y sucia por
donde transitaban camiones cargados que iban y venían.
Recuerdo el encuentro contigo un día que regresaba a casa,
¡Compadre, qué alegría verte! Por un momento volví a ser joven como
los demás, tu amigo de toda la vida, tu compadre.
Me contaste de tu polola, de las salidas nocturnas a tomar una
cerveza con los amigos, de las pichangas de fútbol, de tus estudios en la
universidad. No lo pude soportar. Me despedí con una sonrisa forzada
y regresé a mi cueva.
Es que tú no sabes lo que es esto compadre. Yo que criticaba a
mi padre, me doy cuenta que estoy repitiendo la misma conducta. He
adquirido la costumbre de dormir demasiado; no sé si por cansancio
real o para evadirme del mundo. La peor época es el invierno: trabajas
y duermes; se borran hasta tus sueños, amigo, porque en el estricto
sentido de la palabra no duermes, por lo tanto no sueñas. Sientes que
caes en una pesadez tal que más bien parece un estado de coma, te lo
juro, un estado de coma profundo.
Trata de imaginarte: te despiertas de pronto y no sabes qué día
ni qué hora vives. El día tiene un color oscuro que bien puede ser una
madrugada o un atardecer. Es una eternidad plomiza que te aplasta y
te condiciona a ser gris, vestirte y pensar en gris. Tus días y tus noches
traspasan neblinas y penumbras separadas apenas por el tiempo de luz
artificial de las horas laborales.
Llegas al trabajo arrastrando jirones cenicientos tras de ti que se
esfuman, a medias, al entrar al edificio iluminado. Lo importante es
que llegaste en el horario establecido. No importa si luego te diriges al
casino a compartir una insulsa charla. Transcurrida una hora, o más,
recién comienzas a desplazarte. Parapetado tras la cortina pesada de
tus párpados, atiendes a las personas que han esperado por horas.
Lejos de ser amable, gruñes, te enfadas y luego recapacitas. Es
sobrevivencia compadre; entonces te conviertes en zombie y funcionas
con el automático durante toda la jornada. No, en realidad no toda,
porque hace rato que no queda público por atender, los papeles están
en su sitio; sin embargo la orden es categórica: debes cumplir el
horario. Con discreción buscas una esquina oscura donde esconderte,
te sientas de brazos cruzados y te balanceas, como en un columpio. Ha
finalizado un día más.
Regresas a tu casa arrastrando el abrigo; te encoges sobre ti
mismo, la cabeza gacha observando el pavimento que une todo tu
universo en un halo plomizo, húmedo y silencioso que tus zapatos
engomados no logran quebrar.
Quizás por esa razón, nadie sale a recibirte. Una vecina te
cuenta que el sistema de gas no resistió la última cena y explotó
llevándose a tu familia y parte de tu casa.
Como gran concesión te dan medio día de permiso. A pesar que
no te necesitan, debes cumplir con tu jornada, pase lo que pase.

¡Qué pequeñas se veían mi madre y mis hermanas en sus


respectivas cajas negras! ¿Será que la gente se encoge al perder su
espíritu? Parece increíble, viejo, eso fue lo que pensé en el último
adiós.
Y como en esta clase de vida no tienes tiempo para deprimirte,
sepultas tu dolor y subes a tu cuarto a la media casa vacía y helada; te
comes un pan trasnochado y vuelves a lo tuyo: tu cama, tu sueño. Has
olvidado qué otras cosas se pueden hacer en la vida. Duermes a
sobresaltos, tratando de no caer en un sueño profundo que te haga
olvidar el cumplimiento del horario.
Los camiones, como todos los días, van y vienen con sus pesadas
cargas en esta miserable calle de doble vía. Van y vienen, compadre. Te
das cuenta que ya estás atrasado. Sales colocándote el abrigo a medias
y al cruzar la calle, ¡Imagínate el papelón! Sientes que ruedas
convertido en un ovillo envuelto en la tela gris.

Todo es una nebulosa, trato de incorporarme, debo ir a trabajar.


De pronto me doy cuenta que es una estupidez, que no voy a ninguna
parte, que estoy acostado y que ¡claro! debo estar soñando. Eso es, una
pesadilla como tantas otras. Me reclino sobre los almohadones con
cierta dificultad, al parecer alguien me ayuda. Aspiro con fuerza
tratando de despertar pero no reconozco el olor característico de mi
almohada: un olor rancio, a ropa sin lavar, a cuerpo sucio, restos de
comida y sueños despedazados. Esta almohada tiene olor a limpio,
demasiado limpio, casi parece ropa desinfectada.
Entonces me doy cuenta: es un sueño. Debo estar durmiendo
demasiado contraído porque me duele todo el cuerpo como si me
hubiera pasado un camión por encima. Quisiera despertar.
Tranquilo, dice una voz, no se mueva. No obedezco, forcejeo.
Inútil, como en todos los sueños, las fuerzas se debilitan y no consigo
nada. Finalmente abandono la lucha. ¡A la mierda el maldito horario!
me escucho gritar antes de caer sobre los almohadones.
Me doy cuenta que la cortina gris ha desaparecido, la sala está
iluminada por una luz blanca brillante. Es un haz extendido que
semeja un camino. Al fondo veo a mi padre con el abrigo sobre los
hombros; a su lado mi madre que sonríe, levanta una mano y con gesto
infantil, me llama.
AUTORRETRATO

A Consuelo Saavedra

Sobre la mesa de trabajo torsos descabezados, figuras en bloque,


pequeñas madres acogiendo a sus hijos, maternidades incompletas,
todo meticulosamente limpio y ordenado. Sentada en medio, la
escultora parece lejana. La mirada verde esmeralda hurgando más allá
en el tiempo.
Yo, fragante a tierra húmeda, reposo entre sus manos,
convertida en un ovillo.
Un gesto convulso sacude su cuerpo, me aprisiona, me retuerce,
intenta modelarme. Vencida, me convierte en una pelota y me lanza al
fondo de la mesa. Resbalo entre espátulas, rodillos y miembros
fragmentados. Una madre partida en dos detiene mi caída. Me oculto
temporalmente en el hueco de su vientre.
La artista, deja caer la cabeza entre los brazos y permanece
inmóvil por un instante. Resuelta se levanta y se observa frente al
espejo. Ensaya algunas posturas, estira el cuello, inclina la cabeza,
entreabre los labios, revuelve el cabello. No logra dar con la imagen
apropiada.
Ahora se observa de nuevo, en forma estática, con una mirada
sin contornos. Quedan apenas encendidos los ojos verde esmeralda
que buscan más allá, quizás hasta el amasijo de su propia arcilla.
Me recoge sin prisa, me acaricia. Sus hábiles manos me
esculpen, modelan belleza. Sus yemas afinan mi perfil. ¡Con qué gracia
entreabre mis labios en actitud de espera! El aire parece escapar entre
ellos y de manera instintiva alborota su cabello. Ensortija el mío, rizo a
rizo, rizo a rizo. El roce de sus uñas horada mis ojos, sus lágrimas tibias
humedecen los bordes de mis cuencas vacías. La nuca emerge grácil y
altiva con una leve inclinación, copia fiel de su imagen, me observa
fascinada.
¡Por fin estoy completa! Hay exaltación en sus ojos, la luz verde
esmeralda me ilumina, me baña entera y en sublime acto de creación
mis ojos vacíos se apoderan de su brillo. Quisiera parpadear, me
observo en el espejo de sus ojos pero no encuentro la luz. Ella, en
dimensión estática, no creo que aquilate la complejidad del milagro.
En el nombre del Padre me bautizo Consuelo, y tú no eres más que
arcilla y en polvo te convertirás.
RESEÑA BIOBIBLIOGRÁFICA

María Isabel Quintana, inicia sus actividades literarias en


Coyhaique, Región Carlos Ibáñez del Campo y se convierte
en activa participante del movimiento cultural de la ciudad.
Miembro de la Soc.de Escritores de Chile.
Algunas actividades:
Dicta taller de literatura a alumnas de séptimos y octavos años en la
Escuela Nieves del Sur en la ciudad de Coyhaique.
Participa en Lecturas en Feria del libro de Comodoro Rivadavia , Argentina
Participa como invitada a encuentro nacional de escritores Valdivia 2000
Integra la Agenda Cultural Feria Internacional del Libro Santiago 2000 como
conferencista en “Presencia Literaria Femenina en el Sur de Chile.”
Presidenta del jurado en concurso literario Prodemu.
Integrante del comité editor de la revista Internacional Francachela (Chile.
Argentina. Perú)
Columnista durante un año en Suplemento literario Alhuén del diario El
Divisadero de Coyhaique
Publicaciones:
En revistas nacionales y extranjeras.
En Antología Binacional. “Cuentos Integrados de la región patagónica”,
publicación del ministerio del interior en Buenos Aires Argentina
En Antología de Juan Armando Epple Cien Microcuentos chilenos, Editorial Cuarto
propio, año 2002
Publicación del libro El Ultimo Dinosaurio y otros cuentos, Ed. Caballo de Proa
Valdivia Año 2000
Literatura en la Región de Aisén. Estudio para el Proyecto ACCA de la Patagonia
(Area de Conservación de la Cultura y el Ambiente)
Publicación del libro “Con la muerte en la cartera”, Ed. Caballo de Proa, Valdivia
2003.
Premios:
Primer lugar, categoría Cuentos en Juegos Florales Municipalidad de Coyhaique.
Beca para escritores Fondo del Libro y la Lectura 1999
SE TERMINÓ DE REALIZAR ESTE EBOOK
EN EL MES DE MARZO DE 2008 EN
LOS TALLERES GRÁFICOS DE LA
EDITORIAL ENTREMILENIOS
REGIÓN DE VALPARAÍSO
CHILE