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El trágico coste de ser acientífico

by Peter Singer

PRINCETON – Durante su mandato como presidente de Sudáfrica, Thabo Mbeki rechazó


el consenso científico de que el SIDA es causado por un virus, el VIH, y que los
medicamentos antirretrovirales pueden salvar las vidas de los seropositivos. En
lugar de ello, abrazó los puntos de vista de un pequeño grupo de científicos
disidentes que sugerían otras causas para el SIDA.

Mbeki siguió manteniendo tercamente esta opinión a pesar de que la evidencia


contra ella se fue haciendo abrumadora. Cada vez que alguien -incluso Nelson
Mandela, el heroico luchador de la resistencia contra el apartheid que se
convirtiera en el primer presidente negro de Sudáfrica- cuestionó públicamente los
puntos de vista de Mbeki, sus partidarios lo denunciaban con saña.

Mientras Botswana y Namibia, vecinos de Sudáfrica, proporcionaban


antirretrovirales a la mayoría de sus ciudadanos infectados por VIH, no ocurría
así en la Sudáfrica gobernada por Mbeki. Un equipo de investigadores de la
Universidad de Harvard ha estudiado las consecuencias de esta política. Utilizando
supuestos conservadores, estima que si el gobierno de Sudáfrica hubiera
proporcionado los medicamentos adecuados, tanto a pacientes con SIDA como a
mujeres embarazadas con riesgo de infectar sus bebés, se habrían evitado 365.000
muertes prematuras.

Esa cifra es un indicador revelador de los altísimos costes de rechazar la ciencia


o hacer caso omiso de ella. Es comparable con las pérdidas de vidas ocurridas en
el genocidio de Darfur, y representa cerca de la mitad de víctimas de la masacre
de tutsis en Ruanda en 1994.

Uno de los incidentes más importantes que dieron forma al rechazo mundial al
régimen segregador sudafricano fue la masacre de Sharpeville en 1961, en que la
policía disparó contra una muchedumbre de manifestantes negros, matando a 69 e
hiriendo a muchos más. Mbeki, al igual que Mandela, luchó activamente contra el
apartheid. Sin embargo, el estudio de Harvard muestra que es responsable de las
muertes de 5000 veces más sudafricanos que la policía sudafricana blanca que
disparó en Sharpeville.

¿Cómo juzgar a un hombre así?

En su defensa se puede decir que no tenía la intención de matar a nadie. Parece


haber creído genuinamente -quizás todavía lo cree- que los antirretrovirales son
tóxicos.

También podemos otorgar que Mbeki no tenía malas intenciones contra quienes sufren
de SIDA. No deseaba hacerles daño y, por esa razón, deberíamos juzgar su carácter
de manera diferente a quienes sí tienen ese fin, ya sea por odio o para beneficiar
sus propios intereses.

Sin embargo, las intenciones no bastan, especialmente cuando hay tanto en juego.
Mbeki es culpable, no por haber adoptado inicialmente una visión sostenida por una
ínfima minoría de científicos, sino por haberse aferrado a ella sin permitir que
se la sometiera a prueba en un debate justo y abierto entre expertos. Cuando el
profesor Malegapuru Makgoba, el principal inmunólogo negro de Sudáfrica, advirtió
que las políticas del presidente harían de Sudáfrica el hazmerreír del mundo
científico, la oficina de Mbeki lo acusó de defender ideas occidentales racistas.

Desde la salida de Mbeki en septiembre, el nuevo gobierno sudafricano de Kgalema


Motlanthe ha dado rápidos pasos para implementar medidas eficaces contra el SIDA.
El ministro de salud de Mbeki, que se hizo conocido por sugerir que el SIDA se
podía curar mediante ajo, jugo de limón y betarragas, fue despedido raudamente. La
tragedia es que el Congreso Nacional Africano, el partido político predominante de
Sudáfrica, dependía tanto de Mbeki que no fue depuesto hace varios años, como
debería haber sido.

Las lecciones de esta historia son aplicables a siempre que la ciencia es pasada
por alto en la formulación de políticas públicas. Esto no significa que siempre
que haya una opinión mayoritaria en la comunidad científica, ésta será correcta.
La historia de la ciencia muestra claramente lo contrario. Como los demás seres
humanos, los científicos pueden ser influidos por una mentalidad de rebaño y el
temor a verse marginados. El error culposo, especialmente cuando hay vidas en
juego, no es estar en desacuerdo con los científicos, sino rechazar la ciencia
como método de investigación.

Mbeki debe de haber sabido que, si sus opiniones poco ortodoxas acerca del SIDA y
la eficacia de los antirretrovirales fueran incorrectas, sus políticas terminarían
conduciendo a una gran cantidad de muertes innecesarias, y saber eso lo ponía bajo
la mayor obligación de permitir que toda la evidencia se presentara y examinara de
manera equitativa, sin temores ni favoritismos. Puesto que no fue así, Mbeki no
puede eludir la responsabilidad de cientos de miles de muertes.

Ya seamos personas individuales, jefes de grandes empresas o líderes de gobierno,


hay muchas áreas en las que no podemos saber lo que debemos hacer sin contar con
un cuerpo de evidencia científica que nos sirva de guía. Mientras más
responsabilidad tengamos, hay mayores probabilidades de que sean trágicas las
consecuencias de tomar una decisión errónea. De hecho, cuando vemos las
consecuencias posibles del cambio climático causado por las actividades humanas,
la cantidad de vidas humanas que se pueden perder por decisiones erróneas
empequeñece la cifra de vidas perdidas en Sudáfrica.

Peter Singer es profesor de Bioética en la Universidad de Princeton. Su próximo


libro, The Life You Can Save: Acting Now to End World Poverty, se publicará en
marzo.

Copyright: Project Syndicate, 2008.


www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen